CI23
- Rebeca Montes
- 25 dic 2022
- 28 Min. de lectura
Con cuatro plantas de altura, cada una más ostentosa que la anterior, el edificio Kate&Pool representaba un monumento al ocio. Uno muy caro, por supuesto. A más de mil dólares la hora, aquel lugar ofrecía todo el entretenimiento que uno pudiese desear. Desde grandes piscinas, acompañadas de césped artificial, sombrillas inmensas y hamacas blancas y brillantes, hasta uno de los campos de golf más grandes de la ciudad.
Según la pequeña invitación dorada, blanca y azul, Greg había reservado aquel edificio al completo para la celebración de su cumpleaños. ¡Es el primero desde que Dave y yo estamos juntos!, se había defendido por teléfono ante un Keith demasiado acostumbrado ya a las excentricidades de la familia. El evento iniciaría las ocho y media de la noche, cerrando sus puertas sobre las dos y media o tres de la madrugada. Greg había reservado una copiosa cena para servir a sus casi sesenta invitados.
Keith llegó puntual en su coche nuevo. Una vez dentro, le recibió un amplio salón de recepción, bordeado de altas columnas corintias. El suelo, de un verde oscuro brillante, armonizaba con los colores eléctricos y pasteles que se mezclaban en la decoración. Impresionante y digna de mención era la pintura al óleo de la pared lateral que recreaba una hermosa vista aérea de la ciudad. Era un lugar estrambótico y colorido, que subía el ánimo y la energía corporal casi de forma palpable.
—Por aquí, señor —murmuró el más joven de los empleados, llevándole hasta una puerta doble compuesta por un fino cristal algo opacado. Tras ella, una piscina. Una enorme, además, con forma ovalada y decenas de flotadores de muy diversos colores y formas, flotando en sus plácidas aguas. Habría unas veinte personas alrededor de la piscina. Unos en las tumbonas, hablando de forma amena en diferentes grupos, otros, como Alex, jugando a las cartas en un corrillo que se había formado junto a una rechoncha palmera.
Le agradeció la ayuda al hombre que le había acompañado y se adentró en aquel natural espacio. No tardó mucho en ver al cumpleañero, y cuando lo hizo una sonrisa no tardó en aflorar a sus labios.
—¿Hola? –masculló, divertido, una vez estuvo a su lado.
—¿Mmmm? —Mirando sonriente la espalda pálida y el prieto trasero enfundado en un provocador bañador negro, Keith espero a que Greg se diese la vuelta. En cuanto los ojos esmeraldas se posaron en él, Greg casi saltó de su asiento para ponerse en pie, muy cerca de él—. ¡Keith, te estábamos esperando!
Sonriendo, Greg se colocó a su lado, lo miró de hito en hito, deteniéndose en su bañador, y finalmente lo atrajo a sus brazos en un abrazo de oso.
—Se te echa de menos en casa.
Dave, hasta ese momento tumbado en la tumbona de al lado, y con unos audífonos previsiblemente en las orejas, le vio. Una brillante sonrisa, un grito ahogado y un abrazo después, Keith observaba la pálida piel del chico, coloreada por la luz fluorescente de las lámparas y brillante por la humedad de un reciente baño.
—Ese es tu bañador, ¿verdad? Porque si no es así, igualmente voy a hacer que te metas en la piscina.
Mirando con cara interrogante sus bermudas rojas, que le tapaban hasta casi las rodillas, se encogió de hombros.
—Después me meteré un rato. Últimamente mi casa es un horno así que, desde luego, será bien recibido.
—Pues entonces no se diga más. –Ante el grito de Greg, Keith retrocedió. Demasiado tarde. Su camisa fue sacada bruscamente y sus brazos elevados de forma incómoda. Lógicamente aquello fue seguido de un grito ahogado y una maldición—.
¡Keith! ¿Qué demonios es eso? No, ya sé lo que es, ¿quién demonios te ha hecho eso?
La mirada inquisitiva se clavó en él, una infame ceja alzada en esa actitud arrogante que siempre les caracterizaba. Keith tragó saliva.
—No es nada –mascullo.
—¿Cómo que no es nada? ¿Tienes una novia y no nos lo has dicho? ¿Un novio? — Greg, en su entusiasmo, le había agarrado por los hombros y le sacudía con fuerza—. ¡Oh, no me digas que ese capullo y tú...!
—¡No! –gritó, sabiendo a quién se refería sin siquiera tener que nombrarlo.
—Pero Chris...
—Déjalo, por favor.
Y por increíble que pareciese, lo dejó. Sus manos bajaron hasta agarrar las de Keith y su expresión se tornó más tranquila.
—Está bien –dijo al fin—, pero tendrás que darme una compensación.
Greg miró la piscina, Keith le imitó. Y entonces gritó, intentando zafarse del repentinamente férreo agarre. No se atrevería, pensó.
Pero se atrevió.
—¡Greg! —gritó, una vez pudo salir a la superficie del agua, tosiendo y limpiándose los ojos—. ¡Voy a arrancarte esa jodida cabeza que tienes!
—Entiendo, entiendo —murmuró el rubio mirándole con picardía. E instantes después se tiró justo a su lado—. Si querías mi compañía, solo tenías que decirlo.
Apartándose velozmente para esquivar la pelota de playa que Keith le había tirado, Greg llamó a su esposo, que se zambulló encantado. Los tres pasaron más de media hora haciéndose ahogadillas, entre carreras y salpicones. Cuando se unieron Issy, Alex y Seb, jugaron a una batalla de fuerzas, subiéndose a hombros unos de otros para ver quién quedaba el último en pie.
No hace falta decir que ganaron Alex e Issy, y todo por Alex que parecía no poder tener las manos quietas ni por un instante en su labor de molestar a los demás con tramposas cosquillas. La hora de cenar llegó pronto. Greg les había preparado un manjar: comida exótica, incluyendo frutas que Keith no había visto antes.
La ausencia de Chris era solo un puñal más en su espalda. Uno de los muchos que parecían haberse clavado hasta llegar a sus pulmones, desde aquella memorable noche en su apartamento. No le había visto. Y no porque Keith le hubiese evitado. Mucho se temía que podía ser al contrario. En el camino hacía el Kate&Pool su mente se había llenado de ideas sobre lo que podía pasar cuando se encontraran. Miles de posibilidades, y cada una más descabellada que la anterior. Su corazón dolido y su alma enamorada le habían dejado pocas opciones.
En un arranque de valor, incluso le había preguntado a Issy por su ausencia. La respuesta no pudo ser más clara: "Está ocupado" había contestado ella, y Keith solo pudo asentir, comprendiendo que aquello en el mundo de los magnates súper adinerados significaba renunciar a toda esperanza de verlo esa noche.
—Si es que no aprendes, Keith —se susurró a sí mismo, pinchando de su plato un jugoso trozo de melón. Combinado con las fresas, estaba haciendo agua su paladar.
—¿Cómo? —Sobresaltado, se dio cuenta de que Dave aún seguía en la silla de al lado. Y le miraba intrigado.
—Nada, estaba hablando solo.
—Vaya, no creí que hubieses llegado a ese grado de desesperación aún. — Sorprendido, se giró. El rostro sonriente de Alex hizo que frunciese el ceño—. ¿Qué estáis comiendo?
—Un poco de fruta —contestó Dave, mirando sonriente como Alex, con un enorme plato en la mano, se acercaba hacia la mesa para coger un poco de cada plato—. No te irás a comer todo eso tú solo, ¿verdad?
—Por supuesto. —Con un vistazo al plato de Keith, Alex pinchó un trozo de melón que había quedado empapado en el néctar dulce de la fresa y se lo llevó rápidamente a la boca—. Demonios, esto está buenísimo.
—Siéntate, anda.
—Gracias, corazón. —Y Keith simplemente le pegó una colleja como respuesta. Alex había cogido la manía de llamarle así, haciendo rodar la "z" hasta sonar como una suave "s". Sonaba demasiado raro. Claro que estaban hablando de Alex. ¿Qué no era raro en él?
—Te he dicho mil veces que te guardes tus nombrecitos. Cualquiera que te oiga pensaría que...
—¿Qué? ¿Qué pensaría, corazón?
Keith sabía que Alex solo incordiaba. Incluso sabía que no lo hacía a mala idea. Pero eso no quitaba que aquel ridículo apodo cariñoso le incomodase. Decidido a ignorarle, se volvió hacia Dave.
—¿Qué le has regalado a Greg?
—¿Qué? ¿Yo? —E increíblemente Dave se sonrojó—. Pues algo de ropa y... una cadena.
—¿Ropa? ¿El qué?
Aclarándose la garganta, Alex les mostró lo poco que le gustaba ser ignorado.
—¿Y no me vas a preguntar qué le he regalado yo, corazoncito?
—Piérdete.
—Pues en serio deberías preguntarle. Aunque no sé quién salga más beneficiado del regalo, si Greg o yo.
Suspirando, se volvió hacia Alex, y el muy maldito, con una sonrisa de oreja a oreja, le fue contando el increíble viaje de novios que Greg y Dave iniciarían en una semana.
Keith, con aquella envidia sana que era imposible eludir en su situación económica, felicitó a Dave por el regalo de su marido. Ambos rieron y Alex les recordó que le debían un favor. Keith, que no sabía por qué él estaba incluido en aquello, decidió dejarlo pasar.
Después de terminar la comida, los invitados se dividieron. Unos volvieron a la piscina, mientras que otros prefirieron un torneo de golf. Algunos otros, despistados, siguieron en aquella sala conversando. Pero Keith, Dave, Alex, Greg y Dan decidieron ir a la pista de karts que había en el tercer piso. Keith nunca había montado uno de aquellos mini coches, pero se le hacía bastante divertido.
Así, los cinco, se dirigieron al ascensor que los llevaría directos a la planta superior. Dan iba conversando alegremente con Greg sobre los últimos trabajos de la revista, en los que ambos habían coincidido un par de veces por su profesión. Los otros tres, mientras tanto, seguían bromeando.
Cuando al fin estuvieron en las pistas y Greg les condujo hasta los karts, Keith tuvo que aguantar la vergonzosa tentación de dejar caer su mandíbula hasta el suelo. Los karts que él conocía, aquellos que había visto en los parques de atracciones o en algún centro de ocio, eran pequeños, viejos y, por mucha pintura que llevasen encima, feos. Pero aquellos no lo eran.
Como bien explicaría más tarde Greg, aquellas miniaturas de coches de carreras estaban hechas a semejanza de automóviles que habían hecho leyenda, como un precioso Chevy Coupé negro y blanco. Greg, por supuesto, advirtió que caparía al que se atreviese a excederse con la velocidad y Keith no pudo menos que preguntarse qué entendían ellos por excederse. Según su experiencia, seguramente fuesen, como mínimo, a doscientos Km/h.
Keith se montó en una pequeña belleza roja de aspecto reluciente que se deslizaba sobre la lisa superficie como si en realidad estuviera flotando. Era fácil de manejar, mientras no se sobrepasase el límite impuesto. Disfrutó como un crío. Los Douglas, tramposos por naturaleza, se enzarzaron en una pelea por ver quién podía correr más. Y Keith podría jurar que Greg se olvidó por completo de su propia amenaza.
No fue hasta dos horas más tarde que, cansados y con ganas de un relajante baño en la piscina, todos bajaron de nuevo. Alex, con un bañador tanga de color blanco, llamaba demasiado la atención. Había alzado orgulloso la cabeza para exclamar ante cualquiera que quisiera oírle que lo que no se lucía se pudría. Y vaya si se lucía, Keith solo podía reír al ver cómo, frustrado, gruñía y se sacaba una y otra vez el molesto bañador de la "raja del culo".
Más tarde Issy se acercó y le dijo en calidad de confidente que el muy estúpido había perdido una apuesta con ella. El blanco no le sentaba nada bien.
Demasiado pronto llegó la media noche y los invitados –muchos ya demasiado borrachos— fueron mantenidos lejos de los lugares más peligrosos. Entiéndase: borrachos lejos de la piscina y amantes lejos del lujoso césped del campo de tenis. Cuanto menos se manchara y estropease, mejor. Y para lo que ellos buscaban, siempre quedaban los cuartos privados situados en la planta más alta y donde bastante gente se había perdido ya. Entre ellos el festejado cumpleañero y su achispado marido.
Mientras tanto, Keith, junto a Issy y su hermano Alex, se unió a un gran corro donde jugaban a "verdad o atrevimiento". La bebida corría como agua y las pruebas cada vez subían más de tono. Cerca de la una de la mañana, Keith fue arrastrado a jugar y el moreno, lejos de negarse, terminó entre los gemelos, sentado en aquel grupo de desconocidos.
—Keith, Keith, ¿te has acostado alguna vez con un hombre? —La pregunta, cuyo autor en aquellos momentos podía presumir de tener todo el odio del aludido, sonrió pícaramente—. Y recuerda que no puedes mentir.
Seb sonreía y Keith deseó colocar sus manos alrededor de su cuello y recordarle por qué no debía meterse en asuntos ajenos.
El modelo, demasiado achispado, esperó algo impaciente su contestación. Keith hubiese mentido. En cualquier otro juego, con cualquier otra gente y, por supuesto, siguiendo otras normas. Pero estaba jugando con personas que, por lo visto, veían normal poner multas inasumibles para aquellos que fuesen pillados in fraganti en una mentira.
Keith miró hacia Issy, que le sonrió confusa. Pero al volver la vista hacia su agresor, aquel traidor, se congeló. Con unas bermudas indecentemente cortas de color verde y el pecho al descubierto, Chris le miraba. Su pelo brillaba bajo los focos de luz y nunca le había parecido tan apuesto como en ese momento. Ni tan oportuno, pensó.
Pero no fue aquello lo que le hizo congelarse. Fue su mirada, burlona y altiva; retándole a decir la verdad. Pero Keith no iba a hacerlo. Era simplemente algo en lo que no entraría.
—Elijo prueba.
Con una sonrisa malvada, digna del mejor actor de cine, Seb se inclinó hacia delante mientras juntaba las manos en su regazo, frotándolas ante la expectativa.
—Bien, bien. Tendremos que buscar una buena prueba para nuestro amigo. Cuando los ojos de Seb se posaron en Johann, algo dentro de Keith se contrajo.
Porque de algún modo supo lo que diría aquel maldito liante.
—Bueno, ya que estamos en el tema, quiero que beses a Johann. —Antes de que pudiese protestar y ante la mirada de al menos veinticinco personas sobre él, Keith fue interrumpido—. Y no quiero un pico, no señor. Tiene que ser un beso de tornillo, con tu lengua en su garganta durante, digamos... dos minutos.
Keith meneó la cabeza de forma negativa, más la sonrisa satisfecha de Seb le dijo que no iba a librarse de aquello. Pronto, las demás voces se alzaron vitoreando y gritando obscenidades. Querían espectáculo.
Sonrojado y sin ser capaz de mirar a nadie a la cara, mucho menos a cierto rubio, gateó hasta donde estaba sentado Johann, apenas unos metros a su derecha. Su amigo se limitaba a sonreír, sin mostrar molestia aparente.
Cuando llegó, su rostro ardía con la fuerza de mil soles. Y la maldición de su piel blanca resultaba de lo más inconveniente en aquella situación. Pero no se echó atrás.
Voy a hacerlo, se dijo.
Con decisión, agarró los cabellos del modelo por la nuca y se acercó hasta plantar los labios en aquella sonriente boca. Johann se dejó hacer más que gustoso, abriéndose cuando Keith empujó con su lengua, respondiéndole con un movimiento ondulatorio que tuvo a Keith, de un momento a otro, olvidándose de dónde y con quién estaba. Sus manos se perdieron en los anchos hombros y Johann soltó una risita que se perdió entre sus bocas. Y entonces los gritos empezaron. Los dos minutos habían sido sobrepasados y Keith, en cuanto pudo apartarse, abochornado, se percató de que todos parecían demasiado contentos con su espectáculo.
No miró a Chris. No se atrevía. Pero sus ojos fijos quemaban en él.
—¡Uau! Creo que eso ha contestado mi anterior pregunta —dijo de pronto Seb, haciéndole girar con brusquedad la cabeza para mirarle. Mas el modelo solo rio sonoramente mientras concedía la oportunidad de preguntar a Keith.
—Creo... que voy a jugar. —Si alguien hubiese gritado "¡bomba!", probablemente la conmoción hubiese sido la misma. Todos, sin excepción, miraron incrédulos a Chris. Más este se limitó a ignorarles, sentándose tranquilamente junto a Seb. Si alguien compartía la incredulidad de Keith, nadie dijo nada. Christopher podía ser bastante temible cuando quería. Lo cual era, en realidad, la mayoría del tiempo—. Vamos, Keith, te toca.
Cometió el error de centrarse en sus ojos, que le devolvieron la mirada con una furia helada que le dejó paralizado. Aquello, gritó algo en su interior, ¡eran celos! No había perdido aún la cabeza lo suficiente como para echárselo en cara a su jefe.
Volviéndose abruptamente hacia Alex, intentó que su voz sonase normal.
—¿Qué es lo más atrevido que has hecho en la cama?
—Acostarme con tres tías a la vez, dos de ellas bastante masoquistas. —Ante la rápida respuesta, Keith se sonrojó. La imagen mental que acababa de mandarle valía oro. Intentando no sonar anonadado, le pasó el turno al gemelo. Y cómo no, Alex volvió a hacer de las suyas.
—Chris, ¿con quién has estado últimamente? —Si las miradas matasen, pensó, Alex se encontraría en aquellos instantes flotando sobre las calmadas aguas de la piscina. Chris, sin embargo, simplemente, se encogió de hombros y contestó:
—Prueba.
Y entonces le miró. A él. A Keith. Y supo a la perfección que se iba a ver rápidamente involucrado en aquella pesadilla.
—Quiero que hagas un... no, espera, dos chupetones a Keith. Uno en el cuello — uno de sus dedos señaló el punto de unión entre dicha parte y los hombros—, y otro en el pecho.
Y entonces, con aquel andar felino que tanto le caracterizaba, Chris se levantó para ponerse de cuclillas frente a él. Aquella sonrisa burlona nunca dejó sus labios.
—Te ves... muy bien con ese bañador.
Si alguien esperaba una respuesta, que lo hiciese sentado. Tenía la garganta seca como un pozo en medio del desierto. Y qué decir de sus mejillas, arreboladas lo suficiente como para hacer juego con la pelota de playa roja que rodaba desde la piscina hacia ellos. Rezó para que Chris no se acercase. Que cambiase de idea y pagase la multa por mentir. ¡Él podía hacerlo!
Cretino.
Y su corazón se iba a salir del pecho. "Tranquilízate" se ordenó. Solo que no funcionó.
Y entonces llegó. ¡Vaya si llegó! Con movimientos lentos y extrañamente sensuales, de esos que el muy maldito sabía hacer tan bien, se agachó hasta posar sus labios cerrados en el punto exacto que Alex había señalado en su propio cuello. Keith, estúpidamente, solo pudo preguntarse si podría notar así los locos latidos de su corazón. Pero entonces aquella maldita lengua salió. Y le lamió. No había otra palabra para describir aquel movimiento que calmó su piel antes de que sus dientes se clavasen cruelmente en la carne, haciéndolo gruñir de dolor. Chris se rio, el muy bastardo, y después volvió a besarle, presionando de tal forma que Keith sabía, dejaría marca.
Keith se negó a abrir los ojos, consciente de las miradas que ambos habían atraído.
Casi suspiró aliviado al sentir que se retiraba, aunque se había olvidado de la segunda parte de la prueba. Y aquellos labios, de nuevo sonrientes besaron de forma breve y casta como un aleteo el centro de su pecho. Keith solo pudo apretar los dientes, mordiéndose el labio inferior, para evitar proferir algún sonido bochornoso. La lengua de Chris jugaba con él de esa forma cruel que tan bien controlaba, y Keith notó como todo en él empezaba a reaccionar. Chris también debió notarlo, puesto que se separó con una última mirada de burla.
"¿Y ahora qué?" parecía gritar con sus ojos. Keith no hubiese sabido qué responder aunque lo hubiese gritado en voz alta.
—Creo que eso es suficiente —dijo entonces Chris, su voz más ronca de lo usual. Y había deseo en sus ojos. Crudo y evidente deseo—. Me toca, ¿cierto?
Alex asintió con un movimiento brusco, aparentemente más que sorprendido por las acciones de su primo. Keith solo desvió los ojos cuando le miró a él, incapaz de enfrentarse a nadie en aquellos momentos.
Los perspicaces ojos de Chris se movieron por todos los invitados, creando algún que otro escalofrío entre el público. Mas su mirada se detuvo en su prima y con una sonrisa burlona sus ojos se entrecerraron.
—Veamos, Issy, ¿de quién te has colgado últimamente?
Todo el placer que había sentido murió en aquel momento. Miró con incredulidad a Chris, sus ojos hundidos en acusaciones. Pero él no le miraba. Keith pasó saliva, esperando inútilmente que Issy no dijese nada de lo suyo. Era inútil.
—Keith. Estoy "colgada" por Keith.
Y Keith deseó ser un avestruz. Deseó tener un cuello largo para poder ocultar su cabeza bajo tierra y así evitarse el bochorno que suponía el que todo el mundo le mirase estupefacto. Aquella persona insípida que había pasado desapercibida durante toda la fiesta se estaba convirtiendo rápidamente en el centro de atención.
Intentando mantener bajo control sus ganas de salir corriendo, apretó los puños mientras miraba de mala manera a Chris. La tensión era evidente en sus hombros, pero en ningún momento le miró.
—Vaya, debo decir que estoy sorprendido.
—¿Por qué? ¿Acaso debí huir y elegir prueba como tú?
—¿No hubiese sido lo más conveniente?
—¿Por qué? No me avergüenzo por lo que siento, a diferencia de otros.
—Puede ser. Es una pena que no tengas posibilidad alguna, sus gustos no van muy bien encaminados hacia tu causa.
—Quién sabe. Quizás cuando se canse de lo que hay, cambie de idea.
La sonrisa cínica de Chris desapareció al instante. Sus ojos se entrecerraron y Keith se encontró conteniendo el aliento. ¿En qué demonios estaba pensando Issy? Y sin embargo la rubia no se amedrentó bajo aquella mirada cargada de odio.
—Esto... será mejor que vayamos a... —Levantándose de golpe, cogió el brazo de Issy para que también se pusiera en pie—. Tenis. ¡Sí, eso es! Vayamos a jugar al tenis.
Issy no se movió, sus ojos clavados aún en los de su primo. Keith, desesperado, le pasó una mano por los hombros mientras la volvía a llamar.
—Vamos, Issy, me prometiste un partido.
—Sí, será mejor que nos vayamos.
Alex se levantó al instante, agarró a su hermana y la empujó hasta la salida, aferrando el brazo de Keith mientras tanto. Este le echó una última mirada a Chris, que le observaba fijamente sin mostrar nada en aquellos cincelados rasgos.
—¡Issy! ¿En qué estás pensando? ¡Y delante de toda esa gente!
—No voy a dejar que me trate así. No, ¡no voy a dejar que nos trate así!
—Tú sabes cómo es, mejor no caer en el juego.
Deteniéndose abruptamente, Issy se giró hacia él. Alex solo se mantuvo al margen, sin saber muy bien qué decir ante aquella situación.
—Le escuchaste, ¿verdad? ¡Tú le oíste! Habla de ti como si fueras alguna de sus pertenencias, manteniendo alejado a todo el mundo. —Para completo horror de Keith, los ojos de Issy se inundaron de lágrimas que no derramó. Sus puños, apretados a sus costados, temblaban de furia contenida—. Te dije que me mantendría al margen, pero no voy a dejar que te hiera más, Keith. ¡No voy a permitirlo!
—Él... él no me ha hecho nada.
—¡Claro que sí! ¿O a qué venía esa pregunta? Chris conoce perfectamente cómo me siento y sabía lo humillante que sería exponernos a los dos en esa situación.
—Issy —Alex, acercándose a su hermana, le agarró por los brazos para que le mirara—. Ya sabes cómo es, lo hace todo a su manera. No sabe cómo hacerlo de otro modo. Sabes tan bien como yo que lo que has dicho no es cierto. Puede que últimamente esté más insoportable de lo normal, pero Chris sí se preocupa por nosotros. A su modo, pero lo hace. Y más aún, él está interesado en Keith de un modo que aún no comprendemos.
—A veces es todo un hijo de puta.
—Estaba celoso. Hasta yo me he dado cuenta. Después se arrepentirá, pero es tan orgulloso que será tarde para pedir perdón.
Keith, sin saber muy bien qué decir ante aquellas palabras, se encogió de hombros.
—Podríamos ir al campo de tenis de cualquier forma. Nunca he jugado, pero no puede ser tan difícil. Dejemos mejor este tema.
Para alivio de todos, finalmente encontraron la cancha de tenis. Keith, que había supuesto que sería más o menos sencillo, se encontró más temprano que tarde siendo un estorbo. Alex le dejó anotar algunos puntos pero el espíritu terriblemente competitivo de aquella familia chiflada les hizo que pronto se olvidasen de él para enzarzarse en una batalla que le pilló por en medio. Apesadumbrado, se preguntó si no estaría a tiempo de ponerse de árbitro.
Deslizando uno de sus dedos por la fina y lisa superficie del cristal, Chris observó como la escasa luz de la estancia se reflejaba sobre la brillante copa. Sentado en un mullido sillón de una sola plaza forrado en cuero negro, sonrió de forma perezosa al darse cuenta de lo irónica que podía resultar la vida. ¿Quién hubiese podido prever que él, autoproclamado solitario del año, buscaría compañía en el caro brandy para no afrontar la presencia de Keith?
Su comportamiento impulsivo se salía de cualquier barómetro con el que poder medir sus emociones. Siempre controlado, resultaba difícil pretender ahora que todo estaba bien. Que seguía manteniendo el control sobre su vida.
¡Qué vil mentira!
Los sucesos se amontonaban uno tras otro, ahogándole y frustrando sus intentos de poner cierto orden en su existencia. ¿Qué demonios le había llevado a dar semejante espectáculo frente a todas esas personas desconocidas? Incluso había atacado verbalmente a Issy, quizás el miembro más comedido de toda la familia.
Todo eso, por supuesto, solo podía ser por culpa de Keith.
Desde aquella noche en su casa, había evitado a Keith. Sí, no había otra forma de llamarlo, desgraciadamente. Porque en realidad Christopher Douglas no huía de nadie, así que solo quedaba alzar los brazos al cielo, contrito, y aceptar que estaba evitando a su no-amante. Ni siquiera entendía completamente cuál era el problema. Quería volver a estar con Keith, eso seguro. Pero a la vez era consciente de lo que eso significaba. ¿Una sola noche? Sí, por supuesto. Chris podía imaginarse perfectamente como ese se convertiría pronto en su mantra personal, esgrimido cual espada de doble filo cada vez que cayese en la tentación de aquellos ojos grises.
¿Y entonces qué? ¿Una relación? Aquello parecía fuera de cuestión. Keith no lo soportaría. Él mismo, probablemente, tampoco. Y uno de ellos acabaría por asesinar al otro. Chris era dominante, autoritario y controlador, y Keith necesitaba a alguien distinto, alguien que le diese el suficiente espacio como para crecer como persona. Chris solo lo opacaría. Se convertiría entonces en una sombra de lo que estaba camino de ser. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir.
Claro que después de lo sucedido allí abajo se sentía ridículo.
Dejando la copa de brandy en la mesa de cristal que adornaba la pequeña sala, suspiró pesadamente.
La situación, de ridícula, había llegado a ser evidente. Porque Alex se había dado cuenta de todo. Issy también, por supuesto. Y seguramente muchos otros de los que estaban sentados en aquel maldito círculo. La pregunta que los ojos de sus primos le lanzaban era algo que él mismo se había cuestionado bastante: ¿qué sentía por Keith?
Pero no era sencillo de responder. Al menos no para él.
¿Le gustaba Keith? Bueno, aquello estaba más que claro. ¿Le quería? Suponía que, de alguna forma, así era.
Pero Chris conocía escasamente ese sentimiento. Quería a su familia, quería incluso a algunos amigos, pero lo cierto es que nunca había sentido esa... intensidad de sentimientos amorosos, llamémoslos así, por nadie. La cuestión era sencilla, sumar dos más dos, en realidad. Y su comportamiento celoso y casi impulsivo no podía ser más evidente. Incluso Keith lo sabía de algún modo, solo que no terminaba de aceptarlo.
Meneando la cabeza y despeinándose en el acto su cabello, se masajeó el puente de la nariz. Necesitaba un poco de aire, quizás así pudiese despejar su cabeza por un rato.
El lugar estaba casi vacío. Los largos corredores que unían las diferentes secciones del edificio le llevaron de nuevo hasta la enorme piscina. Casi sonrió al ver, al menos, media docena de colchonetas esparcidas por la superficie del agua.
No quiso unirse a nadie, por lo que se encaminó hacia el ascensor y, una vez dentro, pulso el botón para llegar a la segunda planta: los cuartos privados. Contrariamente a lo que solía pasar en otros lugares, la zona estaba impoluta. Un brillante pasillo de tonos claros que daban la sensación de tranquilidad. Cada una de las puertas de madera oscura lucía un número inscrito en una placa dorada. Chris, que llevaba consigo la llave de una de ellas desde hacía horas, buscó con la mirada el número 32. Siempre venía bien tener un reservado en caso de necesitar privacidad.
Y la hubiese conseguido, de no ser por aquel pitido sutil que anunciaba la apertura de las puertas del otro ascensor. Seguido, por supuesto, por una voz más que reconocible. Aun de espaldas.
—¡Chris! ¿Qué haces aquí?
Girándose, miró con expresión casual a su prima, que por suerte no mostraba signos de enfado. Si alguien tenía que disculparse él se llevaría la peor parte. Su capacidad para pedir perdón no era de sus mejores cualidades. La acompañaba Keith, quien miraba a todos lados menos a él, y dos amigos de este último. Dos de los modelos que habían estado jugando con ellos en el círculo. Uno de ellos, por supuesto, era quien le había besado. Pero Chris no le fulminó con la mirada. Aquello hubiese sido de un mal gusto terrible.
Chris era más sutil que eso.
—Nada, solo daba una vuelta por aquí. ¿Y vosotros?
—Lo mismo. Teníamos curiosidad.
Un tenso silencio siguió a aquella frase. Keith seguía sin mirarle y la paciencia de Chris terminó por agotarse. No es que hubiese tenido nunca mucha, para empezar.
—Keith, ven conmigo.
Los ojos de Keith se agrandaron por un momento, para después volverse hacia él con verdadera sorpresa.
—¿A dónde?
—Necesito hablar contigo. —Keith empezó a negar con la cabeza, pero él no estaba de humor para discusiones tontas. Con un único paso, le agarró del brazo para arrastrarle sin muchas contemplaciones. Una última mirada a Issy dijo más que todo lo que pudiese expresar en aquel instante. Su prima le observó, dolida, pero su expresión pronto se volvió serena.
—¡Espera, yo...!
—Venga, Keith, no seas cobarde, joder.
Uno de los amigos de Keith pareció adelantarse, dispuesto a intervenir. Pero Issy le frenó y Chris simplemente llegó a la puerta 32 y abrió con su tarjeta. Keith se quedó allí plantado, junto a la puerta. Pero no se fue cuando le soltó.
—¿Has cenado? —preguntó. Keith frunció el ceño, pero inmediatamente asintió. No fue difícil encontrar el teléfono que comunicaba directamente con recepción. A aquellas alturas poco quedaba además de algunos postres, por lo que Chris, que aún no había cenado, pidió que subiesen un surtido variado de lo que quedase.
—¿Qué es lo que quieres, Chris? —Mirando a su alrededor, se dio cuenta de lo convenientes que resultaban aquellos lugares. Con una mesa rectangular lo suficientemente espaciosa como para que él se tumbase sin que sobresaliera nada de su cuerpo, cuatro sillas de madera lacadas forradas con terciopelo azul, dos mesillas pequeñas y una lámpara araña de tamaño medio, resultaba hasta romántico.
—Keith, tenemos que hablar sobre lo que pasó la otra noche.
—¿Qué?
—Quiero que seas mi amante.
Bien, nunca había sido propenso a andarse con rodeos. Keith, que había dejado su puesto junto a la puerta para adentrarse en el cuarto, se congeló junto a la mesa, sus ojos agrandados y su boca abierta.
—Tienes que estar de broma. —Se veía tan vulnerable que Chris deseó poder expresarse de otra manera. Con aquella camiseta algo grande y unas bermudas que poco hacían para cubrir su delgadez, era la imagen misma de la fragilidad.
—No me mires así, Keith.
—¿Y cómo se supone que debo mirarte, Chris? Dímelo tú, porque ya no sé a qué atenerme contigo.
—Piénsalo, es la solución perfecta. Sé que me deseas, es algo que hemos dejado claro, y...
—¡Claro que te deseo! En realidad, creo que lo mejor que podríamos hacer es no vernos más.
—¿Qué?
—¡Al menos por un tiempo! —La mirada vacilante había dado paso a una llena de furia. Y eran tan raras las ocasiones en las que Keith se veía así, que simplemente no supo qué decir. Además, con aquel sonrojo y los ojos brillantes, Keith se veía guapo. Demonios, últimamente siempre le veía guapo—. ¡No te atrevas a decirme lo que puedo no o hacer! Ya me cansé de eso.
Chris tuvo que aguantar las ganas de atraerle hacia su cuerpo para hundir la cabeza en la sensible curva del cuello. Con una sonrisa perversa, se acercó.
—Eso no va a suceder, ratita.
—Para ya con esto, Chris. Quiero irme, me están esperando.
Aquello borró la sonrisa de golpe, trayendo un recuerdo que prefería ignorar.
—¿Quién? ¿Tu amigo ese de ahí abajo? ¿El que te besó? –Y sin poder contenerse, soltó—: ¿Para eso habías venido a este piso?
—¡Eso era un juego! Además, no eres nadie para decirme con quién puedo o no besarme.
De una zancada, se colocó finalmente frente a él. Y era muy fácil mirarle con altivez desde su estatura. Keith intentó retroceder, pero sus brazos le aprisionaron sin darle escapatoria alguna.
No iba a obtener una negativa como respuesta. Eso, simplemente, no entraba en sus planes.
—Eres mío, Keith. No lo olvides.
—¿Qué? ¡Oh, Señor, eres solo un insufrible ca...!
Pero nunca iba a terminar aquel insulto, porque Chris, en un acto no demasiado inesperado, le besó. Simplemente porque tenía que hacerlo; porque aquellos labios le llamaban y suplicaban. Y sus ojos, esos ojos grandes y grises, brillaban en furia contenida. Estaba espléndido frente a él, sonrojado por el enfado y el ceño fruncido.
Pero qué bien se amoldaba a él. Le acarició el rostro, suave y caliente, y después posó su mano en el cuello, allí donde el pulso latía acelerado.
Y hubiese gemido de no ser por el fuerte mordisco que Keith le propinó a su lengua.
—¡Joder! ¿Qué haces?
Keith, con un fuerte empujón, le separó. Pero eso no hubiese sido suficiente para detenerle de no haber sonado entonces unos repetidos golpes en la puerta.
—¿Qué sucede?
—Traigo la comida, señor.
Maldiciendo su idea de pedir comida, se encaminó hasta la puerta, la abrió y arrebató de los brazos de un sorprendido empleado la gran bandeja que este llevaba. Cerró de un portazo y dejó la comida sobre la mesa. Nuevos golpes sobre la madera le hicieron maldecir ante la mirada atónita de Keith.
—¿Y ahora qué? –gruñó abriendo de nuevo.
—Los platos, señor. —Chris cogió los cuatro platos pequeños que le tendía el asustado muchacho y por fin cerró la maldita puerta.
Sabiendo que Keith no iba a ir a ninguna parte, dejó todo sobre la mesa y se sentó en una silla para mirarlo con sonrisa burlona.
—Sabes muy bien que esos intentos tuyos de huir no te servirán de nada. La verdad es que me deseas, tanto como yo te deseo a ti, de hecho, por lo que simplemente acepta lo inevitable, Keith. Nunca sabría qué fue lo que finalmente derrumbó a Keith, si su estoicismo o la firme sentencia que había vertido sobre él, pero sus rodillas debieron fallarle, puesto que cayó irremediablemente al suelo, sus ojos clavados en algún punto de las brillantes baldosas.
—Eres un verdadero hijo de puta, Christopher Douglas. ¿Qué mierda quieres? Que te diga que tienes razón, ¿es eso? —Pasándose una mano por los ojos, intentando secarse el rastro de sus lágrimas, Keith sonrió amargamente—. ¿Quieres que te digas que sí, que por mucho que me he intentado alejar, te sigo queriendo? ¿Qué no puedo dejar de pensar en ti? Joder, ¡estoy tan cansado de todo esto!
Y Keith subió la mirada, sus ojos grises inundados en una determinación extraña en él. Cuando se levantó, pensó que se marcharía, que le daría la espalda para desaparecer una vez más de su vida. Qué equivocado estaba. Tres pasos y sus piernas se abrieron cuando el moreno, con manos temblorosas, se colocó entre ellas.
—Eres un desgraciado, Christopher Douglas, ¡no tengas dudas! –masculló agarrando en sus puños gruesos mechones de fino cabello rubio—. Pero aun así te quiero. Tanto que duele, en realidad.
Y entonces sus labios se abatieron sobre los de Chris, abrasadores y demandantes, pidiendo cosas que Chris no podía y no sabía dar. Aquella boca que se abría ansiosa sobre la suya le besó una vez, y otra, y todo lo que pudo hacer fue responder el beso, rodear aquel fino cuello con sus brazos y rendirse a lo inevitable. ¿No era acaso lo que había estado buscando desde el principio?
—Seré tu amante, Chris –le escuchó susurrar contra sus labios, pero las palabras pronto fueron apagadas por un suspiro largo y exhausto.
Hubiese deseado decir tantas cosas en ese momento. Quizás que él, desde el interior de su acerado caparazón, también sentía cosas. Tantas que a veces se ahogaba. Le hubiese gustado decir que no llorase. Que él no merecía tanto. Mas solo pudo apretar su agarre, aferrarse a aquel tembloroso cuerpo y dejar que el curso de la naturaleza se encargase del resto.
Su boca descendió sobre la de Keith con fuerza, atrapando el aliento del otro en un instante, como si aquello fuese a congelar aquel momento en una bella escena, y le sintió apretarse contra él, buscando calor y contacto. Cuando Keith le instó a subir los brazos, le ayudó a retirar su camiseta, que pronto quedó abandonada en el suelo. Le sintió tensarse contra su cuerpo, presionarse y empezar a ondularse contra su excitación. Chris, agarrándole por las nalgas, le levantó para sentarle sobre el borde de la mesa.
Era tan erótico. Tan jodidamente erótico. Su respiración jadeante humedecía aquellos gruesos labios y de vez en cuando se mordía el inferior, quizás intentando evitar que los gemidos lastimeros escapasen de entre ellos. Pero cuando Chris juntó ambas pelvis, clavándole contra la madera, un largo y agudo gruñido, sumado a las uñas clavadas en sus brazos, le dijo todo lo que tenía que saber. Con una sonrisa ladina, le empujó hasta recostarle contra la mesa, sin quitar de sus caderas las piernas que le rodeaban firmemente. Retiró la mano de Keith, que descansaba sobre el estómago del moreno, para agarrar la parte baja de la camisa y tirar hacia arriba, dejando a la vista aquel pálido pecho donde solo una fina línea de vello descendía hasta perderse en la zona púbica. Los dos oscuros y pequeños pezones capturaron su atención y tuvo que descender hasta que sus dientes atraparon una de las duras protuberancias.
Le gustaba que fuese tan sensible. Dejaba de lado todas aquellas barreras que su propia timidez alzaba para dar paso a algo mucho más caliente. Un fuego que consumía a Chris mientras lamía con anhelo aquella pálida columna que era su cuello en busca de esos suculentos labios. Y el beso fue lento, húmedo y tal y como había pensado que serían sus besos si alguna vez los probaba en aquel tipo de situación. No era el primero, pero tampoco sería el último.
—El bañador —le escuchó mascullar—. Me aprieta.
Y Chris, con sonrisa ladina, volvió a abandonar esos labios para atender zonas más bajas. La tela holgada fue fácil de retirar y afortunadamente Keith no llevaba nada debajo. El erguido miembro apareció frente a él, sonrojado y húmedo, y la cabeza pronto desapareció entre sus labios. Keith jadeó y Chris, apretando la parte baja del estómago para impedirle moverse tanto, absorbió. Con fuerza. Tuvo que sonreír al escuchar el sollozo del otro, que alzó sus caderas buscando profundizar el contacto.
—Aún no.
Afortunadamente había recordado guardar un preservativo en su cartera, que pronto encontró entre sus propias bermudas. Con los dientes rompió el envoltorio, sacando el profiláctico de su interior. Se estaba apresurando, pero aquello, al menos por su parte, iba a terminar vergonzosamente pronto si Keith no dejaba de menearse de aquella forma contra él.
—No tenemos lubricante, Keith.
—¿Y a quién mierda le importa eso ahora?
—A ti te importará en breve.
Pero no le dio tiempo a pensar demasiado. Simplemente separó aún más las piernas expuestas mientras se colocaba el preservativo. Keith, atentó a sus movimientos, se sonrojó, y Chris no pudo evitar reír.
—¿Avergonzado?
Keith apartó los ojos, solo para volver al punto inicial momentos después. Untó sus dedos con saliva y recogió después el líquido que rezumaba el sexo de Keith; con cuidado, bajó hasta su entrada. El primer dígito entró fácilmente, acompañado por una sacudida del cuerpo del moreno. El segundo, sin embargo, encontró más resistencia. Chris, no obstante, siguió con la preparación hasta que tres de sus dedos fueron capaces de entrar y salir con relativa facilidad.
—Levanta el culo —le dijo, y Keith obedeció. Chris colocó las piernas del otro en el ángulo correcto, se dirigió a sí mismo a la entrada y empujó. La resistencia estaba allí, pero era menor de la que temía. Keith frunció el ceño y Chris bajó hasta regalarle un lento y hambriento beso que no tardó en contestar. Las primeras embestidas fueron cortas y cautas, buscando el punto correcto. Y supo que lo había encontrado cuando aquellos labios le mordieron sin querer, abriéndose luego en un mudo grito de placer.
El sonido que hacían sus cuerpos al chocar era terriblemente erótico. Chris observó como la mano de Keith buscaba su propio miembro, necesitando un alivio que estaba allí, a solo un palmo de distancia. Pero apartándola, sus propios dedos rodearon aquel hinchado miembro para empezar un lento y agonizante bombeo que solo hizo a Keith caer más profundo en su abismo. Le escuchó maldecirle, pero después agarró su cabello con fuerza y le instó a bajar la cabeza hasta juntar sus labios en un beso brusco y hambriento.
No voy a correrme, se dijo. Aún no.
Las uñas de Keith se clavaron en sus brazos, mandando todo tipo de escalofríos que terminaban en la parte baja de su espalda. Cuando Keith se tensó, arqueando sus caderas, Chris supo que estaba a punto de terminar. Y así fue. Su interior le exprimió de tal forma que no pudo seguir retrasando su propia culminación.
Keith, con un suspiro de satisfacción, aquellos tan propios de momentos post orgásmicos, bajó las piernas hasta que quedaron colgando de la mesa. Chris agarró el preservativo y salió de su interior. El baño quedaba cerca, por lo que, a pesar de las protestas mudas del otro, se retiró completamente para deshacerse del condón y buscar algo con lo que limpiar el cuerpo de Keith. Él mismo tuvo que retirar los restos que su amante había arrojado sobre su estómago.
—Eso... definitivamente, ha estado muy bien. —murmuró contra el cuello de Keith, depositando pequeños besos que hicieron al moreno estremecer, mientras pasaba la toalla húmeda por aquel delgado torso. Esta vez no le dejaría ir tan fácilmente.
—Seré tu amante, Chris —repitió entonces, como si aquello nunca hubiese abandonado sus pensamientos—. Seré lo que quieras que sea.
Chris contuvo el aliento, porque aquello era precisamente lo que esperaba.
—Me alegro. Lo pasaremos bien, Keith, y no te arrepentirás, ya verás.
Los ojos grises se velaron momentáneamente y Chris, por primera vez, no tuvo idea de lo que pasaba por su mente.
—Será mejor que bajemos. La fiesta se habrá terminado y nos estarán buscando.
Preferiría que nadie se enterara de esto.
—¿Por qué? Solo son mis primos. Y Dave.
—Por favor. Preferiría que no se enterasen. Es vergonzoso. Aquello, de forma extraña y retorcida, le dolió.
—Como quieras. Aunque se enterarán. Siempre terminan enterándose de todo. — Keith le atrajo hasta poder atrapar sus labios es un beso perezoso y húmedo—. Iré a decir que lleven tu coche a la mansión, ven conmigo a mi apartamento.
Lo vio dudar. Casi pudo sentirlo en todo su cuerpo. Pero finalmente asintió.
—Si alguien pregunta, le diré que bebí demasiado como para conducir. — Poniéndose en pie, sin evitar admirar el cuerpo desnudo de Keith, se colocó en su sitio el bañador y buscó con la vista la camiseta. Una vez vestido, se volvió hacia él.
—Baja en el ascensor hasta la planta del garaje y quédate en la puerta, yo llegaré en cinco minutos. —Se dio la vuelta para irse, pero antes de llegar a la puerta se volvió hacia él, pasó uno de sus dedos por el pecho de Keith, untándolo de crema, y se lo llevó a los labios—. Estás hecho un desastre.
Más tarde, mirando las oscuras calles, iluminadas solo por la tenue luz de los faroles que pasaban a una velocidad vertiginosa a través de las ventanillas, se dijo que no tenía de qué quejarse. Se había acostado con Chris. Otra vez.
Puede que no consiguiera nunca tener el corazón del rubio, pero al menos se iría con un buen recuerdo de su cuerpo.
—Ya llegamos.
La conocida fachada del alto y elegante edificio apareció ante ellos y Chris ingresó en el garaje lateral. Se había levantado viento y su fina camiseta poco hacía por proteger su piel. El gris imperante del lugar pasó a ser secundario, en cuanto el cálido brazo de Chris rodeó sus hombros, y Keith simplemente se dejó llevar. Porque, después de todo, aquella sería una oportunidad única.
El trayecto en el ascensor transcurrió entre besos indiscretos y manos osadas, y para cuando llegaron a la puerta del apartamento Keith se encontraba más que listo para estampar a su jefe contra una pared y subírsele encima, cual bailarina de ballet.
Sin embargo, cuando la luz se encendió tras presionar el interruptor, Keith se paralizó. No gritó. Ni siquiera pestañeo ante la figura que se erguía ante ellos. Solo pudo mirar atónito el arma de fuego que no por primera vez les apuntaba desde su derecha.



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