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CI24

La vida, por decirlo de forma amable, da muchas vueltas. Y si bien el destino siempre confuso y nos viene dado de forma difuminada, a consecuencia de nuestras propias decisiones, todo el mundo sabe que lo que bien empieza, mal puede terminar.

Y nunca aquella oración había tenido tanto sentido como en aquel preciso momento.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —La voz de Chris, seca y con una velada advertencia, lo hizo sobresaltarse. Pero sabía que no era él el destinatario de su furia.

—Nada de preguntas, Christopher.

Por supuesto, Chris obedeció. Era complicado hacer cualquier otra cosa cuando un arma de fuego oscilaba sin mucho cuidado entre él y Keith.

—Lo siento, sobrino, pero esto no debería ser así. Él, al menos, no debería estar aquí.

James Colton, padre de los gemelos Douglas, mostraba una mirada ida, casi

perdida. El arma parecía temblar entre sus manos y el sudor que caía por sus sienes era más que visible. Llevaba una camisa ridículamente elegante acompañada de pantalones negros de pinzas. Sus zapatos, se fijó en ellos por alguna razón incomprensible, estaban manchados de barro. Keith no sabía qué enturbiaba aquella mirada, pero la desesperación era palpable en el ambiente.

—Déjale ir, él no tiene nada que ver con esto. Ni siquiera sé qué es lo que te propones.

—Todo esto es por tu culpa, Christopher. Siempre fue culpa tuya. Si tú no existieses, todo sería más sencillo.

Keith no estaba de acuerdo con eso, pero no pensaba abrir la boca. Su corazón, que latía a ritmo desacompasado y acelerado en su pecho, estaba a punto de sufrir un paro. Quizás desmayarse de terror no fuese tan malo. Chris, al contrario que él, se veía mucho más compuesto.

Incomprensiblemente, el hombre señaló el portátil encendido que se encontraba en el centro de la mesa.

—Mete los datos ahí, Christopher. Ahora.

En la pantalla podía verse una especie de formulario que Keith no comprendió.

Chris sí que debió hacerlo, a juzgar por la repentina tensión que agarrotó su cuerpo.

—¿Entonces eso es todo? ¿Dinero?

—¿Y qué más podría ser?

Chris se encontraba tan tenso que Keith temió que hiciese alguna locura. Pero él nunca se había caracterizado por jugar imprudentemente sus cartas.

—Antes de eso, déjale ir.

Keith, que no sabría si sería capaz de dejar a Chris allí, no tuvo que enfrentarse a ningún dilema ético al ver al otro negar, sus labios apretados en fino rictus.

—Es demasiado tarde, sobrino.

—¡Él no va a decir nada! ¡Simplemente déjalo marchar!

Todo lo que James hizo fue señalar con la cabeza el portátil de nuevo y Keith agarró desde atrás la camiseta de Chris para impedirle decir nada más. Si consiguiese distraerlo de algún modo, quizás Chris...

—No pienso hacerlo. No hasta que él se vaya. Vas a matarme de todos modos, ¿verdad? Ese ha sido tu plan desde el principio, ¿por qué iba a obedecerte?

Y entonces, ante sus aterrados ojos, el semblante de James cambió. La desesperación dio pasó a algo mucho más elemental y peligroso: el odio.

—Quizás hayas olvidado el pequeño detalle de que soy yo el que tiene la pistola, sobrino. Restando las dos balas que reservo para ti, aún me quedan cuatro más para jugar con tu amiguito. ¿Por dónde debería comenzar?

Chris maldijo. Tan fuerte y alto que Keith retrocedió un par de pasos. Pero Colton no se inmutó.

—¿Y tus hijos? ¿Crees acaso que podrás salir de aquí sin que nadie te vea? ¿Y las cámaras? Es imposible que esto salga bien.

Por unos instantes, aquellos ojos que antaño le habían mirado de forma amable dudaron. Se desviaron hacia el portátil, el arma vacilando en sus manos, para después clavarse en Keith.

—No importa. El dinero habrá sido ya transferido a una cuenta indetectable. Ellos podrán vivir bien, lejos de las deudas. Eso es cuanto necesito.

Y aquello, por supuesto, significaba que no importaba qué les sucediese a ellos.

—Nunca te lo perdonarán.

El dolor inundó su semblante, pero el arma no vaciló más. Y entonces Keith supo que aquello había llegado al final. Posiblemente Chris llegase a la misma conclusión; era el único modo de explicar que, de pronto, se moviese. Todo su cuerpo se abalanzó contra su tío y en medio del caos el retumbar de un disparo fue claramente identificable entre sus gritos. Chris cayó al suelo sosteniendo su brazo izquierdo y James se volvió hacia él con brusquedad, haciendo a Keith retroceder casi hasta chocar con la pared.

—Lo siento, tú ni siquiera deberías estar aquí. Pero ya es demasiado tarde.

—¡No! —El grito, además de dejar estupefactos a los tres, hizo que James bajara la pistola al instante—. ¡Papá, qué demonios estás haciendo! Sintiendo sus rodillas flaquear, no pudo evitar caer al suelo, sollozando de alivio.

Ante ellos Alex se plantaba con los brazos cruzados y la mirada furiosa y dolida.

—¿Cómo...? ¿Tú...?

—¿Cómo lo supe? —le cortó.

Keith, agarrándose a la tela del pantalón de Chris, sorbió por su nariz mientras miraba a James y a Alex de forma alternativa.

—Hijo... esto...

—¡No! No te molestes en dar explicaciones, porque lo sé todo. No me costó demasiado descubrirlo, a decir verdad. —A pesar del tono firme de su voz, pudo ver cómo sus ojos estaban aguados y sus manos, escondidas a su espalda, temblaban sin control—. Quizás, si no me hubiese metido en las cuentas de tu familia hace unos meses, nunca me hubiese enterado. Pero allí descubrí el agujero de deudas que tienes. Más tarde, en tu despacho, pude encontrar los paquetes de acciones que conseguiste recientemente. No hizo falta demasiado para unir los hilos. Sobre todo, al espiar un poco a tu abogado...

—Alex... era mi última esperanza. No había otra salida —James, con sus ojos azules entrecerrados, se acercó a su hijo. Alex retrocedió.

—Esto se ha terminado, padre. —De un solo movimiento, el rubio se hizo con la pistola, que aún era sostenida de forma vacilante por el mayor—. Y espero que ellos sepan perdonarte, ¡porque sabe Dios que tendrían razones de sobra para no hacerlo!

—¡No! ¡Todo esto es por tu futuro! ¡No puedes hacerme esto!

—¿Mi futuro? ¡Mi futuro! ¡Y una mierda! ¿Acaso no sabías que Chris, de habérselo pedido, hubiese saldado todas las malditas deudas? ¡Claro que lo sabías, pero era mucho más tentador hacerte con toda la jodida empresa y la fortuna familiar! —En aquel instante pareció percatarse de la figura inmóvil de Chris, que miraba la escena con el ceño fruncido y una mueca de dolor—. Oh, joder, ¡le has herido!

Se agachó junto a Chris mientras contemplaba, cada vez más alarmado, el charco de sangre que crecía debajo de él.

—Tenemos que llamar a un médico. —Ambos primos miraron a Keith como si se hubiese vuelto loco—. ¡Se va a desangrar!

—Antes llamaremos a la policía. —Chris, para completo horror de Keith, se levantó del suelo con una mueca de dolor desfigurando sus hermosos rasgos. Se acercó a su tío, medio apoyado en el hombro de Alex.

La mirada desesperada de James se fijó en la puerta, seguramente pensando en huir. Chris gruñó algo ininteligible mientras se lanzaba sobre él, pero la figura de Alex se interpuso entre ambos, cortándole el paso de forma eficaz.

—Alex...

—¡Es mi padre, Chris!

—¡Nos iba a matar! Si no hubieses llegado, no solo yo estaría muerto. —La mirada de ambos se clavó en él, pero Keith no pudo levantarse de su patética posición en el suelo. Sus piernas seguían sin responderle—. Habría matado a Keith sin pestañear. No voy a dejarle marchar.

Un tenso silencio se extendió entre ellos. James, viendo en su hijo su única oportunidad de escapar bien de la situación, se colocó tras él. Sin mirar a Chris en ningún momento. Keith deseó coger la pesada figura en forma de lince que adornaba la mesilla y estrellársela en la cabeza.

—Lo siento, pero no puedo permitírtelo –susurró Alex, el dolor inundando su expresión.

La serie de acciones que se sucedieron después, Keith no las procesó hasta tiempo después: Chris se movió. Quizás para apartar a Alex y coger a su tío, nunca lo sabría. Pero James, más rápido, agarró a su hijo por un brazo para quitarle la pistola y, en un desesperado intento de escapar, apuntó a su sobrino. El disparo sonó seco y retumbó en la sala en medio de un silencio ensordecedor.

Chris, con los ojos abiertos de par en par, solo pudo observar atónito la figura que, de la nada, se interpuso entre la bala y su objetivo.

El olor a antiséptico, tan propio de los hospitales, siempre le había causado malestar. Empezaba con un penetrante dolor de cabeza que le impedía realizar movimientos bruscos con el cuello. Después venían los sudores, fríos y acompañados siempre de pequeños temblores que asolaban cada rincón de su cuerpo. Y por fin la ansiedad. Cruda y repentina que parecía bajar su tensión arterial hasta mínimos y empañaba su visión con tonos brillantes y grises, como una televisión que no termina de programarse.

Y allí, sentado en una incómoda silla de plástico naranja, pasaban las horas como si se tratasen de días y estos como si fuesen semanas. Cuatro días allí encerrado y ya no recordaba siquiera como olía el exterior. El inmenso reloj que colgaba de una de las paredes, de un monótono color blanco, dio la hora en punto, y los pasos acompasados que se escucharon por el pasillo le hicieron levantar al fin la vista del suelo, buscando, sin ver en realidad, al médico.

Vestía bata blanca, como casi todos los demás, y este, a diferencia de todos los anteriores, sí que se paró frente a ellos, ceño fruncido en concentración y ojos clavados en los folios que sostenía en una de sus manos.

—¿Familiares del señor Douglas?

—¡Sí! Sí... ¿despertó?

Se había levantado de un salto, mas con un gesto tranquilo el doctor le instó a volver a sentarse.

—No exactamente, pero empieza a reaccionar a ciertos estímulos. En un buen avance.

—¿Reaccionó? Reaccionó, ¿dice? —El doctor fue lo suficientemente prudente como para no contestar ante el tono de enojo—. Lleva aquí cuatro días, ¡cuatro malditos días y nadie ha sido capaz de hacerle despertar! —Estas cosas llevan su tiempo...

—Me importa una mierda. Se supone que este es el mejor hospital del país en cuanto a neurología se refiere y todo lo que obtengo, ¿qué es? Una miserable reacción a vete a saber qué estímulo.

—Como ya le informé, los golpes en la cabeza pueden ser imprevisibles. No podemos asegurar cuándo va a despertar y además...

Lo que en realidad, leyendo entre líneas, venía a significar que ni siquiera sabían si iba a hacerlo.

—¿Además? –interrumpió, frustrado.

—Está el daño que causó la bala.

Chris, más cansado de lo que estaba dispuesto a admitir, encerró la cabeza entre las manos.

—¿Podemos trasladarle a algún sitio especializado? ¿Algún doctor en particular?

El médico negó con la cabeza.

—Mover al paciente en su situación sería contraproducente. —Con un último apretón a su hombro, el hombre se levantó, mirando casi de pasada la pequeña agenda que llevaba en su bolsillo—. Ahora debo marcharme, pero cualquier cambio en el estado del paciente será comunicado de inmediato.

Chris asintió, despacio. Sus tripas gruñeron en sonoro recordatorio de las horas que llevaba sin comer. No pasaron ni quince minutos cuando dos personas más llegaron a la sala, ambas cabizbajas y con semblantes cansados. Chris informó sobre lo que había diagnosticado el doctor un cuarto de hora antes y tuvo que repetirlo cuando Issy apareció diez minutos después.

Su prima se sentó en la silla continua a la de Chris, apoyando su rubia cabeza contra el hombro de este.

—No fue tu culpa, Chris. Deja ya de atormentarte.

Vio como Greg tenía intención de sentarse también junto a él, pero Chris no necesitaba aquello ahora. Issy podía decir lo que quisiera, pero, de hecho, esa bala iba dirigida a él. Les comentó que se pasaría por la cafetería para comprar algo de comer. Ninguno quiso que le trajese nada, por lo que, ante la atenta mirada de los demás, se perdió por los blancos corredores del hospital. Tres pasillos separaban la sala de espera de la pequeña pero acogedora cafetería del lugar. Un giro a la derecha, dos a la izquierda y ya se podía ver la pared acristalada, las mesas dispuestas frente a una barra de madera cubierta por todo tipo de repostería, la inmensa máquina de café y los tres empleados uniformados que se encargaban de atender el lugar.

En menos de un minuto, volvió a estar sentado en el lugar donde había comido durante los últimos cuatro días y, al igual que siempre, uno de los empleados se acercó hasta él para tomar nota.

—Me va a explotar la cabeza —susurró una vez tuvo la humeante taza de café frente a él. Abriendo dos azucarillos, empezó a remover la bebida con parsimonia. Como si los lentos y rítmicos movimientos fuesen a mitigar aquel martilleo que asolaba sus sienes.

Y muy centrado en ello debía estar para no darse cuenta de la llegada de alguien que se sentó a su lado, susurró su nombre y posó una delgada mano sobre su pierna, consoladora y cálida.

—¿Qué tal estás? Deberías estar descansando, tu hombro aún no está completamente curado.

Subió entonces la vista, perdiéndose en dos ojos claros que le miraban de forma cansada.

—Estoy bien. ¿Quieres algo?

Keith reforzó su toque en la pierna de Chris y negó lentamente con la cabeza. Quizás a él también le doliese, pensó. Como fuera, tuvo que refrenarse a sí mismo de abrazar aquel cuerpo delgado y flexible, ocultar la cara en ese cuello largo y pálido y desaparecer por unos momentos.

Habría sido demasiado bochornoso.

—No –dijo finalmente Keith—, acabo de comer hace un rato. Me ha dicho Greg que reaccionó.

—Pero aún no despierta.

Y a juzgar por la mirada comprensiva de Keith, supo que su manto, aquella muralla que tan bien había tejido con el pasar de los años, en aquellos momentos se encontraba completamente destrozado. Quizás aún en el suelo de su apartamento, desde hacía ya cuatro días. Chris había perdido mucha gente. Perdió a sus padres, a su tía. Perdió su propia infancia; más nunca había llegado a sentir la opresión en el pecho que ahora hacía del respirar toda una proeza.

—Pero lo hará. Ya lo verás.

—Aún no entiendo cómo no lo vi antes. Alex se dio cuenta él solo y yo con detectives contratados no fui capaz de descubrirle.

—Yo tampoco habría desconfiado de alguien de mi familia.

La carcajada irónica y burlona, dirigida por supuesto a sí mismo, hizo a Keith fruncir el ceño.

—Habría podido sospechar de cualquiera. Sospeché de mi tía, de hecho, incluso de mi abuelo, pero él no entraba en mis sospechas. Al parecer, siempre termino juzgando mal a la gente.

Y se habría sentido avergonzado de su propia debilidad si Keith, con rostro comprensivo, no hubiese asentido en un gesto mudo.

Sus ojos... Aquellos ojos...

—No sirve de nada lamentarse, solo podemos esperar que Alex salga bien de todo esto.

—Si no se hubiese interpuesto entre la bala y yo...

—Ahora mismo estarías muerto —terminó Keith por él—. Escúchame, Chris. Alex hizo lo que pensó era correcto. No te culpes a ti mismo. Nos salvó a ambos y estoy seguro de que se recuperará. Tiene que hacerlo.

Sus labios se movieron por inercia para protestar, pero Keith le interrumpió de nuevo.

—Sé que vivirá. Porque Alex es la persona más cabezona y con más ganas de vivir que conozco.

Por increíble que pareciese, en aquel momento una trémula sonrisa afloró en sus labios. Una sonrisa vacilante y llena de agradecimiento.

—Deberías dedicarte a la política. Quizá lo tuyo más que el diseño sea la diplomacia.

Porque nadie se había atrevido en esos cuatro días a hablar así con él.

—Uno hace lo que puede. Aunque si no fueras tú, seguramente mi lengua se trabaría en cada palabra y mi mente se quedaría en blanco. Es lo que suele pasar.

Chris pensó que esa era la reacción que normalmente causaba en los demás.

La reacción que hacía tiempo causaba también en él. Terminándose el café, pidió al camarero que pasaba por allí algunos bollos para llevar y la cuenta. En menos de cinco minutos Keith y él, con una bolsa en la mano repleta de bollería, se dirigían a la sala de espera.

—¿Alguna noticia? —preguntó Keith, dejándose caer en la silla continua a Dave. El pelirrojo negó con la cabeza mientras miraba interrogante la bolsa que el moreno había depositado en su regazo—. Es algo para comer. No creo que hayáis probado bocado en todo el día.

—Gracias, pero no tengo hambre.

Issy tampoco comió nada, pero Greg, que obviamente no había perdido aquella hambre atroz que parecía asediarlo todo el día, tragó dos de los bollos mientras se relamía los dedos manchados de nata y crema.

Alex no salió de la sala de cuidados intensivos hasta el sexto día. Fueron turnándose de dos en dos para hacer las guardias. El médico les avisó que las visitas serían limitadas y en dos cortos tramos al día; pero daba lo mismo. Todos sabían que querían estar allí. Por si acaso.

No fue hasta la octava noche cuando finalmente las cosas decidieron cambiar. Chris, que se había quedado de guardia en la habitación de Alex junto a Issy, intentaba dormitar en la incómoda silla que quedaba libre después de haber cedido el sofá a su prima. Y no fue consciente de lo que significaban aquellos murmullos hasta un rato después de haber comenzado; finalmente abrió los ojos, completamente despierto.

—¿Alex? ¡Alex! —Su grito despertó a Issy y ambos tropezaron en su impulso por llegar hasta la cama.

Y allí, entre pálidas sábanas, Alex los miró. De verdad. Sus oscuros ojos, rodeados de grandes ojeras, se clavaron primero en Issy para después desviarse hacia la figura de su primo. Parecía confuso, con los ojos brillantes y la mirada vacilante.

—¡Issy, el doctor! ¡Llama al doctor!

Issy salió de su estupor para correr hasta la cabecera de la cama y apretar el redondo y rojo botón que lució al instante. No conforme, se precipitó hacia la puerta con el firme propósito de encontrar ella misma a un médico. No hizo falta. Menos de un minuto después, la habitación se llenó de personas con batas blancas o trajes azules. Todo fue demasiado deprisa, pero ambos se vieron expulsados de la habitación de manera brusca.

Issy se paseaba frente a la puerta, mordiéndose la uña de su meñique. Aquella mala tendencia, que creía superada, había dejado sus bien cuidadas manos como las de un niño pequeño en los últimos días. Chris buscó entre sus arrugadas ropas el teléfono móvil y llamó a la mansión. Ni siquiera dos pitidos después, la voz de Olivia, ronca y asustada, se dejó oír.

—Despertó. Él despertó —fue cuanto dijo, y no hizo falta más. Su tía le colgó de inmediato y Chris se volvió hacia Issy, que seguía con su infatigable caminar.

—¿Estará bien? –preguntó ella, su voz trémula y débil.

—Sí. Ahora sí.

Y era verdad. No podía ser de otro modo.

—Iré por un café. ¿Quieres algo? –preguntó ella, deteniéndose de golpe.

—También café. Necesito despejarme.

—Si viene mi madre, intenta tranquilizarla. Lleva demasiado tiempo sin dormir.

Si bien la relación de Chris con esa parte de la familia no había sido nunca especialmente buena, durante aquella última semana el hacha de guerra había sido sepultada bajo kilos y kilos de dolor y desesperación. Toda aquella altivez que en su día caracterizó a la regia mujer, parecía haber desaparecido de un día para otro. Eran demasiadas noticias funestas como para asimilarlas de un solo golpe.

En veinte minutos, la sala estaba llena de gente. Su tía, Greg, Dave, e Issy que hacía tiempo se había terminado su café. Y Keith, al que alguien debió avisar. Una parte egoísta de Chris le gritaba que Keith necesitaba descansar. Que la palidez de su piel y su terrible cansancio eran más que visibles en aquel semblante abatido. Pero Keith tenía derecho a saber.

—¿Olivia Douglas? —Ante la voz grave del doctor, todos parecieron sobresaltarse visiblemente. Olivia se levantó de la silla que había estado ocupando para acercarse corriendo al médico—. Su hijo se encuentra estable en estos momentos.

—Oh, Dios, gracias... —Issy tuvo que sostener a su madre que, para sorpresa de nadie, rompió en sollozos.

—Hemos tenido que administrarle un fuerte sedante debido al dolor, pero mañana por la mañana se encontrará en condiciones de recibir visitas.

—¿Ya está bien, entonces? ¿Le darán pronto el alta?

El médico, masajeándose el puente de la nariz, miró los papeles que llevaba en sus manos para después volverse hacia la nerviosa mujer.

—No, aún es demasiado pronto para eso.

—¿Qué?

Y entonces el doctor la miró, aquella clase de miradas que uno no desea ver en un médico, y los instó a sentarse mientras les informaba de todos los percances que había provocado el accidente.

Cerró los ojos y dejó que sus dedos vagasen una vez más por aquellos cortos y suaves cabellos pelirrojos. Su esposo dormía en postura extraña, con el rostro escondido en el cuello de Greg, mientras sus manos se aferraban a su cinturón.

Un movimiento a su izquierda le hizo mirar a Keith, quien intentaba encontrar, tres asientos más allá, una postura cómoda en la dura silla. Junto a él estaban Chris e Issy, esta última dormida con la cabeza recostada contra el hombro del moreno, en tanto que Chris se limitaba a mirar a su tía caminar de forma nerviosa y compulsiva por la sala, con una de sus manos apoyada en el muslo de Keith y sus dedos dibujando círculos cada vez más pequeños.

El gemido ahogado de Dave le hizo girar el rostro hacia él, buscando cualquier signo de que algo iba mal. Los ojos castaños se abrieron y entre las brumas del sueño preguntó:

—¿Algo nuevo?

—No. —Y Dave, soltando un muy poco elegante bostezo, restregó su rostro contra su hombro, como si de algún modo aquello fuese a despejarle.

—Estás demasiado huesudo, me he clavado todos tus huesos mientras dormía.

—¡Oh, cállate y lávate la boca! Te apesta.

—¿Qué? ¿En serio? —La expresión alarmada de Dave casi le hizo reír, pero cuando su esposo hizo amago de levantarse, una mano tapándose la boca, Greg se limitó a apretarlo con fuerza contra sí.

—No. Solo estaba bromeando.

—Jódete, gilipollas. —Con una sonrisa, besó sus labios brevemente.

—Bueno, realmente le he pillado el gusto a eso; siempre que seas tú el que me joda,

claro.

—¡Venga ya! Haré como si no hubiese escuchado eso. —La contrariada voz de Chris hizo que ambos se sonrojaran furiosamente. Este, con los brazos cruzados y expresión de enfado, elevó una de sus finas cejas—. ¿Queréis que os pida una habitación? Quizás alguna enfermera se apiade de nosotros y nos salve de este espectáculo.

—Ya echaba yo de menos tu buen humor mañanero. Su primo masculló algo que solo Keith pareció escuchar. Sin previo aviso se levantó, sacudiéndose los pantalones con gesto despistado. Qué inusual en él.

—Voy a pasar. Olivia lleva allí un rato y aún no sabemos nada. Asintiendo, Greg se levantó, rotando su cuello para mitigar su rigidez.

—Voy contigo.

Chris asintió, pero, antes de poder entrar en el cuarto, uno de los especialistas los interceptó.

—¿Ocurrió algo? –preguntó Greg, confuso.

—No exactamente. El paciente despertó, pero aún no es consciente de nada. Los calmantes lo mantienen confuso, sin embargo pronto lo descubrirá. Dado el estado de su madre, ¿preferían hablar ustedes mismos con el paciente o que lo haga un médico?

Chris dudó y Greg sacudió la cabeza.

—Lo haremos nosotros, doctor —respondió finalmente Greg.

—Como quieran. Quizás en media hora puedan entrar, para entonces estará en condiciones de conversar con ustedes.

En medio de todo aquel caos y desorden, los cambios eran más perceptibles que nunca. Cambios palpables que hacían sonreír a Greg, a pesar de tener el corazón encogido. De reojo, tal y como había estado haciendo los últimos días, miró a Chris. Este se encontraba con una de sus manos enredada entre los cabellos negros de Keith, quien descansaba, casi dormitando, sobre su regazo. Su expresión era suave, demasiado suave, y los movimientos lentos y casuales. Como si aquella cercanía fuera algo normal; accesible ahora para el parco Douglas. Greg no sabía si aquello era fruto de la tensión sufrida por todos o si sus causas poseían raíces más profundas, pero tenía que dar las gracias a aquel muchacho pálido y delgado que se asentaba sobre la figura inmóvil de su primo.

El tiempo pasaba a una velocidad alarmante y a medida que los minutos se sucedían en la manecilla del gran reloj que colgaba de la pared, la respiración de Greg se dificultaba. Hubiese sido más sencillo si Chris mostrase aquella actitud estoica de siempre. Pero no. Chris parecía confuso aquellos días. Perdido. Y nada podía asustar más a Greg.

Nada más entrar, lo primero que vieron fue a su tía Olivia sentada en una silla cercana a la cama de Alex. La mujer, mirándolos con los ojos enrojecidos, simplemente se levantó del asiento para abandonar el cuarto.

Alex, desde la cama, los miró sonriente; sus ojos brillando por los vestigios de los sedantes y las manos enlazadas en el regazo.

—¡Greg, Chris, me alegro de veros, estaba empezando a aburrirme!

La sonrisa poco hacía por ocultar la palidez enfermiza de aquel atractivo rostro, por no hablar de unas ojeras que ensombrecían el contorno de los orbes oscuros.

—¿Cómo te encuentras?

—Bueno, teniendo en cuenta que tengo enganchados a mi cuerpo más tubos de los estrictamente necesarios y saludables, supongo que no demasiado bien.

Manteniendo la sonrisa, Alex les señaló los asientos vacíos cercanos a la cama.

—Sentaos. ¿Estáis solos?

—No. Los demás están fuera, pero es mejor que no entremos todos a la vez.

Demasiado jaleo —añadió Chris mientras se dejaba caer, cansado, sobre una de las sillas.

—Me alegro de que estés bien, Chris. Estaba muy preocupado y mi madre no me respondía a ninguna pregunta. —Entonces su sonrisa se borró. Greg hubiese deseado poder acercarse, abrazarle y decirle que todo estaría bien. Qué iluso de su parte—. ¿Y mi padre?

Se sobrevino entonces el silencio. Un silencio pesado y sordo, solo atenuado por aquella falsa sonrisa.

—Tengo que pedirte perdón, Chris. Tenía que haber actuado antes pero simplemente no podía aceptar que él estuviese detrás de todo. ¿Está en la cárcel?

Chris, manteniendo su rostro impasible, negó con la cabeza. Alex, no obstante, era una de esas pocas y afortunadas personas que podía vanagloriarse de conocer a Christopher Douglas.

—¿Qué... qué sucede?

Y entonces todo se precipitó. Chris gruñó algo ininteligible, girando la cabeza hacia un costado. Alex, con frustración, se apoyó sobre sus manos para cambiar de postura, y cuando estas fallaron por falta de fuerza, cayó cuan largo era sobre los almohadones y las sábanas enredadas de la cama.

—¿Qué mierda...?

Pero no hizo falta nada más. De un golpe destapó sus piernas, que se mantenían enfundadas en el pálido pijama y completamente paralizadas, y entonces emitió un chillido que dejó helados a sus primos. Cuando Alex golpeó uno de sus muslos, completamente mudo ahora, Greg se levantó presto de su asiento.

—¿Qué demonios pasa?

Alex intentó incorporarse de nuevo, pero Greg llegó hasta su lado para inmovilizarle.

—¡Estate quieto, Alex!

—¡Pero mis piernas...! ¿Qué demonios pasa, Greg?

—La bala te daño y tu columna...

—¿Qué? –le interrumpió, sus ojos enormes en el pálido y demacrado rostro.

—Que la bala...

—¡Ya te he oído la primera vez!

—¡Alex, tranquilízate!

Pero Alex no estaba listo para tranquilizarse. Maldijo en tres idiomas diferentes y siguió golpeándose a sí mismo hasta que Chris, en un movimiento fuerte y de lo más contundente, le abofeteó.

—Cálmate.

Y fue entonces cuando Alexander Douglas, payaso oficial de la familia, se echó a llorar.

Nada se podía decir en una situación tan tensa. O al menos Greg así lo supuso mientras abrazaba a su primo y dejaba que se desahogase contra su pecho. Sus ojos, humedecidos por lágrimas que no se sentía capaz de derramar, parpadearon furiosos. Miró a Chris, quizás esperando algún comentario definitivo, de esos que tantas veces solía soltar y que dejaban las cosas claras. Pero él se encontraba en un estado muy similar al del propio Greg, solo que sabía disimularlo mucho mejor. Los puños apretados a los costados y aquella expresión furiosa dijeron a Greg mucho más que las palabras.

—Soy un inútil –repitió entonces Alex por enésima vez, fortaleciendo su agarre sobre la camiseta de Greg. Aquello pareció ser la gota que calmó el vaso de Chris.

—Escúchame, Alex, y escúchame bien: te curarás; simplemente estarás un tiempo sin poder andar. No es el final del mundo y mucho menos el tuyo. Somos Douglas, y los Douglas siempre se sobreponen a lo que haga falta. Si no, mira Paula, tan cerca ya de recuperarse. Simplemente buscaremos a los mejores especialistas y antes de que nos demos cuenta estarás dando el mismo coñazo de siempre.

Sus palabras parecieron traspasar el velo de dolor que había envuelto a Alex.

Cuando la rubia cabeza se levantó de su pecho, Greg casi suspiró, aliviado.

—Pase lo que pase, Alex —dijo—, seguirás siendo tú.

—Lo siento —murmuró entonces Alex mirando a Greg, su voz un débil murmullo entre los agrietados labios.

Pero las malas noticias nunca llegaban solas y ambos necesitaban contarle el resto de lo sucedido antes de que su primo decidiese encender el televisor de la habitación y se enterase de todo por otros medios menos ortodoxos.

—Hay algo más, Alex. –Su primo los miró en silencio, como si pensase que ya nada podía ser peor de lo que le había sucedido. Cuán equivocado estaba—. Cuando recibiste la bala y caíste al suelo, todos pensamos lo peor. ¡Había tanta sangre, Alex, que era inevitable!

Chris paró de hablar y Alex se tensó, quizás anticipándose a la sentencia que entonces salió de entre los labios del propio Greg.

—Tu padre no pudo perdonarse haber matado a su propio hijo.

—¿Qué?

—Se disparó.

A pesar de que para ese momento no guardaba ningún afecto por su tío, Greg deseó traerlo de vuelta a la vida cuando Alex, con un sollozo ahogado, empezó a negar frenéticamente con la cabeza, sus ojos perdidos de nuevo.

—No... ¡No! ¿Por qué lo hizo? ¡No tenía derecho! –Greg no podía estar más de acuerdo, pero simplemente guardó silencio, esperando que Alex dejase de tirar de sus propios cabellos—. ¡Ese bastardo no tenía ningún derecho después de lo que hizo!

—Te creía muerto, Alex, y la policía estaba en camino. Chris los llamó después de pedir una ambulancia. Él solo se aferraba a ti pidiendo perdón. Ninguno lo vio venir.

—¡Maldita sea! ¡Tenía que haber descubierto todo esto mucho antes! ¡Tenía que haber evitado que llegara tan lejos!

—Esto no es tu culpa. A tu padre le esperaba una larga condena. Seguramente ya no volvería a salir.

—¡Pero pude ser más cuidadoso! Si no le hubiese dado la espalda, no podría haber cogido la pistola y...

—No. –Alex soltó su cabello para mirar a Chris, quien fruncía el ceño mientras apretaba los dientes en gesto de contención—. Lo único que hiciste fue interponerte entre la bala y yo. Nunca podré...

—No lo digas.

Alex bajó la mirada hasta su regazo, quizás demasiado sobrecargado en ese instante. Puede que retrasar la noticia de su padre hubiese sido más acertado, pero todos tenían miedo de que se enterase por otras vías. Lejos de su supervisión, en realidad.

—Quiero hablar con los médicos. Y con mi madre. ¿Por qué no me dijo nada en toda la mañana?

—No se encontraba en condiciones de contar nada, Alex. Creímos mejor decírtelo nosotros.

—Entiendo. —Cabizbajo, dejó pasar más de un minuto antes de volver a hablar—.

¿En serio Paula se curará?

—Sí. Se ha portado como toda una valiente cuando le hicieron todas esas pruebas. Una sonrisa triste apareció en aquel bello rostro.

—Me alegro. Por lo menos hay una buena noticia. Cuándo... ¿cuándo le enterraron?

—Hace una semana.

—Entiendo.

Greg prefería los arranques de furia de su primo que aquella parquedad. Si volvía a decir entiendo, iba a empezar a gritar.

—Diré a los demás que pueden pasar.

Alex no contestó, pero Greg, de todos modos, apretó su brazo una última vez antes de salir de aquella silenciosa habitación. Aquel día fue uno de aquellos que se quedan marcados en la mente, imborrables a pesar del paso del tiempo. Y todos en la familia Douglas lo iban a tener muy presente por el resto de sus vidas.

Eso no evitó que cada uno de ellos se volcase a su manera para consolar al paciente. Issy lloró, al igual que Keith, que no pudo contener sus lágrimas frente a Alex. Este le atrajo entonces hasta su pecho para soltar con tono burlón: "vamos, soy yo el enfermo, no me quites protagonismo". Keith había reído entre lágrimas y le entregó unos pasteles que había comprado. Alex se los comió casi todos, solo ofreciendo al propio Keith. Desde su punto de vista, el moreno se esforzaba demasiado en ganar su dinero como para que aquella panda de gandules se comiera los pasteles que le había regalado a él.

Chris fue el encargado de traer a los niños aquella tarde y nadie más abandonó la pequeña habitación para algo que no fuese ir al lavabo o a conseguir comida.

La llegada de los pequeños fue como una ráfaga de aire fresco en medio del desierto.

—¿Y tendrás una silla de ruedas como las que salen en la tele? —preguntó Nathan de forma inocente y con sus ojos marrones brillantes de emoción.

Dave se apresuró a alejar al niño, temiendo la respuesta de Alex, pero este, sorprendiéndoles, se limitó a contestar:

—Sí. Y ya verás lo veloz que va a ser.

El pequeño Nathan rio entonces, ajeno a la triste mirada del adulto. Mas la vacilante sonrisa que luego adornó el rostro del mayor fue un bienvenido calmante para las almas del resto.

—¡Inútil! ¡Mírate, no puedes ni ir al baño tú solo! —Con el ceño fruncido y los puños apretados en su regazo, miró su reflejo en aquel inmenso espejo por enésima vez en el día.

La imagen que le devolvía era tan dolorosamente cruda que nunca era capaz de mantener sus ojos en ella demasiado tiempo. Enfurecido con su propia condición, Alex sabía que era duro consigo mismo, y en ocasiones con todos los demás.

Hacía ya casi un mes desde su vuelta a casa. La primera vez que le sentaron en aquella silla, ya tan conocida como su propio cuerpo, la aplastante sensación de impotencia le había hecho ahogarse. Más tarde no supo si sentir agradecimiento o enfado cuando, al llegar a su casa, encontró todo tipo de nuevos accesorios acondicionados para una persona inválida.

Junto a las escaleras, habían instalado un pequeño ascensor, solo entraría él con su silla de ruedas y quizás una persona más. Si se apretujaban mucho. Y si la otra persona era muy delgada. Además, tanto los baños, la cocina, como el comedor estaban repletos de apoyos para él, por si necesitaba levantarse o guiarse con ellos. Todos los escalones y bordillos fueron salvados con pequeñas rampas y el personal de servicio parecía prestarle demasiada atención.

Por una parte todo aquello le hacía su rutina diaria mucho más fácil, pero verse obligado a usar esos accesorios era como un recordatorio constante de su incapacidad de valerse por sí mismo.

Alex, además, había visitado la tumba de su padre una vez por semana, incapaz de perdonarle el que se quitara la vida y culpándolo de su lamentable estado. Pero a medida que pasaban los días las cosas parecían calmarse a su alrededor. Poco a poco las miradas que antes había tomado por lástima, ahora las veía tal y como eran: simple simpatía y ánimo para seguir adelante.

El usar aquel endiablado ascensor también dejó de molestarle en algún punto indefinido de aquellas cuatro semanas, así como la compañía casi constante de los tres niños y la vigilancia del resto, que a veces suavizaba su desánimo cada vez que se llevaba una desilusión por sus pocos progresos en la rehabilitación.

Para su propia sorpresa, fue Chris, seguramente guiado por un estúpido sentimiento de culpabilidad, quien más estuvo a su lado. Y eso le permitió ser consciente de los verdaderos cambios que habían operado en el rubio.

Aquella barrera que tantas grietas había sufrido desde hacía meses, parecía ahora desaparecer cuando estaba en compañía de determinadas personas. Aquella tensión que siempre le acompañaba había dado lugar a una postura menos rígida que permitía a los demás estar más a gusto a su lado. No había sido algo progresivo. Seguramente ni siquiera algo que pudiese medirse cuantitativamente. Pero el ambiente lo notaba. Y ellos también.

Greg había pedido a Keith que se mudase de nuevo a la mansión. Había habitaciones de sobra y aquello no supondría ningún problema para ellos. Al contrario, había dicho con una de sus sonrisas, solo podrás alegrar nuestros días. Por cursi que sonase, el resto de los primos parecían estar de acuerdo. Y aun así él se negó. No era adecuado, decía. No estaría bien. Alex se preguntaba si el chico era consciente que una de las mayores causas del cambio sutil de su primo había sido precisamente él.

Seguramente no, visto lo visto.

Pero no todo eran buenas noticias. Sus visitas semanales al médico para la rehabilitación no solo eran dolorosas y agotadoras, sino que dejaban a su mente en un estado de grave abatimiento. Los resultados no eran visibles por ningún lado y Alex empezaba a preguntarse si acaso su supuesta recuperación no sería más que un intento de su familia por devolverle la sonrisa. Esperaba que no. Si estaba pasando por todo aquel calvario por una idea tan tonta, él mismo iba a encargarse de darles una lección a todos ellos.

Dejando caer sus brazos por los costados de la silla y soltando un largo suspiro, miró el reloj de mesa colocado junto a su mesilla de noche y comprobó que apenas faltaban cinco minutos para la comida. En ese preciso instantes, unos rápidos y fuertes golpes en su puerta le hicieron sonreír. Sonreír de verdad.

Con la facilidad que solo otorga la experiencia, se deslizó hacia la puerta y la abrió en apenas unos segundos. Tres pequeñas figuras saltaron entonces sobre él.

—Tío Alex, tío Alex —llamó Nathan mientras se colgaba de su cuello intentando que este le mirase, cosa bastante difícil cuando intentaba sostener a Paula, que se había subido sobre sus rodillas y a punto estaba de caerse de cabeza—. Hoy es el día. Dijiste que vendrías con nosotros.

Mirando a su sobrino con seriedad, recordó el momento exacto en el que aquellos tres diablillos le hicieron prometer que saldría con ellos al parque para verlos jugar al fútbol.

—Está bien, pero por la tarde. Ahora hace demasiado calor.

Los dos niños abandonaron el regazo de Alex para dirigirse corriendo al comedor. Seguramente para contar la buena noticia. Paula, sin embargo, le seguía mirando con aquellos inmensos ojos soñadores. Ojos que se enfocaban perfectamente en los suyos. Por suerte, la operación que se tuvo lugar hacía algo más de dos semanas había sido todo un éxito. La recuperación fue un proceso lento y doloroso, pero Alex no pudo estar más orgulloso del comportamiento de la pequeña, que soportó todo aquello ante la promesa de recuperar su vista. Es un maldito modelo para seguir, se decía todas las noches. Parecía curioso que en ocasiones siguiera guiándose por el tacto. Recorriendo la casa con las manos apoyadas en las paredes. Según ella, a pesar de que su vista no reconociese lo que tenía delante, sus manos sí que lo hacían. Y fue precisamente por aquellos ojos de mirada suplicante que accedió a salir de su casa por primera vez desde el accidente.

Con una sonrisa, acomodó a la niña sobre su regazo para empujar la silla hasta el corredor que le llevaba directamente al ascensor. Paula, después de todo, sí era muy delgada.

"Lo siento, Chris, pero en realidad no quiero ser tu amante".

Cerrando con fuerza los ojos, dejó descansar su cabeza sobre la lisa superficie de la mesa. Su cabello negro ocultaba su rostro de cualquiera que llegase en aquel momento, por lo que no se molestó en esconder la expresión dolida que fruncía su ceño en aquel instante.

Sí. Él, Keith Mathew, había rechazado de plano al hombre que quería como nunca había querido a nadie. El corazón le dolía. El alma misma parecía retorcerse en su interior. Pero sabía que era lo correcto.

Keith se había convertido en un apoyo para Chris, durante las semanas que duró la convalecencia de Alex en el hospital. Uno que le había visto casi derrumbarse por la culpa y el dolor. Uno que había sufrido por la condición de aquel que había salido herido física y mentalmente y aquel otro que simplemente no podía aceptarlo. El corazón dividido y el alma en vilo. Keith no sabía cómo abarcar todos los sentimientos que le embargaron entonces. Era cariño, uno tan intenso que le hacía preguntarse cómo de profundo había caído. Pero también algo más. Aquel sentimiento que uno tiene por la persona que quiere y que a veces no puede sostener entre sus brazos.

Fue en ese preciso instante, mientras frotaba la espalda de Chris y le escuchaba admitir todo aquello que arrastraba su cordura a su límite, que comprendió su error. Era un error táctico, se dijo entonces, uno que no había querido ver, en realidad. Porque las noches de placer, fueran cuantas fueran y significasen lo que significasen, solo supondrían un banal alivio para su tortura. Un respiro a sus gastados sentimientos que únicamente daría como resultado un corazón aún más roto y quizás el carácter algo más cínico.

Keith quería todo o nada. Puede que sonase egoísta, pero no veía forma alguna de poder aceptar otra cosa.



 
 
 

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