CI 22
- Rebeca Montes
- 25 dic 2022
- 18 Min. de lectura
Nunca un lugar se le había hecho tan inalcanzable. El alto edificio de vidrieras oscuras y puertas valladas jamás había lucido tan esplendoroso. Brillante a la luz del ocaso y reflejaba los tintes anaranjados de las últimas luces de día, creando amplias ondas de color a lo largo de los cristales.
Piernas temblorosas y espíritu en alto. Quizás demasiado en alto, pensó por enésima vez en la última hora. Su coche, tras él, pitó brevemente al accionar el cierre desde la llave. En la puerta, un empleado uniformado le miraba, estoico y paciente. Pero Keith no tenía prisa.
Necesitaba respirar.
Y para ello precisaba aire, por supuesto. No podía menos que preguntarse dónde demonios se habría metido todo el oxígeno de aquella apestosa ciudad. Tras unos minutos de debate interno que solo consiguió agravar su problema de equilibrio, se encaminó hasta quedar frente al empleado que, ahora sí, le miraba fijamente. Era joven, quizás cercano a la propia edad de Keith, pero lucía como un profesional, enfundado en aquel traje que parecía hecho a medida con relucientes botones plateados.
-Hola -graznó, porque no podía llamarse de otra forma a lo que salió de su boca. El chico, sin embargo, sonrió, señalando a su vez el mostrador caoba que aguardaba tras él, justo a la entrada del edificio. Keith tragó saliva, sintiéndose repentinamente enfermo, y pasó.
-¿Puedo ayudarle en algo? -Sobresaltado, casi dejó caer las llaves del coche. Esta vez fue una mirada más seria la que lo recibió en medio de una cabeza redonda en la que hacía tiempo había dejado de crecer pelo. Unos severos ojos azules le miraron de forma inquisitiva.
-Vengo... Christopher Douglas me espera.
El hombre, por unos instantes, alzó una de sus cejas. El que pareciesen estar pintadas sobre su pálida piel solo hizo a Keith carraspear débilmente. El hombre asintió y Keith no esperó a que le dijese nada más, casi corrió hacia el ascensor que aguardaba al otro lado del recibidor y, aliviado de conocer cuál eran el piso y la puerta de Chris, se adentró en el interior del amplio elevador que cerró sus puertas plateadas de forma silenciosa.
La imagen que le devolvió el espejo frente a él mostró un chico pálido, vestido con vaqueros holgados, camisa roja de manga corta y unas gastadas deportivas negras. Lo peor, sin duda, era su cabello. Despeinado de pasarse los dedos por él y alborotado sin orden alguno. Parecía ilógico que hubiese estado frente a su armario al menos cuarto de hora, para saber qué ponerse. Eso después de las cuatro horas que tardó finalmente en decidirse a hacer aquella visita.
Nunca había sido de decisiones rápidas, se dijo.
No sabía bien qué le impulsó finalmente. Quizás ese lado más oscuro suyo reticente a rendirse y dejar pasar una oportunidad así. ¿Qué problema había?, se preguntaba. Una noche. Una sola noche y todo estaría bien. Era Chris, ¡por favor! No se trataba de ningún extraño. Y lo deseaba. ¡Cómo deseaba aquel cuerpo esbelto y bello que se cernía sobre él, de forma amenazante y autoritaria la mayoría de las veces! Últimamente esas veces eran menos, pero tampoco es que aquello fuese un argumento muy bueno a favor de aquella noche.
Quizás, de haberlo pensado por menos tiempo, o puede que de haberlo pensado algo más, se habría negado. Habría hecho oídos sordos a aquella loca petición y pasado la noche en su casa, acurrucado en su cama, intentando ignorar la eterna coletilla del ¿y si...?
¿Y si hubiese ido? Por supuesto, pero también ¿y si no tengo otra oportunidad? ¿Y si no puedo volver a tocar aquella piel, besar aquellos labios o acariciar esos cabellos dorados? Nunca sabría las respuestas a aquellas preguntas, ya que, en un acto inusual en él se había mirado en el espejo, ojos grises decididos, y había pensado que, de negarse, nunca podría perdonárselo. ¡Vamos, Keith!
¡Es una noche, una única noche!
Y ya se estaba arrepintiendo.
Antes de poder hacer algo al respecto, la puerta del ascensor se abrió y, frente a él, estaba él. Él. En toda su gloria. Camisa blanca de hombreras que dejaba entrever parte de su pecho y aquellos hombros que, pese a carecer de la amplitud que el ejercicio físico continuado concedía, soportaban mucho más peso que la mayoría. Keith, estúpidamente, se preguntó a qué sabrían si pasara por ellos su lengua. No es que fuese a hacerlo. Al menos aún no. Pero vaya si le gustaría.
Quizás su mente estaba sufriendo las consecuencias de tantos pensamientos extraños y extravagantes. Llevaba pantalones cortos y una toalla húmeda sobre los hombros que dejaba escurrir algunas gotitas hacia abajo. Sería aquella la causa de su descontrol temporal, sin duda.
Su pelo, mojado también, se veía absurdamente sexy. ¿Acaso no tenía suficiente con estar allí que tenía que recibirle así, medio desnudo y húmedo?
-Entra -fue cuanto dijo, haciéndose a un lado. Un simple roce, y su cuerpo se estremeció. Por suerte, fue un acto interno que no pareció ser notado por nadie, aparte de él. El salón apareció tal y como lo recordaba. Tal vez más acogedor, con la bandeja tapada sobre la mesa y un libro de aspecto infinitamente largo sobre el sofá. El olor de la carne, porque Keith estaba seguro de que era eso, llegó hasta él en una primera bocanada que le dejó aún más hambriento de lo que estaba.
-¿Has comido? -preguntó Chris. Le conocía muy bien, por lo que Keith ni se sorprendió al verse arrastrado hasta una de las sillas. La mano de Chris en la parte baja de su espalda pareció marcarse a fuego.
-No. No he tenido tiempo -musitó, dejándose caer en el mullido asiento. Para su consternación, Chris se sentó a su lado. Demasiado cerca e infinitamente lejos. Chris empezó a destapar las bandejas y después a abrir la montaña de paquete de comida china que parecía haber comprado. Efectivamente, uno de los platos consistía en dos suculentos pedazos de carne que por su aspecto se encontraban justo en su punto.
-Lo imaginaba. Coge lo que quieras. -Keith miró la comida. Al no estar demasiado acostumbrado a los restaurantes chinos, no sabía qué eran la mayoría de los platos. Pudo reconocer, no obstante, un pequeño paquete de sushi. El arroz acompañado de pescado casi crudo se le antojó delicioso en aquel momento, aun con las pocas veces que lo había probado.
Pensándolo mejor, Keith podría apostar a que era comida japonesa. No estaba completamente seguro, pero...
Los palillos cayeron de sus dedos cuando, con un deliberado roce, Chris le tocó la mano.
-Si te digo la verdad, no creí que fueses a venir.
-No eres el único -masculló más para sí mismo que para él. Igualmente le escuchó.
Chris, para su completa sorpresa, no elevó ni una ceja ante su tono. Empezó él mismo la conversación, sacando uno y mil temas que nada tenían que ver con el ambiente. Que si Nathan se había comido media tarta y enfermó del estómago. Que si Johny después quiso la otra media. Keith pocas veces abrió la boca. Simplemente observaba fascinado como su jefe hablaba. ¿Cuándo tiempo más iba a tener la oportunidad de poder estar así con él? La respuesta era deprimente, por lo que decidió dejarlo pasar.
Grata sorpresa había sido que, nada más entrar por la puerta, Chris no le hubiese empujado hacia su cama, o hacia el sofá, para darse un buen revolcón y después echarle de su casa con cajas destempladas. Muy al contrario, tras terminar de cenar su jefe se levantó, recogió las dos bandejas y le preguntó si le apetecía una ducha. Keith, que sabía perfectamente hacia dónde iba encaminado aquello, aceptó, y cuatro minutos después se encontraba dentro de un lujoso e inmenso baño, con una toalla amarilla en un brazo y una bata demasiado larga para él en el otro. Dejando ambas cosas sobre el mueble que estaba junto al lavabo, miró la ducha. Bien, ahora solo quedaba descubrir cuál de todos aquellos botones le proporcionaría agua caliente.
Momentos después, con tres placenteros chorros de agua humedeciendo su cuerpo, suspiró. Tras lavarse, Keith apagó los grifos para salir. Sus piernas flaquearon y a punto estuvo de caer de cabeza al suelo. Por suerte, sus manos se agarraron a la mampara y con un gemido se percató de que todo su cuerpo temblaba de miedo. No era virgen, al menos no en cuanto a mujeres se trataba, pero aquello era diferente. No solo estaba a punto de acostarse con un hombre sino que, además, se trataba del hombre del cual estaba completa y perdidamente enamorado.
Echándose la toalla por encima, se empezó a secar con movimientos fuertes y decididos. No iba a estropear aquella noche por culpa de los nervios. La bata que Chris le había entregado, doblada pulcramente en idénticos pliegues, era de tela fina pero agradable y guardaba un resquicio del olor de Chris. Quizás solo fuese el gel, que le recordaba de una forma u otra al él. No se paró a mirarse en el espejo, se peinó los cabellos con los dedos a falta de algo mejor y salió del baño. Su pelo, liso aún, goteaba sobre él. Chris, efectivamente, estaba allí, sentado en el sillón, mando en mano y libro olvidado sobre la mesilla, y en la televisión una de las tantas películas de acción que parecían repetirse todos los fines de semana.
Nunca sabría qué fue lo que le hizo darse la vuelta, si acaso el propio Keith hizo algún sonido o solamente Chris, con aquellos sentidos agudizados que poseía, le había notado. Pero sus ojos, esos ojos que se veían ahora oscuros y brillantes, le recorrieron desde sus pies descalzos hasta la apertura de la bata, que dejaba entrever parte de su pecho. Sin darse cuenta, cerró el cuello de la prenda, nervioso, y se quedó allí en pie, esperando.
-Siéntate.
-¿Qué? Pero...
-Siéntate, Keith.
Y Keith se sentó, porque aquella voz, que había sonado serena, le atrajo hasta terminar posándose a su lado.
-¿Qué estás viendo?
-Chacal, creo que se llama -contestó tras un momento de vacilación.
Keith contuvo el resoplido que a punto estuvo de escapar de sus labios. ¿Chacal? Chris había corrido las cortinas y la única iluminación en la sala provenía de la televisión. Y Keith, en un acto completamente inesperado, se metió de lleno en la película. De ahí que cuando un brazo pasó, casi desapercibidamente, sobre sus hombros y una figura mucho menos sutil se inclinó sobre él, Keith no estaba preparado. La voz susurrante, ronca y familiar, le erizó el vello de la nuca.
-Te deseo.
Y aquellos labios, cálidos y ligeramente húmedos, se posaron suavemente en su mandíbula, muy cerca de su sensible oído.
Por favor, corazón, late más despacio, se dijo, ojos cerrados y respiración entrecortada. Por supuesto, poco ayudó que una mano se posase sobre su pecho. Quieta, sin moverse, pero directamente sobre su piel a través de la apertura de la bata.
Y en aquellos momentos, momentos donde uno debía dejar de lado el temor, alzar las armas y embestir con todo lo que se tuviese, Keith giró el rostro, miró con detenimiento el bello semblante de la persona que amaba y le besó. Un beso torpe por los nervios, tembloroso y poco profundo; pero un beso de aliento, de permiso y, sobre todo, de amor.
Que asquerosamente cursi, pero nada importó cuando los labios ajenos se abrieron ante él y aquella lengua, atrevida y experta, pidió permiso para entrar. Keith se vio arrastrado a aquella marea de sensaciones que siempre le provocaba estar cerca de él. Tocarlo, besarlo, olerlo y poder, sí, poder lamerlo. Sus manos recorrieron los hombros, cálidos y suaves, y después bajaron, buscando encontrar algo más. Aquel pecho con vello suave donde, sabía, asomaban dos pezones sonrosados. Keith los había visto muchas veces en el cuarto que ambos compartían. Los había mirado de lejos, junto a aquel pecho bien formado y el abdomen plano, y había sentido deseos de pasar su lengua por ellos. Por eso, pareció natural separar sus labios de la otra boca y bajar hasta depositar un beso, húmedo y anhelante, en el centro de su pecho, apartando un poco el cuello de la camisa.
-Keith.
El susurro contra sus cabellos le hizo levantar la cabeza y Chris volvió a abatirse sobre su boca, mucho más voraz. Sus manos se agarraron, temblorosas, a los fuertes brazos para no caerse mientras Chris le subía sobre su regazo, rodeándole y asegurándose que solo la fina tela de su ropa interior quedase entre él y el otro cuerpo. La bata simplemente cayó al suelo, junto a ellos. Los cabellos rubios le hicieron cosquillas contra la nariz, sintiendo la lengua de Chris juguetear en su cuello; lamer, chupar, incluso morder. Y Keith, simplemente, no pudo evitar moverse sobre su regazo, buscando alivio para su adolorido sexo. Gimió quedamente en tanto que las manos de Chris se aferraban a su trasero, guiando él mismo aquel movimiento ondulatorio.
-Te deseo -le escuchó repetir y Keith, con la evidencia de tan reveladora oración incrustada en su trasero, no pudo menos que sonreír, bajar la mirada y presionarse aún más fuerte, logrando un bajo gruñido que solo le excitó más.
El eje del mundo cambió con brusquedad, cuando se vio tendido en el sillón, las piernas al aire y vergonzosamente abierto. Chris, cernido sobre él, se sacó la camisa y volvió a agarrarle las piernas, colocándose contra aquella zona que estaba más caliente y necesitada. Le debería haber dado vergüenza, una parte de Keith lo sabía, más solo podía pensar que aquella tela sobraba entre ellos. Su boca estaba demasiado ocupada, por lo que fueron las manos quienes tiraron incesantes de la cinturilla del corto pantalón y Chris, entre tirones, se quedó en ropa interior.
¡Ah, sí, mucho mejor!
Chris abandonó sus labios, bajando hasta detenerse bochornosamente cerca de sus piernas abiertas. Con sonrisa lasciva, de esas que pocas veces había tenido la suerte de ver, le miró; y entonces bajó aún más, apartando hacia un lado la tela húmeda de sus bóxer y lamiendo aquella zona detrás de los testículos que Keith, hasta aquel día, no sabía ni que existía. Tuvo que taparse la boca cuando las manos le abrieron aún más y aquella lengua, maldita fuera, subió hasta encontrar sus testículos.
Probablemente cansado de la intromisión, Chris agarró los bordes de su ropa interior y los retiró, y el miembro de Keith, ahora libre de su aprisionamiento, latió expectante, rojo brillante y húmedo.
¡Chúpalo!, le hubiese gustado gritar. ¡Métetelo en la boca! Por supuesto no lo hizo y casi llora de frustración cuando Chris, con un último mordisco cerca de su ingle, se apartó de él, colocándose en pie junto al sillón.
-Tengo una cama enorme a tan solo unos metros. Venga.
Y ante la mano extendida, Keith solo pudo seguirle a trompicones, porque sus piernas no le sostenían. El cuarto era enorme, y bonito, pero Keith solo tenía ojos para la cama que era enorme y a Keith le hubiese gustado acostarse a cuatro patas sobre ella para que Chris terminase de una vez con su sufrimiento.
Ya que correrse en aquel momento, cuando ni siquiera le estaban tocando, hubiese sido una humillación en ciernes, decidió pensar en cualquier otra cosa. No iba a terminar antes de haber comenzado siquiera, se dijo firmemente. Y hubiese sido mucho más sencillo si Chris no hubiese decidido que era el mejor momento para bajarse su propia ropa interior, primero dándole una buena vista de aquel trasero pálido e inesperadamente redondeado y después girándose.
Por unos instantes, cortos pero arrolladores, Keith pensó en huir. Porque Chris estaba bien dotado. Muy bien dotado, en realidad, y no sabía cómo demonios iba a entrar todo "eso" en su trasero. Quizás Chris fue consciente entonces de sus dudas, pues se acercó hasta él y le abrazó, pegando por completo sus cuerpos desnudos.
Y vaya si funcionó. Con la mente de vuelta en blanco, ambos caminaron entre besos y tropezones hasta la cama. Keith cayó sobre ella de forma poco elegante, pero a quién importaba eso cuando el cuerpo hermosamente formado de Chris se colocó sobre él, manteniendo su peso sobre los brazos pero presionando ambas pelvis juntas. Keith se impulsó hacia arriba sin poder controlarlo y Chris le devolvió a su sitio, con lo que casi logró que aquello terminase vergonzosamente pronto.
-Gírate -le dijo Chris, con una palmada a su trasero e inclinándose sobre la mesilla de noche. Sacó un pequeño bote de lo que se presuponía lubricante y un preservativo, que dejó sobre la cama.
Keith, que aún no se había movido, se vio colocado a cuatro patas, la cabeza enterrada en la almohada y las manos aferradas a la suave tela. Aquello era vergonzoso, pero lo fue aún más cuando Chris le separó las nalgas y un líquido frío se escurrió entre ellas.
El primer dedo no dolió. Tampoco es que sintiera placer, pero una de las manos de Chris, húmeda del lubricante, le tocó por delante y pronto el segundo dedo tampoco fue un problema. Se movía dentro y fuera, separándose en tijera de forma incómoda para volver a salir. Le sintió besarle en la base de la espalda, dejando que su lengua lamiese hacia abajo para finalmente morder cerca de su agujero. Suavemente. Y entonces los dedos desaparecieron.
-Espera -dijo-, esta posición...
-Será más fácil para ti así -le interrumpió Chris. Y Keith no dijo nada más, escuchando el sonido del envoltorio del preservativo al ser rasgado. Chris, entonces, se frotó contra él, humedeciéndose entre sus nalgas, y Keith gruñó. Porque aquello, definitivamente, no eran dedos.
-Joder.
-Relájate, pasará.
No era tan doloroso, pero sí incómodo. Y escocía. Pero Chris masajeó su espalda mientras entraba en él con lentas pero continuas embestidas, haciéndose hueco dulcemente en su interior. Cuando le sintió pegado a él, supo que lo había logrado y suspiró aliviado. Su excitación había decrecido y con una mano buscó su miembro. Chris, no obstante, no le permitió darse alivio.
-Aún no.
Hijo de puta.
Se preguntó si frotarse contra las sábanas sería visto como un acto demasiado desesperado. No tuvo que enfrentarse a la difícil situación, pues fue la propia mano de Chris la que rodeó su hinchado miembro, acariciando suavemente, demasiado suavemente, en realidad, y jugando después con la sensible punta. Y entonces se movió. Salió de su interior para volver a deslizarse dentro, de forma rítmica y lenta, casi tentativa. Keith, a punto de preguntarle qué demonios esperaba, brincó sobre la cama cuando en una de las embestidas dio de lleno en su punto. Y con una ronca carcajada, Chris volvió a embestir, esta vez con más fuerza.
A partir de ahí todo se precipitó. Su miembro volvió a la vida, goteando sobre la mano de Chris, y este se presionaba contra su trasero mientras le mantenía en aquella posición, su palma colocada firmemente sobre la base de su espalda. El movimiento se volvió más errático a medida que pasaban los segundos y Keith se dio cuenta, abochornado, de que no iba a durar mucho más. No le importó y se frotó contra la mano del otro hasta que, con un gemido lastimero, terminó entre los dedos de Chris. Le escuchó gruñir a su espalda, morder su hombro y embestir con más fuerza aún. Y no tardó demasiado en seguirle, cada vez más rápido, hasta que finalmente se derramó dentro del preservativo.
Su pesó cayó sobre la espalda de Keith, el miembro ablandándose en su interior. No es que le importase, por supuesto. Se hubiese quedado allí, entre sus brazos, toda una eternidad. Chris, no obstante, salió de él, rodando hacia un lado para sentarse en el borde de la cama. Keith no sabía nada del sexo entre hombres, al menos así había sido hasta hacía apenas una hora, pero no tuvo que mirarle para comprender que se estaba deshaciendo del preservativo, se limpiaba en el baño y luego volvía a su lado, dejándose caer junto a él. Le acercó una toalla húmeda y Keith, agradecido, la tomó.
-No ha dolido tanto, ¿verdad?
Keith, ignorando a propósito las punzadas en su trasero, negó con la cabeza. Chris alzó una ceja, seguramente consciente de su media mentira, pero al final se recostó contra los almohadones, sin importarle su desnudez. Keith tuvo que desviar la vista, avergonzado. Le hubiese gustado girarse para abrazarle. No era de esas personas que a las que les gustaba mucho el contacto post orgásmico, pero sus dedos picaban por tocar aquellos cabellos rubios.
-¿En qué piensas?
Ni en el infierno hubiese contestado con sinceridad a esa pregunta.
-En nada en particular-. Y no era del todo una mentira.
-Keith... -La mano, inexplicablemente fría porque él se sentía muy caliente, de Chris en su rostro le sobresaltó. Le hizo girar la cabeza para mirarle y se encontró con aquellos ojos castaños, que le observaban fijamente. Cerró los ojos, huyendo-. No, mírame.
Y Keith así lo hizo.
-No tienes por qué avergonzarte de lo sucedido.
O Keith se había perdido en algún punto de aquella conversación de dos frases y media o Chris no le comprendía, aun ahora, demasiado bien.
-No estoy avergonzado.
-¿Y entonces por qué no me miras?
"Por qué me duele", quiso decirle. Se limitó a sonreír, no obstante. Una sonrisa falsa que a nadie engañaba.
¿Pero qué más quería? Había satisfecho su deseo de la persona que más amaba. Había estado entre sus brazos y había conocido su pasión. Aquello debía ser suficiente porque sabía, muy en el fondo, que nada más vendría de Chris. Y Keith lo aceptaba.
De pronto su estado de desnudez se le hizo insoportable. Buscó a su alrededor algo de ropa, pero tanto la bata como las prendas que había traído se encontraban fuera del cuarto. Se sentó, manteniendo la sábana sobre su regazo, y finalmente se levantó, dejando atrás toda tela. Chris había visto todo lo que había para ver, de cualquier forma.
-Será mejor que me marche ya -dijo en tono cortado-. Es muy tarde.
Chris le observó, por interminables segundos, en silencio. Finalmente se encogió de hombros, alcanzó el mechero colocado sobre la mesilla y encendió un cigarro. Keith, avergonzado de nuevo, casi corrió hasta el salón. No encontró su ropa interior, por lo que se puso los pantalones directamente, sin importarle el pinchazo doloroso en su parte trasera.
La fuerza con la que apretó el cigarrillo terminó por partirlo en dos. Con un gruñido de frustración, lo tiró en el cenicero de la mesilla para volver a recostarse sobre los almohadones, escuchando como Keith se movía entre los muebles de su salón. ¿Sería demasiado insensible agarrarle de nuevo, tirarle sobre la cama y volver a hacerle el amor? Quizás. No, seguramente. Aun así, la tentación no era poca y Keith, paseando su desnudo trasero frente a él, no ayudaba.
Decir que se había sorprendido gratamente era quedarse corto. La inestimable ayuda de la experiencia había logrado facilitar la tarea de tranquilizar a su usualmente tímido becario. Lo que nunca esperó, no obstante, era aquel despliegue de sensualidad.
¿Dónde se había metido aquella ratita retraída? Chris, obviamente, no lo sabía, pero aquel cambio entre sábanas era algo refrescante entre el tedio de lo conocido, usual y monótono.
Porque Keith, a fin de cuentas, era diferente. Diferente a todos aquellos pasajeros ocasionales en una medida dura de reconocer. El no ser capaz de herirle, por supuesto, era otro punto importante entre ellos. Y era nuevo. Tan nuevo, en realidad, que ni siquiera estaba seguro de cómo debía afrontarlo. Por lo general, era él quien abandonaba a su amante de turno antes de darle tiempo a acomodarse entre las sábanas, demasiado incómodo con la compañía ajena en un momento tan susceptible.
Keith no le había dado tiempo ni a preguntarse qué hacer a continuación.
Quizás traerle de vuelta a la cama no era tan mala idea. Su miembro ya medio excitado era prueba tangible de ello. Obviamente su propósito de satisfacer su deseo de Keith en una sola noche iba perdiendo aguas a un ritmo alarmante. Le deseaba en aquel momento y seguramente le desearía al día siguiente. Sus planes, quizás, debían cambiar. Transformarse en algo distinto, más acorde con sus propios deseos. Y con los de Keith, por supuesto.
Contra todo pronóstico, Keith no huyó. Cuando los sonidos en la sala cesaron, pensó que se habría marchado, más la puerta del cuarto abriéndose lentamente le hizo colocarse sobre el regazo algo que tapase su excitación. La sábana, no obstante, no parecía hacer mucho por ayudar.
-Me... me voy ya -murmuró Keith, y aquellos ojos grises recorrieron su cuerpo semi desnudo, demorándose de forma evidente en aquella parte que Chris quería ocultar.
-¿Cómo viniste?
-No... No te preocupes. Traje mi coche.
El que Keith no pudiese subir la mirada más allá de sus hombros empezaba a ser fastidioso.
-Acércate -ordenó.
-¿Qué?
No tenía que mostrarse tan asustado, pensó.
-Solo acércate, Keith.
Y cuando lo hizo, Chris extendió un brazo, aferrando aquellos oscuros cabellos para poder besar sus labios por última vez aquella noche. Invasor, entró dentro de su boca, buscando y encontrando, y cuando lo sintió ahogarse, se separó con un último mordico sobre su labio inferior.
-No deberías irte de los sitios sin despedirte, Keith. ¿De dónde has sacado esos modales?
Tuvo que contener la sonrisa al verle sonrojarse, abrir los ojos cómicamente y salir casi corriendo del cuarto tras una escueta disculpa.
Cerrando uno de los documentos Word del ordenador, Alex se reclinó en la cómoda silla giratoria mientras, con expresión ceñuda, se masajeaba las sienes. De vuelta sus ojos a la gran pantalla, pudo comprobar que sus sospechas eran más que eso. Todo se había convertido en algo verificable.
Pero era algo tan increíble y significaba tantas cosas que Alex no quería, no, no podía asumir, que simplemente tuvo que revisar una tercera vez. Por si acaso. Con un suspiro de cansancio, cerró todas las ventanas abiertas de Windows para después apagar el ordenador. Ni siquiera la cuenta protegida por dos contraseñas le había detenido en la búsqueda de lo que él había supuesto un error.
Que ingenuo había sido. El problema ahora era ver qué haría. Porque definitivamente no podía quedarse de brazos cruzados. Salió del despacho con cuidado de dejar todo tal y como lo había encontrado. Necesitaba buscar a Issy, con quien había quedado para ir a comprar el regalo de Greg. La encontró abajo, en uno de los salones.
-¡Alex! ¿Por qué demonios tardabas tanto, estaba...? -Issy se detuvo, observándole con mayor atención-. ¿Qué te pasa? No tienes buena cara.
-No, no es nada. -Antes de que su hermana pudiese objetar a aquella obvia mentira, Alex se acercó hasta rodearla por los hombros y mostrar su más brillante y falsa sonrisa-. ¿Y qué le vamos a comprar a nuestro primo?
-No me tomes por idiota. ¿Qué te ocurre?
-En serio, no es nada importante. Ya sabes, soy demasiado sensible.
Solo que su broma o intento de ella no tuvo ningún tono de chanza. Más bien sonaba triste. Issy entrecerró los ojos, pero Alex no estaba dispuesto a decir nada. Aún no, al menos.
-Como tú veas. -Y se veía perfectamente que no era así-. He pensado que podríamos regalarles una luna de miel. No la tuvieron en su día, y el viaje a la isla fue en compañía de demasiada gente. Algo bonito y para ellos dos solos.
-¿Y dónde los mandaríamos? -preguntó.
-No lo sé. Lo mejor será ir a una agencia y contratar uno de esos viajes de luna de miel programados con actividades y eso. Con el dinero que nos ha dado Chris para su parte podríamos regalarles un mes entero viviendo con todo lujo en cualquier hotel de la costa caribeña. Se le puede acusar de muchas cosas, pero no de tacaño.
Asintiendo, Alex le dio toda la razón. Sería el mejor regalo que Greg recibiría. Y de paso le alegrarían el día a Dave. Era sencillo.
Keith llegó su casa una hora después de salir de la de Chris. Se perdió dos veces. En realidad había sido culpa de su estado de ensimismamiento, que por suerte solo ocasionó que se saltase dos calles, en vez de causar algún accidente. Keith no pensaba volver a conducir a menos que estuviese en sus cinco sentidos. Su apartamento lo recibió tan vacío, pequeño y caluroso como siempre, con la pequeña nevera haciendo demasiado ruido y las paredes que empezaban a desconcharse allí donde su casero no había visto necesaria otra mano de pintura. Keith, por supuesto, tenía prohibido pintar hasta que pagase por completo aquella pequeña casa.
Tras tomar un vaso de agua, se desvistió, colocándose únicamente el fino pantalón corto que usaba a veces de pijama. Su sillón, sobresaliente en moler la espalda a muelles, pasó a segunda opción, por lo que se dirigió directamente a su cuarto, donde se dejó caer sobre la cama. Sus ojos rápidamente se aguaron, pero no lloró. Porque no había motivo, se dijo firmemente. Porque había obtenido lo que quería obtener, y por lo tanto el llorar estaba fuera de toda cuestión.
¿Qué más quería? Ya antes de ir a su casa, sabía que aquello era imposible. Doblemente por supuesto. Así que no había escusa, legitimación o base alguna para quejarse de algo que ya estaba determinado mucho antes de empezar.
Solo había un problema: su corazón, tonto de él, se había quedado en la casa de Chris, quizás en aquella mesa donde ambos habían cenado, y otro trozo, por supuesto, sobre su sillón. Y la mayor parte de él en aquella cama que le había permitido abrazarlo, besarlo y que ambos se convirtieran en uno.
¿Cursi? Sí, ¿y qué? Apechugaría con sus problemas y cuando en el cumpleaños de Greg volviese a ver a ese insufrible cabezón lo saludaría como siempre, hablaría del tiempo, si hacía falta, y sonreiría. Porque no podía ser de otro modo.



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