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CI25

La trascendental noche en que Keith Mathew se atrevió a rechazar ya no solo a un Douglas, sino al Douglas, con mayúsculas, fue una noche tremendamente común. Un suceso tan extraño e inesperado debería haber ido acompañado de todo tipo de acciones encadenadas que lo anunciasen, como pasaba siempre en las películas. Pero aquel día no llovió. Ni nevó. Ni siquiera hizo un sol espléndido, a decir verdad, y una ligera capa de nubes blancas cubría, de vez en cuando, el azul del cielo. No hubo terremotos ni maremotos anunciados en la televisión y, por supuesto, no se avistó ninguna invasión alienígena que acaparase los telediarios de la tarde.

Keith, más adelante, pensó que todo aquello era merecedor de algún diluvio atronador, a juzgar por la reacción anonadada de Chris. Quizás incluso de la visita de algún Papa Noel temporal y espacialmente desorientado que dejase regalos en sus calcetines viejos. Pero, por supuesto, nada de eso ocurrió, y mientras Keith entregaba la funesta noticia a Chris y este daba la impresión de aceptarla, incluso la casa Douglas se mostró de lo más aburrida.

Le encontró en su despacho, cubierto de papeles que se amontonaban sobre su escritorio y que él movía de un lado a otro, en un orden que nadie hubiese comprendido. Solo el sonido de las teclas del portátil podía escucharse en el silencio del lugar y quizás, si se prestaba atención, algún que otro resuello del frustrado Douglas. En realidad, se percató Keith, ni siquiera le había oído entrar.

—¿Chris? –preguntó vacilante a la vez que golpeaba innecesariamente la madera de la puerta abierta. La rubia cabeza se irguió, como si de verdad hubiese sido sobresaltado, y entonces aquellos ojos, que bajo la luz del ordenador resplandecían con reflejos dorados, se clavaron en él.

—¿Keith? ¿Qué haces aquí?

Bien, aquello era un buen comienzo. Nada de ceños fruncidos, ni de tonos hoscos.

Quizás el día se presentase tranquilo.

—¿Cómo lo llevas?

Una de las finas cejas se alzó, lo que por regla general no resultaba ser una buena señal. Pero Chris se mantuvo en silencio hasta que finalmente preguntó:

—¿Qué sucede?

Tan directo como siempre.

—¿Qué? ¡Nada! ¿Por qué iba a suceder algo? —Pero se estaba yendo por las ramas y aquello no podía ser bueno. Le vio levantarse de su asiento para acercarse hacia él, pero no podía dejar que le tocase. Ahora no—. Lo siento, Chris, pero en realidad no quiero ser tu amante.

Vaya. Aquello, desde luego, consiguió una reacción. Chris se detuvo en seco, frunció el ceño y se envaró. Su cuerpo, que hasta hacía un minuto se mostraba receptivo y relajado, de pronto se enderezó, la tensión tan palpable que Keith pensó poder tocarla si alargaba una mano frente a él.

—¿Por qué? —fue cuanto dijo. Su tono, ahora sí, afilado.

—No es buena idea.

—¿Por qué? —repitió—. Creo que encajamos más que bien en la cama. Ya, claro...

—Ese, definitivamente, es uno de los problemas.

—No lo entiendo.

Y eso, terminó Keith por él, no era común en su diccionario. Pero él no tenía por qué amoldar su vida a los caprichos o decisiones de aquel hombre que tanto bien y mal le había traído.

—Chris, mi vida ahora mismo es una mierda. Sí; yo lo sé, tú lo sabes y todos en esta jodida casa, seguro que también. Tengo suficientes problemas como para añadir uno más. Simplemente, no quiero hacerlo.

—¿Entonces para ti yo soy un problema?

Si se esperaba una negativa, lo llevaba claro. Aquel ceño fruncido y el tono cortante no iban a amedrentarle aquella vez.

—¡Eres un problema anunciado con luces de neón, Christopher! En serio, ¿qué es exactamente lo que buscas de mí? —Ni siquiera le dejó contestar—. Un amante. Estaré en tu cama por algún tiempo y después, simplemente, me darás la patada. No quiero eso, Chris.

—Entiendo.

—No, no lo haces.

Y Keith, por estúpido que pareciera, quería llorar. Porque Chris lo veía como si de verdad entendiese y eso lo hacía todo mucho peor.

—Las cosas están ya bastante mal por aquí y Alex necesita...

Tuvo que detenerse cuando Chris se puso rígido a su lado, y lo hizo de forma tan notable que la silla sobre la cual estaba sentado crujió.

—¿Vas a echármelo en cara? ¿Precisamente tú?

—¡Oh, ni te atrevas! ¿Cuántas veces te he dicho que eso fue un accidente? ¿Qué se supone que debería haber pasado? ¿Qué Alex no se presentara y que acabásemos ambos muertos?

Chris entrecerró los ojos, pero no dijo más. Keith, quizás por su desacostumbrado arrebato, estaba sin aire. Necesitaba alargar los brazos y tocarle. Quizás rodearle en un abrazo para qué dejase de mostrar esa expresión traicionada.

—Esto sonará lo más cliché que he dicho nunca, pero no es por ti, Chris, es por mí. Simplemente no puedo embarcarme en esta pseudo relación para terminar con las manos vacías y el corazón roto. No quiero pasar por ello. No de nuevo.

—Y ni siquiera vas a darnos una oportunidad.

Era una afirmación. Una jodida afirmación que lejos estaba de aparentar ni siquiera un tono de interrogación. Ese "darnos", además, implicaba un "nosotros" que en realidad no existía. De dos zancadas llegó hasta él y, alzando los brazos, colocó ambas manos sobre aquel pecho que, semanas antes, había acariciado desnudo.

—No me hagas esto, Chris, porque sientas lo que sientas en este momento no es ni una décima parte de lo que yo siento por ti. Y lo sabes. Si respetas en algo mis sentimientos, entonces solo déjame ir.

Keith esperó. Quizás algún grito poco halagador. O quizás una mirada fulminante que lo dijese todo.

Pero Chris, que no era precisamente de abrirse en público, lo atrajo hacia sus brazos para besarlo. Keith se abrió a él, porque, simplemente, no podía no hacerlo. Aquellos labios que le acariciaban eran un bálsamo para su dañado corazón y los fuertes brazos que le apretaban por la espalda, un pobre consuelo ante lo que acababa de perder. Cuando aquellas manos descendieron hasta acoplarse en la parte baja de su espalda, Chris separó sus labios, manteniéndose, eso sí, a una mínima distancia.

—Esto no va a quedar así, Keith. No puede quedar así.

Ojalá tuviera razón. Ojalá su corazón no estuviera sangrando ya por él. Pero lo hacía y la distancia, temía, sería lo único que podría curarlo.

Pocas veces uno es capaz de decidir su futuro en un solo instante, mas eso fue precisamente lo que llevó a Chris, aquella misma tarde de un jueves normal y corriente, a la casa de Keith.

Vestido con unos ligeros pantalones cortos y unas deportivas, se podría decir que su imagen de magnate y hombre de negocios había desaparecido. Literalmente. Pero ni el sol, que brillaba en el cielo de forma intermitente, ni el bochorno de la tarde pudieron hacerle retroceder en su decisión.

La decisión en cuestión había llegado tras una larga e insoportable noche de insomnio, donde el sudor y el calor habían jugado un crucial papel en tan imprevisto acontecimiento. No es que hubiese aparecido de la nada, cual misión divina, pero el mensaje era igualmente claro: debía aparecer en la puerta de Keith y hacerle ver, a la fuerza, de ser necesario, cómo una persona como él, y aquí quizás debería añadir algún adjetivo que rebajara a su persona, podía llegar a necesitarle.

Porque sí; tras mucha cavilación y vueltas en la cama entre sábanas enredadas, había comprendido lo que necesitaba, y eso era a Keith. Tan simple como trascendental.

Necesitaba su cuerpo, eso era algo que había dejado más que claro. ¿Quién iba a decirle a él, Christopher Douglas, que iban a rechazar la primera oferta formal que hacía a alguien para que se convirtiera en su amante? Chris aún no daba crédito, la verdad.

Pero aquella no era la raíz del problema. Si Chris hubiese necesitado solamente su cuerpo, habría buscado cualquier otra persona para satisfacer sus necesidades físicas, aun teniendo que recurrir a la patética solución de encontrar a alguien que guardara cierto parecido físico con su ratita. Pero no; su deseo no se curaba entre las piernas de nadie. Keith se había metido en su cabeza como nadie había logrado hacerlo y aquello resultaba aterrador, a la par que un cierto alivio. Porque entonces Chris sí que podía sentir cosas por alguien. Cosas buenas por alguien que no entraba en su concepto de familia. Por ahora.

Y evidentemente toda aquella reflexión le había llevado a pensar en la única solución a su problema. Él quería al Keith que sonreía y le hablaba sin esconder su rostro tras los mechones de aquel suave cabello negro. Quería al Keith que era capaz de estremecerle con sus carnosos labios. Y definitivamente, quería a la persona que le había apoyado en uno de los momentos más difíciles de su vida. Aquel que, desafiando a su distanciamiento, había apoyado una mano en su hombro, susurrándole gentilmente que todo saldría bien. Y así había sido.

Así que, sin precedente alguno, Chris podía asegurar, sin temor a equivocarse, que quería a Keith. Lo necesitaba a su lado, verle todos los días revoloteando a su alrededor como la tímida ratita que era. Y por todo eso había reunido cualquier rastro de humanidad que encontró en su alma maltrecha para acercarse a buscarle.

A su casa.

No era una persona dada a engañarse a sí mismo por lo que, aun sabiendo el evidente cariño (o amor si apurábamos) que sentía Keith por él, admitía que la posibilidad de volver a ser rechazado existía. ¿Y quién podría reprochárselo a Keith? Chris se conocía bien y siempre había sido, y probablemente lo seguiría siendo en un futuro, una persona difícil de tratar; y eso en términos amables.

No obstante, Chris había nacido con alma de negociador. Podía dar la vuelta a cualquier argumento para volverlo en su favor. Si había logrado controlar a aquella bandada de buitres que eran los socios de la revista, podía convencer a Keith de que su sitio era, precisamente, al lado de Chris. Muy cerca, de hecho. Y así, mirando con decisión la puerta que tenía frente a él, levantó una de sus manos para golpear firmemente la superficie de madera desgastada. La respuesta no se hizo esperar demasiado y antes de poder preparar un buen saludo, ya tenía a Keith ante él, vestido con unas cortas bermudas negras y dejando al descubierto su pálido pecho.

—¿Chris?

Intentando no reírse, cosa bastante sencilla para él, observó con curiosidad como por el rostro del otro cruzaban todo tipo de sentimientos. Desde sorpresa y bochorno, hasta horror, mezclado con una pizca de alegría. Si aquello no era contradictorio, no sabía qué más podía serlo.

—Sí, la última vez que me miré en el espejo, seguía siendo yo. —Pero Keith no reaccionó. Se quedó en el marco de su puerta, como si se tratase de algún tipo de fantasma—. ¿Vas a dejarme entrar o nos quedaremos aquí todo el día?

Unos segundos después, Keith se apartó hacia un lado, con el rostro completamente sonrojado. Pasó por su lado intentando no fijarse en aquella piel desnuda que se perfilaba ante él. No haría ningún movimiento en esa dirección. Aún no, al menos.

—¿Qué... qué haces aquí?

Cerrando la puerta tras de sí, Keith le siguió. Chris ni se molestó en aparentar que no sabía dónde iba. Con pasos decididos, llegó hasta el modesto comedor, dejándose caer sobre el sillón desvencijado.

—Bueno, supongo que eso depende de lo que estés dispuesto a darme.

—¿Qué?

—Vamos, Keith, pensé que ya habíamos dejado los titubeos atrás.

—Realmente no lo he entendido.

De una forma que le pareció adorable, aunque puede que su perspectiva recién descubierta como adicto a Keith influyera, le miró sentarse a su lado. Siempre manteniendo una distancia prudencial.

—Verás, Keith, ayer tuve una conversación de lo más interesante con Dave. —Keith frunció el ceño, seguramente preguntándose a qué venía aquello ahora. Pronto lo entendería—. Todo empezó, en realidad, de forma bastante absurda con una de esas discusiones que tan a menudo tiene con Greg y que los dejan a ambos enfurruñados durante un tiempo indeterminado. Tras lo que fue una charla insustancial sobre mi trabajo, Dave me preguntó que cuándo pensaba sentar cabeza. Por lo visto, nuestra relación, o no relación, no era tan secreta como querías, así que me interrogó de forma poco sutil sobré nuestro "juego". Así lo llamó él, y quizás no se equivoca del todo.

—Chris...

—No. Aún no, Keith. —Y Keith calló, porque de hecho no podía hacer otra cosa—. No soy bueno expresando mis sentimientos y eso es algo que no solo sabes tú, sino todo el jodido mundo. En realidad, creo que la cosa va más allá y en lo que no soy bueno es en reconocerlos, en primer lugar. Pero no soy idiota, nadie nunca me ha podido acusar de ello. Dave habló de sentimientos como los celos, claramente identificables, pero Keith, yo creo que hay mucho más. Llevó muchos años preguntándome por qué no era capaz de querer a nadie. Por qué, en todo este tiempo, no había sido capaz de formalizar ninguna relación a pesar de no tener ningún problema en encontrar parejas casuales. Y entonces me di cuenta de que lo que en verdad estaba mal era mi razonamiento.

Keith, con un carraspeó, elevó su ceja.

—Sí... —masculló, algo contrariado por la interrupción—, porque cuando Greg se enamoró por primera vez a los quince años, yo, siendo como era, me dediqué a analizarlo, intentando descubrir cómo era querer a alguien. Greg habló de palpitaciones, de mariposas que revoloteaban en su estómago y de estúpidos sueños húmedos. Habló de un amor romántico que, en realidad, era un amor de niño; porque yo ni siento, ni quiero sentir mariposas. Te respeto, Keith; probablemente más de lo que te puedas llegar a imaginar, y también siento cariño hacia ti. Estoy a gusto contigo, con esa tranquilidad que pocas cosas me ofrecen ya. Yo no soy un niño, Keith, quizás nunca lo fui, pero sí que he aprendido a querer.

Se percató, asustado, de que Keith estaba llorando. En medio de su discurso no se había percatado porque eran suspiros silenciosos, lágrimas que se perdían en el pálido cuello, sin gritos de lamento que las acompañasen. Keith lloraba y su corazón parecía encogerse mientras lo veía.

De un solo movimiento, le rodeó con los brazos, hundiendo la cabeza morena en su propio pecho. Las lágrimas humedecieron la camisa pero, ¿a quién le importaba eso?

Quizás su parca capacidad de mostrar sentimientos no fuese un obstáculo insalvable, después de todo, porque Keith le entendía. Mientras lloraba contra él, Keith sabía. Y Chris solo podía agradecérselo al cielo.

—Eres un idiota —murmuró el moreno contra su cuello, haciéndole sonreír brevemente—. Todo el mundo lo decía, incluso yo lo llegué a pensar en ocasiones, pero eres tan complicado. Te quiero, Chris, y te quiero tal cual eres, con ese mal humor, la arrogancia y esa media sonrisa que nos vuelve locos.

Keith levantó entonces la cabeza, sus ojos inundados en cosas que Chris no podía entender. Se sentía bien, aun así, como se siente uno cuando se quita un gran peso de encima, y por ello mismo fortaleció su agarre, buscando inhalar aquel rastro de champú que había localizado antes entre los oscuros cabellos. Le escuchó soltar una risilla, una de aquellas nerviosas y tan propias de Keith. Y Chris sonrió, hundiéndose en su cuello mientras le daba un pequeño mordisco y llevaba las manos hasta el pequeño trasero del otro.

—Nunca hubiese aceptado ser tu amante. Ya no, a menos.

—Lo sé.

—Pero no lo entiendes del todo, ¿verdad?

¿Lo entendía? En el fondo, quizás sí. Porque su ratita era alguien que había perdido demasiadas cosas en la vida: se escapaban de entre sus manos como si de agua se tratase, resbalando entre los dedos con el fluir del tiempo. Y Keith había aprendido a no aferrarse a nada. Por eso mismo aquella actitud tan cerrada, tan lejana al resto. Quizás Chris no era el único que temía querer, después de todo. ¿Cómo aceptar entonces una relación a medias? Algo que le ataba y que a la vez dejaba un enorme vacío en medio.

Keith no lo había hecho. Se había cerrado en banda, como le había visto hacer tantas otras veces, y le había dejado ir. Quizás era más adecuado decir que huyó, asustado, pero eso era algo que ninguno iba a decir en voz alta.

Puede que los largos y románticos discursos de amor no fueran lo suyo, pero Chris sabía expresarse de otras formas. Formas igualmente contundentes y cien veces más placenteras. Y por ello le besó de lleno en los labios mientras dejaba salir todo aquello que se había ido acumulando en su interior en las últimas semanas. Quizás habían sido meses, pero la memoria selectiva a veces era una mala perra. Aquellos brazos, delgados y temblorosos, se posaron titubeantes sobre sus hombros, y entonces todo pensamiento sobre memorias y sandeces desapareció, dando paso a un fuego mucho más antiguo y elemental. Le atrajo hacia sí. Porque sí, porque necesitaba sentirlo. Quizás con menos ropa de la que había ahora entre ellos.

—Desnúdame —masculló contra su boca, y Keith, con otra de sus risillas, así lo hizo.

Primero fueron los pantalones, que cayeron al suelo con el estrépito de las llaves y la cartera. Después la camisa, que se atascó en su cabeza de forma torpe. ¿Pero a quién le importaba aquello? Sintió aquellas manos sobre su ropa interior, acariciando sobre la tela aquello que buscaba salir. Fue una suerte que Keith pareciese comprenderlo, ya que, sin perder aquel titubeo que no parecía querer abandonarlo, metió una de sus manos dentro del elástico para agarrar su miembro.

Casi terminó allí mismo. Entre sus dedos y vergonzosamente pronto.

Las prisas, se dijo, nunca fueron buenas.

Keith gimió contra sus labios, tal vez pidiendo el mismo trato. Chris, por supuesto, se lo dio. Los pantalones sueltos quedaron enredados entre sus tobillos y, sorpresivamente, no había ropa interior. Tuvo que sonreír, simplemente fue inevitable, y aquel miembro erecto y sonrojado se encontraba ya húmedo. Keith, completamente desnudo, le miró. Le miró de verdad, los ojos brillantes de excitación y las mejillas coloreadas con el furioso sonrojo de la vergüenza. Pero aun así no se tapó, dejando que sus ojos vagaran por aquel cuerpo demasiado delgado que tanto había echado de menos. Cuando esos labios llenos y sorprendentemente sensuales sonrieron, Chris simplemente dejó de pensar. Se abalanzó sobre él, necesitando besarle, y Keith le recibió con los brazos abiertos, al igual que su corazón. Sentir su excitación frotarse contra su propio miembro casi fue demasiado, pero eso no impidió que bajase sus manos hasta agarrar las nalgas redondas para presionarle contra él.

Chris, entonces, detuvo el beso y se dejó caer de rodillas. Primero mordió con gula el pequeño ombligo, que se tensó ante su toque. Entonces le escuchó gemir, anticipando su siguiente movimiento.

¡Chico listo!

Y sin advertencia alguna, Chris se lo comió.

Le escuchó gritar algo ininteligible, al tiempo que aquellos dedos se enredaban de forma casi dolorosa entre sus cabellos. Chris, simplemente, absorbió la sensible cabeza, jugando con su lengua en la pequeña apertura. Cuando Keith empujó, Chis le agarró las caderas. Aún no. Y siguió jugando con sus labios y lengua, mientras notaba el sabor entre amargo y salado de su semen. Cuando aflojó su agarre, dejó que fuese Keith quien marcase el ritmo, buscando ya su propia liberación.

No fue una sorpresa cuando los testículos subieron y todo el cuerpo de Keith se arqueó, explotando en su boca. Y Chris, con la nariz hundida en aquellos rizos oscuros, no se apartó.

—Eso... —Keith jadeó—. Eso ha sido increíble.

—Bien, es cosa buena saberlo.

Y más bueno fue cuando Keith, dejándose caer sobre él, lo empujó hacia el suelo. Sus pequeñas manos presionando contra sus hombros, mientras se inclinaba sobre él.

—Quizás ahora debería devolverte el favor, ¿no crees?

—Soy todo tuyo, ratita.

Aquella tarde Keith quiso salir a la playa. Chris, después de dos rondas más de sexo, aceptó, y ambos caminaron por la cálida arena. Keith no dejaba de hablar sobre cosas que, en realidad, no tenían importancia. Chris supuso que estaba nervioso. Él, por otra parte, se sentía sorprendentemente en paz. La brisa marina traía consigo un frescor poco propio del verano, por lo que el paseo no duró demasiado. De una tienda compraron algunas bebidas para la casa y de mutuo acuerdo regresaron al pequeño apartamento de Keith.

Allí, después de todo, también había una cama. No tan grande como la de Chris, quizás, pero sí lo suficiente para que ambos cupiesen.

Apostar por lo que sería de tu vida era, en ocasiones, un error. Por muchos planes que uno haga, incluso por muchas lecciones que le inculquen durante casi toda su vida, al final todo termina en manos de un caprichoso destino que coloca y descoloca, sin pedir permiso a nadie, las vidas ajenas, como si de piezas de ajedrez se tratasen.

Y quizás fuese porque solo faltaban apenas seis días para navidad, o quizás simplemente por los acontecimientos que habían tenido lugar en el último año, pero lo cierto era que la mansión Douglas, antaño símbolo de la sobriedad, la pomposidad y el dinero, ahora se mostraba como cualquier otro hogar navideño. Las luces de colores alumbraban toda la fachada, creando un verdadero espectáculo a la vista, así como la gran figura de Papa Noel y sus renos colocada en el inmenso jardín de la casa. Y aquello no era algo que se limitase al exterior, ya que el salón principal, lugar donde se habían celebrado los más lujosos y exclusivos eventos, era ahora un cruce entre sala de juegos y un bosque mágico.

A ello ayudaba el inmenso árbol que adornaba el lugar de forma espectacular. El enorme abeto, lleno de adornos navideños y luces, con su angelito en lo alto, era el centro de atención de todos. Pero no era lo único que había cambiado; sobre la chimenea, nueve grandes calcetines colgaban esperando sus dulces, y las paredes estaban llenas de guirnaldas y dibujos coloreados por los niños.

La mansión Douglas nunca había tenido una navidad semejante, el ambiente parecía brillar en su pleno esplendor.

—¡Greg!, ¡Greg! Mira lo que hice. —La voz aguda y entusiasta de Nathan hizo al rubio voltear el rostro y mirar apreciativamente un nuevo dibujo de Papa Noel. Con aquel ya eran cinco, los que colgaban de las paredes.

—Muy bien. Se nota que eres bueno con las acuarelas.

El niño, sonriendo y pavoneándose frente a sus hermanos, rio cuando Paula, ya recuperada completamente de sus lesiones oculares, le gritó que su dibujo era mucho más bonito.

Volviendo la vista hacia su primo, Greg sonrió pícaramente mientras le guiñaba un ojo. No iba a meterse en una discusión con los niños sobre cuál dibujo era mejor.

—¿Y qué le va a traer Papa Noel este año a Keith? Siempre puedes seguir el ejemplo de Alex y pedirle algo que os complazca a los dos en lo que quedan de noches largas y frías de invierno.

Frunciendo el ceño, Chris le dio una colleja mientras desviaba su mirada hacia Keith. El moreno se encontraba hablando con Issy y en cuanto sus ojos se cruzaron, le sonrió.

Chris, unos meses antes, había mirado hacia otra parte, pero con la soltura que solo da la experiencia le devolvió la sonrisa. Cuatro meses... Cuatro meses llevaban juntos, y a pesar de haber tardado tres en convencer a Keith para que fuese a vivir a su casa, había pasado más tiempo con Keith en aquel corto periodo de tiempo que con cualquier otra persona.

Si era sincero consigo mismo, bien podía decir que era feliz. Es más, no recordaba otro momento de su vida en el que hubiese sido la mitad de feliz que era ahora. Y todo gracias a las personas reunidas en aquella sala. Puede que continuara siendo un frío y arrogante cabrón frente al mundo, pero a medida que pasaba el tiempo, su fachada caía más y más frente a su familia. Frente a Keith. Lo único que rondaba por su cabeza, de modo insistente, era que aún no había sido capaz de decirle que le quería. Al menos, no de forma directa.

—Tal vez deba decirle a Dave lo que querías regalarle. Seguro que le encantará saber de los fetiches de su esposo. Desde luego, aquellos disfraces eran de lo más erótico. —Cuando los ojos de Greg se abrieron como platos, Chris estuvo a punto de romper a reír.

—¡No te atreverías!

—A ver, déjame recordar... ¡Ah, sí! Uno era de sirvienta. Y también estaba el de enfermera, el de policía y el de auxiliar de vuelo. Realmente muy variado todo, sí señor.

Cuando su primo le echó la peor de sus miradas acusatorias, acompañada de un delator e infrecuente sonrojo, Chris rio.

Rio porque estaba feliz. Y rio porque le apetecía hacerlo.

Por otro lado, Keith no podía dejar de mirar a su... ¿pareja? Sí, según las propias palabras de Chris, ellos eran algo así como una pareja. Después de todo, su relación estaba bastante avanzada.

—Me alegro mucho por ti —dijo Issy entonces, haciéndole enrojecer. Pero sus ojos sonrieron dulcemente.

—Nunca hubiese esperado que todo terminaría así.

Issy le miró elevando una de sus cejas. Aquel gesto, tan familiar, le hizo comprender que ella no estaba de acuerdo.

—¿Cómo llevas el vivir en su casa? Desde luego, el cambio debe haber sido bastante grande. Y cuando se convierta en el cabeza de familia, deberá mudarse aquí.

Keith asintió. El estado del actual patriarca no era alentador. Su salud se deterioraba de forma alarmantemente rápida y a pesar de que en la casa se respiraba un clima más relajado, la sombra del abuelo Douglas parecía alcanzar a todas partes.

—Supongo que cuando finalicen las fiestas, nos mudaremos. Aunque con el tiempo que paso aquí ya me siento como si viviera con vosotros.

—¿Eres feliz, Keith?

Keith asintió, mostrando sorpresa por la pregunta. Cada vez que se miraba en un espejo, podría jurar que su felicidad estaba plasmada en cada uno de sus rasgos y gestos. Era tan inevitable como que el sol saliera cada mañana.

—¿Qué cuchicheáis por aquí, tan escondidos?

La voz de Alex, forzada hasta un tono ronco y gracioso, hizo que ambos se giraran a verlo. Keith no pudo evitar prorrumpir en carcajadas.

—¿De qué te ríes? ¿No soy acaso el Papa Noel más guapo del mundo?

Alex se señaló a sí mismo, mostrando el estrambótico traje blanco y rojo, más blanco que rojo, en realidad, lleno de alegres cascabeles que sonaban al son de sus movimientos. Y Alex se movía mucho, aun en su silla de ruedas.

—El rojo no es mi color...

—Ya. Pensé que era el blanco. —Issy, cogiendo algunos dulces de la bandeja que tenía junto a ella, se acercó hasta su hermano—. Venga, come y calla. Cada día estás más loco.

—Pero bien que me quieres. Todos me quieren, en realidad. ¿Qué le voy a hacer?, será mi atractivo natural. No me explico cómo puedes ser mi gemela.

—Primero que nada necesitas aprender algo de modestia.

Ante el comentario de Issy, Alex la fulminó con la mirada. Keith, no obstante, sonrió. Toda aquella aura depresiva había desaparecido y Alex poco a poco iba aceptando su condición. Hacía mes y medio que había empezado con una nueva rehabilitación, pero era un proceso lento y doloroso. Los médicos no habían dado fecha para su recuperación, todo dependía en gran medida del propio Alex.

Un psicólogo, por otra parte, había sido de gran ayuda. A pesar de la negativa de Alex de ir a un "loquero", como lo llamó él, Chris fue muy firme. No solo el dolor de los ejercicios se hacía a veces insoportable, necesitaba salir de la depresión que le había consumido en un principio. Las sesiones, tras cuatro meses, eran cada vez menos numerosas y Alex, aún sin poder moverse en absoluto, mostraba un optimismo contagioso.

—¿Pasarás aquí la noche buena y la noche vieja? —preguntó Dave, llegando sorpresivamente y sentándose junto a Keith, en el suelo.

—La noche buena, sí, pero acostumbraba a pasar el Año Nuevo con mi hermana.

Ahora que está tan lejos...

Nadie dijo nada. Todos sabían la situación de Diana y no iban a interponerse en el camino de Keith por puro egoísmo. Además, el tratamiento estaba dando resultados y si bien su hermana quizás nunca recuperaría su movilidad completa, con el tiempo podría salir de la clínica.

Las vísperas de Navidad dieron paso a Nochebuena, y para sorpresa de Dave y Keith, la familia no usó sus mejores galas. Es más, podría decirse que se vistieron de forma bastante informal para la ocasión. La cena, sin embargo, era algo distinto. Las fuentes de suculenta comida no hicieron más que desfilar frente a sus ojos. Keith, que sentía especial debilidad por los cangrejos, terminó con su plato lleno de patas de estos animalejos.

Y después de la cena, los que aún podían moverse pusieron sus dotes artísticas a prueba con un divertido karaoke que, cómo no, fue traído por Alex. Pocos de ellos tenían una voz decente. A decir verdad, solo Dave podía salvarse con una voz algo desafinada de barítono que por lo menos no hacía daño a los oídos. Solo Issy y Chris se negaron a cantar. Issy aludiendo a su poca destreza, palabras textuales, y Chris... bueno, Chris era Chris y eso bastaba como excusa.

Y tras varias partidas de cartas con apuestas elevadas, un monólogo de un Greg completamente borracho sobre las ventajas de ser guapo y que los niños terminasen de ver una de las tantas películas infantiles que les habían comprado, los más pequeños se acostaron.

Eran casi las cinco de la mañana cuando Keith y Chris finalmente se quedaron solos frente a una televisión que mostraba los créditos de una película infantil y junto a un Alex, que roncaba suavemente en el sillón de al lado.

—Deberías irte a dormir —le escuchó decir. Su mirada perdida y la relajación de su postura le dijeron que aquellas habían sido unas buenas navidades para el otro.

—No tengo demasiado sueño. Después de todo el escándalo que habéis montado, cualquiera consigue dormirse. Tal vez deba emborracharme como Greg y Dave.

—Ah, no... Ya he tenido bástate de ti borracho para el resto de mi vida.

Sonriendo, Keith recordó su pasado cumpleaños. Si emborracharse iba a suponer volver a ser empotrado contra una pared para recibir un apasionado beso, qué le diesen en aquel mismo instante un vaso de absenta, por favor.

—Keith, vendrás a vivir aquí conmigo, ¿verdad?

—Claro. Ya me he acostumbrado a tus horribles cafés mañaneros, ¿qué puede ser peor que eso?

—Ya.

Los brazos de Chris rodearon a Keith por detrás, apoyando su barbilla en el hombro del más bajo.

—Si hace un año alguien me hubiese mostrado esta imagen para Navidad, no me lo habría podido creer.

—Hace un año yo era una persona... difícil. —Hablando de sutilezas—. Aunque tú también has cambiado.

—La diferencia es que yo he cambiado con todos. Tú aún sigues tratando a los demás como te da la gana.

Quizás, de haber sido acompañado el comentario de algún tono recriminatorio, Chris se habría enfadado. Keith, por otra parte, solo parecía estar señalando lo obvio.

—Tengo un regalo para ti —dijo de pronto Chris.

—No será otro súper coche, ¿verdad? Con el que me regalaron la otra vez tengo más que suficiente.

—No, no es ningún coche. —Del bolsillo interior de su chaqueta azul sacó un sobre alargado y completamente blanco—. Ábrelo.

Más nervioso de lo que le gustaría reconocer, Keith hizo eso mismo. Sus ojos grises se abrieron como platos.

—Esto es...

—Las escrituras de una casa en Suiza. A un par de manzanas de la clínica de tu hermana. Ahora podrás ir allí de vacaciones o de visita cuando quieras.

Con una exclamación ahogada, Keith se volvió entre sus brazos, se puso de puntillas y atrajo el rostro para besarle.

—Gracias. Es demasiado, pero...

—Lo sé, no hace falta que digas nada más.

Chris sonrió, quizás contagiado por la alegría de Keith. Observó cómo leía los papeles mientras movía los pies de forma nerviosa. Aquella familiar estampa, que cada día se hacía más común dentro de su rutina, solo amplió su sonrisa. Y de pronto, aquellas palabras que antes se le antojaban difíciles, complicadas y engañosas, aparecieron de forma nítida frente a él.

—Keith, te quiero.

Keith, por supuesto, se sobresaltó, elevando la mirada hasta encontrarse con sus ojos castaños. Pero la sorpresa duró poco, siendo sustituida por una mueca extraña. Una sonrisa ligera que pocas veces había visto plasmada en sus rasgos.

—Lo sé. Hace mucho que lo sabía, pero me alegro de escucharlo de tus propios labios.

Chris elevó una de sus cejas doradas, pero el gestó duró poco. Sonrió cuando Keith se abalanzó sobre él, buscando sus labios para un largo beso. Y entonces sonrió, porque, en el fondo, Chris también lo había sabido desde hacía tiempo.

....

 
 
 

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