El caos en Navidad
- Rebeca Montes
- 17 sept 2020
- 21 Min. de lectura
Actualizado: 9 mar 2021
Especial Chris y Keith.
Situado entre Crueles intenciones y Anhelos perdidos.
Corrían las navidades cuando todo sucedió. Aquel invierno, Nueva York sufrió una ola helada que bajó los termostatos a los diez grados bajo cero. Salir de casa, incluso con los abrigos, gorros, bufandas y demás enseres, se hacía complicado. Sobre todo si uno tenía en cuenta que la sensación térmica podía ser incluso peor. Meses antes, en una cena cualquiera, Dave le había preguntado por su relación con Chris. Hacía dos años que estaban juntos; dos años de convivencia como una pareja más o menos normal, con sus idas y venidas, y con sus tiempos muertos. Keith, quien se consideró lo suficientemente afortunado como para sonreír ante la pregunta, le contestó que todo iba bien. Que las cosas parecían haberse encaminado de forma sencilla y todo fluía con el ritmo que la ajetreada vida en la ciudad imponía.
Keith seguía trabajando junto a Denny. Con los arranques temperamentales del diseñador y aquellas sonrisas que significaban un mundo para él. Porque normalmente venían acompañadas con elogios para su trabajo, lo cual, poco a poco, iba afianzando una confianza que nunca antes estuvo ahí. Y aunque Keith no habló de ello, su vida sexual era maravillosa. Chris no tenía por costumbre llevarla mucho más allá de las puertas de sus dormitorios, pero de vez en cuando todo se salía de control y Keith se encontraba con los pantalones bajados en los sitios más inverosímiles. Jamás miraría la mesa de reuniones de la planta 11 con los mismos ojos. Aquel cristal que se había empañado con su aliento mientras Chris se cernía sobre él en un encuentro rápido e inesperado. No había sido capaz de mirar a nadie en la oficina durante días.
Las navidades siempre eran complicadas en el trabajo. Keith, quien había ascendido de ayudante a diseñador, se vio aquel año de 2007 envuelto en un mar de telas rojas y verdes, y luces fluorescentes de pasarelas de moda. Un viaje rápido a París y una reunión de madrugada con sus supervisores, y la campaña de Navidad de aquel año tuvo que cambiar completamente. Porque alguien había filtrado la idea que llevaban desarrollando desde hacía meses, y la competencia se les adelantó. Fue un infierno. Keith llegaba a trabajar a las siete de la mañana y en los días más sencillos llegaba a casa a las nueve de la noche. A veces ni siquiera llegaba, y terminaba durmiendo, junto al resto del personal, en aquellos almacenes inmensos donde decorados, diseñadores y demás se arrastraban a base de cafés cargados y comida rápida. Chris no se metió, pues conocía perfectamente el ritmo acelerado de aquellas fechas. Y peor ante una situación de crisis como la que se dio. Y por ello mismo, cuando el día 24 llegó, Keith tenía la sensación de no haber visto a su jefe en más de dos semanas.
La cena de Navidad estaba planeada desde hacía semanas. Sería algo íntimo, en la casa junto al resto de la familia. Por eso resultó incomprensible que horas antes de la cena Chris le llamase para decirle que no podría llegar a casa aquella noche. Keith, quien se encontraba eligiendo un suéter, casi dejó caer el teléfono del disgusto.
-¿No vas a venir a cenar? ¿Dónde estás?
-Atascado en Hudson. Han cortado la carretera por la tormenta de nieve. Es imposible que llegue esta noche.
Keith se sentó en el borde de la cama, confuso.
-Creí que estabas en la empresa.
-Lo estaba, hasta que tuve que salir para una reunión fuera de la ciudad.
-Entiendo.
Y de verdad que lo hacía, pero el peso de la desilusión le hizo suspirar contra el aparato. Al otro lado, Chris le imitó.
-Escucha, mañana os lo compensaré. Comeremos todos juntos.
-Mañana tengo que trabajar.
-Pues pasado mañana.
-Está bien -dijo, porque de todos modos no había solución a lo que se les presentaba como inevitable.
Y así, aquel 24 de diciembre Keith cenó junto al resto de Douglas, pendiente siempre de su teléfono para felicitar la Navidad a Chris una vez el reloj marcó las 12 de la noche. El día siguiente, mientras casi el resto del mundo disfrutaba de su día libre, Keith tuvo que lidiar con modelos molestos y prendas mal cosidas. Con escenarios que nunca parecían estar listos y diseñadores ultra exigentes. Llegó a casa a las once de la noche, agotado y deseando meterse en la cama. Chris estaba allí, con su ordenador portátil encendido y unas gafas de montura fina sobre la punta de la nariz. Keith parpadeó tres veces.
-¿Desde cuándo llevas gafas?
-Son solo para leer.
Y aunque se acercó para besar aquellos rubios cabellos, su cuerpo estaba tan cansado que finalmente se duchó y metió entre las mantas calientes de la cama. Tardó apenas unos minutos en caer dormido. Lo siguiente que pasó fue tan solo dos días después; y en realidad no fue solo un acontecimiento, sino una cadena de ellos que solo la mente cansada de Keith pudo ligar como finalmente lo hizo. En la mañana, a dos días del desfile, se encontró a una de sus compañeras llorando en su mesa. Keith, confuso, se acercó hasta ella para preguntarle si estaba bien. Cosa que obviamente no era así. Keith y ella no tenían una relación muy profunda, por lo que se sorprendió cuando la muchacha, que llevaba tan solo dos meses en la empresa, se aferró a su suéter y empezó a llorar más alto. Atónito, Keith le palmeó la cabeza, sin saber muy bien qué más hacer.
-¡Ese desgraciado! Siete años llevamos juntos. ¡Siete! Y el otro día desapareció, diciéndome que tenía una reunión de trabajo, y en realidad estaba con esa sucia y asque…
Keith levantó los ojos al techo, escuchando los lamentos de ella. Finalmente pareció calmarse un poco, y finalmente un par de ojos hinchados y rojizos se posaron en él.
-Lo siento -susurró ella, y su vista se clavó en el pecho de Keith-. Te manché.
Efectivamente, había una mancha húmeda enorme en su suéter. Keith se disculpó después de repetirle una y otra que vez que las cosas se solucionarían; y si no era así, dijo, su novio simplemente era un idiota; y entonces se marchó al despacho de Chris. Allí tenía una de sus mochilas, donde creía recordar haber guardado ropa. La secretaria no estaba, por lo que simplemente llamó a la puerta y abrió. Keith, por segunda vez en el día, se quedó parado y sin saber qué hacer. Chris estaba sentado en la silla de su escritorio, y junto a él un hombre se inclinaba desde su derecha, en clara actitud confidencial. Keith se aclaró la garganta, y entonces vio, de forma bastante clara, como Chris se apartaba repentinamente de la mesa, se daba la vuelta y momentos después se volvía hacia él. Atónito, Keith simplemente dijo:
-Venía a por mi mochila.
-Claro, está en el armario.
Ya que el desconocido no se presentó, y Chris no parecía dispuesto a hacerlo, Keith caminó hacia el armario, tomó la mochila y salió del despacho, disculpándose por haber interrumpido. El trabajo pronto volvió a absorberle por completo, y para la noche aquel incidente se había olvidado. O casi. Tuvo que suceder también, que al día siguiente Keith se enterase de que el día 24 Chris no había ido a trabajar.
La compañera de Keith, aquella que solo el día anterior se presentó llorando, lucía hoy mucho mejor.
-Si él es un cerdo, mejor que lo sea con otra, ¿no es cierto?
Ya que Keith no veía ningún error en aquella hipótesis, asintió, despacio. Ella volvió a su trabajo y él siguió con el suyo. A un día del desfile, poco podía distraer su atención de aquellas tareas que llenaban su escritorio a cada momento. Aquella noche volvió a la casa y encontró a Chris en su dormitorio. Estaba hablando por teléfono y en cuanto Keith entró, este se cayó de las manos del rubio, quien le miró con claro nerviosismo.
¿Qué demonios pasaba?
Keith se acercó, recogió el teléfono, y se lo entregó. Chris lo apagó rápidamente y le preguntó por su día. Tenía aún trabajo que hacer, así que Chris finalmente cenó sin él y se metió a dormir cuando Keith apenas y llevaba la mitad de sus emails contestados. Cuando Chris se metió en la cama, se acercó hasta abrazar la espalda de su pareja, depositando un beso suave y deseando buenas noches a alguien que ya estaba completamente dormido. El día siguiente fue un infierno.
No fue por el desfile y la cena de celebración, puesto que todo parecía ir viento en popa. Fue culpa de Chris. Denny, quien estaba enfermo aquel día, había llamado por la mañana para advertirle de su ausencia. Debía ser grave si aquel que no había faltado en años lo hacía en una fecha tan importante. Y, preocupado, Keith tuvo que encargarse de cosas que no deberían tocarle a él. A las siete de la tarde, cuando la cena iba a comenzar, llegaron más Douglas. Primero fue Isabella, con su cabello suelto y tan despampanante como siempre. Después fueron Gregory y Dave, tomados de la mano y con sendas sonrisas en sus rostros. Se los veía tan bien que Keith no pudo menos que sonreír.
Finalmente, preguntándose dónde estaría Chris, decidió ir a buscarle a su despacho. Y todo hubiera ido bien si no le hubiese encontrado con aquel extraño del otro día. Y con los pantalones bajados. Keith se quedó allí, en el marco de la puerta, con la boca abierta y los dedos fríos en el pomo. Chris, que por lo visto no le había visto, se encontraba subiéndose la maldita prenda, sin preocuparse de nada. Y a su lado, el desconocido simplemente rebuscaba en un maletín.
Quizás en otro momento, quizás en otras circunstancias o si su compañera de trabajo no hubiese llorado sobre su pecho por su novio infiel, Keith no habría reaccionado tan mal. Pero de hecho lo hizo:
-Hijo de puta.
Chris se volvió hacia él, y parecía tan sorprendido que Keith quiso reír. El desconocido levantó las manos, como hacen en esas películas baratas los malos cuando se les pilla infraganti. Y Keith tuvo suficiente.
-Que os den -gritó, y salió del despacho con un portazo. Tuvo que pasar que el ascensor estaba abierto cuando llegó hasta él, por lo que pudo escaparse antes de que Chris le atrapase. También se dio que un taxi vacío acababa de dejar a sus clientes, por lo que Keith, hecho un mar de nervios, se subió y le indicó al conductor que partiese.
-¿A dónde, joven?
-A donde sea.
Y así, sin mirar hacia atrás, Keith se metió en la noche neoyorquina solo con un suéter de abrigo y las mejillas empañadas en lágrimas. Años después volvería una y otra vez sobre aquella noche, preguntándose si acaso podría haber hecho alguna otra cosa. Pero uno no puede deshacer lo que ya está hecho, y Keith se refugió en un hotel bajo sábanas que olían a suavizante y la televisión que no dejaba de felicitar el Año Nuevo.
Al día siguiente, su teléfono tenía cincuenta y siete llamadas perdidas y un sinfín de mensajes que no quiso leer. A las siete y diez, Chris llamó, pero Keith no contexto. Era su día libre y necesitaba estar solo. A la cuarta llamada, apagó el teléfono.
Una semana antes:
Chris dejó sobre la mesa el paquete de folios en blanco para maldecir en voz alta.
-No puede ser tan difícil, ¿verdad?
Junto a él, Vincent se encogió de hombros.
-Eso depende de lo que quieras. No pareces tenerlo realmente claro.
-¡Por supuesto que sí!
-Yo solo digo…
-Te llamaré mañana. Intenta encontrarlo.
Que el hombre no se molestase ante su tono cortante, le dijo a Chris muchas cosas sobre su profesionalidad. Era un joven atractivo y seguro de sí mismo. Algo realmente valioso para su trabajo, supuso. Cuando se acercó hasta él y puso la mano sobre su hombro, Chris se tensó.
-Todo saldrá bien.
Ojalá fuera tan sencillo. Él no entendía nada, con sus sonrisas blancas y sus ojos amigables. Él no podía entenderlo. Por si fuera poco, el caos estalló en la empresa. No hubiera podido suceder en peor momento, pero de hecho algún lumbreras había vendido los secretos de empresa al mejor postor, y todo el trabajo realizado durante los últimos meses se perdió casi por completo. El día siguiente era 24 y parecía que todo era un caos a su alrededor. Tuvo que encerrarse en su despacho entre llamadas enfurecidas y planes que no cuajaban. Cuando llegó a la casa, Keith estaba dormido, por lo que se acostó a su lado y simplemente cerró los ojos, exhausto.
El día siguiente, Chris tuvo una reunión por la mañana con los accionistas. Fue larga y un dolor de cabeza, pero para la hora de comer estaba libre y listo para irse a su casa. Y fue entonces que él llamó.
-Ya está -fue cuanto dijo Vicent por el teléfono.
-¿Ya? ¡Ya era hora! ¿Cuándo te veo?
-Hay un pequeño problema, estoy en Hudson. Dicen que para mayor rapidez, sería mejor que vinieras por ti mismo.
-¿A Hudson? En el nombre de Dios, ¿y para qué…?
-O puedes esperar a que ellos…
-No, no. Nada de envíos. Solo faltaba que se perdiera. Iré. Mándame la dirección y estaré allí en cuanto pueda. Son dos horas, habrá tiempo de sobra.
Tenía que haber sabido que no, que no lo habría. El ir a la una y media no supuso un problema, porque en realidad las carreteras no se encontraban en la hora punta. Pero cuando llegó allí ya eran casi las cuatro, y en la tienda le esperaban ansiosos cuatro hombres uniformados.
-¿Señor Douglas?
-Sí. ¿Lo tienen?
-Sí, señor. Lamentamos la molestia, hubo un problema con el catálogo y alguien se confundió al realizar el pedido.
-No se preocupen. Por suerte todo se solucionó.
Vicent llegó junto a él como por arte de magia, algo que sabía hacer muy bien, y con una sonrisa le indicó que le siguiera.
-Creo que con esto ya tenemos casi todo listo. ¿Cuándo nos veremos de nuevo, entonces?
-Te llamaré en estos días. Navidad está siendo complicada en el trabajo.
Quizás todo aquello no había sido buena idea desde el principio. Debió saber que serían fechas imposibles. Vincent le ofreció un café que terminó aceptando, y finalmente se puso en pie para marcharse. Por supuesto, su mala suerte no había hecho sino empezar.
-Creo que vas a tener problemas para volver. Han cortado las carreteras hacia Manhattan.
-¿Qué?
Chris estuvo a punto de arrancarle el teléfono de entre las manos, pero Vincent se lo tendió, y Chris no pudo sino cerrar los ojos, cansado.
-Esto es una pesadilla. Quizás los trenes…
-Voy a comprobarlo, espera aquí un momento.
Chris no quería esperar. Chris quería ir a su casa y cenar con su familia. Chris quería descansar y dormir en su propia cama, junto al que se suponía era su pareja. Por supuesto, eso fue imposible, y Vincent regresó con mirada de disculpa.
-No va a ser posible, lo siento. Quizás dentro de unas horas…
Pero al final Chris tuvo que llamar a Keith para avisarle que pasaría la noche en Hudson. Keith tuvo que enfadarse, Chris fue consciente de ello, pero afortunadamente no inició una discusión para la cual Chris se encontraba exento de paciencia. Aquella noche durmió en un hotel, escuchando en la televisión como los presentadores deseaban feliz navidad a todos los estadounidenses. Volvió a su casa al día siguiente, consciente de que Keith estaría trabajando. Chris lo hizo desde casa, y para cuando Keith regresó, parecía completamente derrotado.
Las cosas se sucedieron de la siguiente manera: a dos días del desfile, Chris finalmente llamó a Vincent, sabiendo que había retrasado lo que no se podía retrasar. Llevar las cosas en secreto era complicado cuando uno vivía rodeado de Douglas, por lo que lo citó en su despacho. El hombre le contó todos aquellos preparativos que ya estaban listo.
-En dos días, todo irá sobre ruedas. Ya verás.
Y Chris solo podía desear que aquello fuera verdad. Vincent le entregó una pequeña tarjeta para introducirla en el estuche que tan solo dos días antes había comprado en Hudson. Era pequeña y blanca. Y perfecta. Y estaba guardándola cuando la puerta se abrió de golpe, y Chris casi tiró todo al suelo cuando Keith se asomó, sonriendo. Tuvo que volverse para guardar el estuche entre sus ropas, y entonces se giró para encarar al Keith.
-Vine a por mi mochila -fue cuanto dijo él, y Chris asintió, aliviado al comprobar que Keith no parecía intrigado.
-Claro, está en el armario.
Keith tomó sus cosas y Chris deseó que saliera rápidamente. En cuanto la puerta se cerró, tomó la pequeña caja para ver si no la había dañado en sus prisas por esconderla. Por suerte seguía intacta.
-Nos veremos entonces el día del desfile, el 31 -se despidió de Vincent-. Gracias por todo.
-Es mi trabajo -fue cuanto dijo el hombre, y entonces se marchó, dejando a Chris en una montaña de trabajo retrasado.
Los siguientes días fueron un infierno. Keith parecía trabajar de sol a sol, y Chris se encontraba tan ocupado que difícilmente se veían. Para cuando llegó el día 31, Chris esta física y mentalmente agotado, pero a la vez su estómago se retorcía de anticipación. El día pasó entre reuniones y papeles. Entre desconocidos que le estrechaban la mano y vistazos a habitaciones decoradas con todo tipo de colores y telas. Para cuando llegó la hora de la cena, su ropa se encontraba hecha un desastre.
-Debo oler como un perro -fue cuanto dijo mientras entraba a su despacho. Allí le esperaba Vincent, quien sonrió a modo de saludo.
-No te da tiempo a ir a tu casa a cambiarte. ¿No tienes aquí otra ropa?
Chris sí que la tenía, pero no sabía si estaría en un estado aceptable. En su armario, dos trajes más se guardaban en perchas de metal. Chris suspiró, feliz, al ver que por fin algo salía del derecho aquel día. Tomó uno azul oscuro y una camisa clara y se metió al servicio a asearse un poco. No iba a ir aquella noche oliendo a perrillo. Cuando salió, con la camisa por fuera y abrochándose los pantalones, Vincent ser acercó hasta él.
-Creo que tengo unos gemelos que te irán mejor, déjame que te los busque.
Y mientras el hombre rebuscaba en su maletín y Chris se terminaba de poner bien los pantalones sobre la camisa, Keith entró en el despacho. Y Chris tuvo que admitir que ni siquiera se hubiera dado cuenta, si su pareja no hubiera gritado entonces:
-Hijo de puta. ¡Que os den!
A Chris casi se le cayeron los pantalones de la sorpresa. La confusión, no obstante, pronto dio paso al entendimiento, y consternado miró al otro hombre.
-¡Demonios! -exclamó, y salió corriendo tras Keith.
Tuvo que pasar que el ascensor se cerrase casi en sus narices. Y que cuando bajase, Keith ya no se viera por ninguna parte. Y diez minutos después, en medio de una sala llena de globos de colores, Chris maldijo en voz alta; frente a él, el cartel de Feliz aniversario; y en su mano, el estuche de un anillo de compromiso.
-Lo siento mucho, Christopher -dijo Vincent a su lado, y Chris simplemente suspiró, frustrado.
Aquella noche no durmió. Llamó tantas veces a Keith que el teléfono termino tres veces en el suelo en un arrebato de furia. Finalmente, por la mañana, tuvo que enfrentarse a la realidad, y finalmente recurrió a aquella que podía poner un poco de sentido en su repentinamente caótica vida.
-Isabella, tenemos un problema.
Su prima dejó de lado la revista que leía para mirarlo fijamente.
-¿Qué?
Y él se lo contó todo. Como hacía un mes había decidido, en un arrebato, que Keith y él deberían casarse. Porque a los ojos de la ley, ellos no eran más que conocidos.
-¿Qué pasa si alguno cae enfermo? ¿O si los médicos necesitan la firma de un familiar para alguna intervención de urgencia? Keith solo tiene a su hermana, y ella ni siquiera está cerca.
Issy asintió, muda.
Entonces le contó cómo había decidido que sería en un día especial. Porque ya le había dado tantos problemas a Keith, que por una vez se merecía un esfuerzo de su parte. Y si tenía que recurrir a la Navidad para conseguir el espíritu necesario, pues que así fuera. Chris, siendo Chris, supuso que la organización de tales eventos no entraba en sus muchas cualidades, por lo que llamó a una empresa que dos días después le envió a Vincent. Sonriente y amigable, el hombre le preguntó de todo:
-¿Y qué tipo de fiesta deseas? ¿Cómo es él? ¿Quieres que sea a cubierto? Qué tontería, en pleno invierno dónde va a ser sino. ¿Tienes ya anillo? ¿No? Pues eso debemos solucionarlo ya mismo.
Y entonces Chris se vio en la necesidad de elegir una anillo de compromiso. Lo que supuestamente debería ser una tarea fácil, no lo fue. Y todo porque hubo uno que le gustó. Mucho. Pero no tenían la talla de Keith, por lo que debían hacérselo. Le juraron una y otra vez que estaría a tiempo, y Chris casi los denunció cuando una semana antes de la fecha seleccionada, él aún no tenía su anillo. Finalmente el 24 Vincent llamó: debía ir a recoger la joya a Hudson.
-Porque si pasa de nuevo algo y se vuelven a retrasar, vas a quedarte sin anillo. Y yo no puedo pagarlo por ti.
Y como Chris entendía eso, viajó el día de Navidad hasta una ciudad que quedaba a dos horas de su casa. Isabella a aquellas alturas tenía la boca abierta, realmente sorprendida.
-¿Por qué no nos lo dijiste?
-Porque iba a ser una sorpresa. Una maldita sorpresa, Isabella.
-No me llames así.
-¡Es tu nombre!
Y su prima simplemente se cruzó de brazos, sin enfadarse. Cuando una de sus cejas doradas se elevó, Chris reculó.
-Sí, lo siento. Es solo que todo salió mal.
Y entonces le contó como Keith había entendido todo mal, y a media hora de que Chris pudiera declararse, simplemente desapareció.
-Dios mío, Chris, esto solo puede sucederte a ti.
-Eso no ayuda.
-¿Y no sabes nada de él?
-Ha apagado el teléfono.
-Tenemos que encontrarle.
-Sí, eso dije al principio.
-Cállate. ¿No tienes los registros de su tarjeta? Se ha debido quedar en algún hotel. Oh, por favor, ha pasado la Noche Vieja solo en un hotel.
-Yo pasé la Nochebuena.
-Pero no creías que te había sido infiel aquel que supuestamente te amaba.
-¿Cómo que supuestamente?
-Estoy poniéndome en su lugar, Christopher. Déjame.
Él se cruzó de brazos, frustrado. Pero esperó. Keith debió pagar en efectivo el hotel. Eso o tenía una tarjeta de la que Chris no sabía nada. Y todo podía ser. Finalmente Issy decidió que debían esperar.
-Le mandaré un mensaje, a ver si lo lee. Y le diré que todo fue un malentendido.
-Menuda petición de mano.
-Eres un desastre.
-Claro que no. Fue mala suerte.
Y de verdad lo había sido.
Keith no supo qué hacer en todo el día de Año Nuevo. Durante la mañana paseó, perdido en sus propios pensamientos. Había comprado un abrigo en unos grandes supermercados. No había muchas cosas abiertas el 1 de enero. Después desayunó en una cafetería, sentándose frente a una ventana y viendo como empezaba a nevar. Pensó en meterse al cine, porque hacía frío, pero finalmente decidió que no le apetecía. Casi a la hora de comer, echó la mano al bolsillo, cayendo en la cuenta de que seguía con el teléfono apagado. Cuando lo encendió, decidió ignorar las llamadas y los mensajes de él, de Chris, y se centró en los de Isabella. Le había estado llamando durante toda la mañana. Preocupado, finalmente la llamó:
-¿Issy?
-¡Keith, por fin! ¿Dónde estás?
-Por la ciudad. Dando una vuelta.
-¿Dónde?
Él se detuvo, su ceño fruncido en disgusto.
-¿Estás con él?
-No, Keith, no lo estoy. Pero he hablado con él. Todo tiene una explicación.
-Issy, sé muy bien lo que vi.
-No, no lo sabes. Tienes que confiar en mí, porque sabes que jamás te haría daño. ¿No es cierto?
Él tuvo que asentir a regañadientes, y cuando se percató de que ella no lo podía ver, dijo:
-Sí. Lo sé.
-Entonces dime donde estás y espérame allí.
Estaba cansado de estar solo. Y quizás si ella le escuchaba se pondría de su parte. Issy siempre había sido una buena persona, y por mucho que Chris le hubiese contado, escucharía también su versión.
-Estoy cerca del restaurando japonés donde solemos comer. Te esperaré allí.
-Perfecto. Estaré allí en veinte minutos. Espérame, Keith.
Y ella colgó. Keith pensó que si alguien podía entenderle, era ella. Ella, quien siempre le había querido por lo que era. Caminó las cuatro calles que le separaban del restaurante, y entonces se quedó allí de pie, junto a un escaparate de ropa decorado con renos navideños.
Y pasó que un coche paró frente a él. Solo que no era el coche de Issy. Keith quiso correr, sintiendo la traición arremolinarse en su estómago. Y cuando él bajó del auto, cerrando la puerta y caminando en grandes zancadas hasta Keith, se percató de que se había quedado congelado en su sitio.
-¿Dónde demonios has estado? Estaba preocupado y tú…
Y él siguió. Porque Chris era Chris y nunca haría las cosas de manera adecuada. Cuando Keith se cansó de escucharle, finalmente le miró a los ojos.
-¿Terminaste?
Chris se detuvo, sorprendido y seguramente arrepentido. Y entonces dijo:
-No, maldición, no he terminado.
-Perfecto. Yo me voy, de todas formas, así que puedes seguir gritándole al escaparate.
Chris lo agarró del brazo y Keith se revolvió, furioso.
-¡Suéltame!
-Antes escúchame.
-¡No quiero escuchar nada! ¿Y dónde está Issy? No puedo creer que ella…
-Ella solo hizo lo que tenía que hacer.
Chris le soltó, y entonces pareció desinflarse.
-Ven conmigo. Por favor. Hay algo que quiero enseñarte. -y repitió-: Por favor.
Y como Keith era tonto, e idiota, apretó los labios, desvió la vista, y asintió. ¿Qué más daba?
Subió al coche, y solo ante el calor del interior fue consciente del frío que hacía en la calle. Tenía las manos congeladas. Chris subió y arrancó el coche. Por suerte, no habló. Keith no sabía si tenía fuerzas para discutir allí, donde una mala decisión podía provocar un accidente. Finalmente llegaron ante el conocido edificio acristalado de la empresa.
-¿Qué hacemos aquí?
-Lo que quiero que veas está aquí.
Chris dejó el coche en el parking y salió, esperando por él en el exterior. Keith cerró la puerta tras de sí y le acompañó cuando Chris se encaminó hacia los ascensores. Aquello era ridículo. Las oficinas estaban cerradas, pero los guardias de seguridad les cedieron el paso cuando ambos traspasaron las puertas principales que comunicaban el área de trabajadores con el resto del edificio. Cuando Chris se detuvo en la planta baja, encaminándose allí donde los escenario dieron cabida el desfile de Navidad, Keith se detuvo.
-¿Qué hacemos aquí?
-Solo un momento, Keith. Enseguida llegamos.
Y pasaron por los oscuros pasillos hasta más allá de las inmensas puertas del salón de fiestas. Estaban los cuartos técnicos y los reservados para determinada sección del personal. Y había salas vacías para reuniones pequeñas que recibían personas importantes. Chris lo llevó hasta una de esas salas, donde la puerta cerrada rezaba: Meeting room.
-Lo creas o no, Keith, todo lo que pasó ayer fue un malentendido. Y esto, todo esto, debió pasar anoche.
Keith no entendió, pero Chris le dio la espalda para abrir la puerta. Estaba todo oscuro. Hasta que no lo estuvo. Y cuando se prendió la luz, todo se iluminó de colores brillantes. Keith parpadeó, confuso, y entonces frente a ellos vio aquel cartel enorme que les felicitaba su segundo aniversario.
-¿Qué..?
No pudo continuar, porque se había quedado, literalmente, sin voz.
-Esto tenía que ser una sorpresa, Keith. Vincent, el hombre que viste, es solo un organizador. Ayer solo me estaba cambiando de ropa, porque había sido un día larguísimo.
Keith dio un paso hacía el frente, y los globos parecieron reflejar la luz de los fluorescentes. Tragó saliva, sintiéndose idiota. Un verdadero idiota.
-Lo siento-susurró. Porque era verdad. Y porque había estropeado lo que debió ser algo bonito.
-Yo también, Keith. Pero supongo que igual nos vale el día 31 que el 1. Igual es Año Nuevo, ¿verdad?
Keith asintió, pero su mirada no podía apartarse de aquel cartel enorme que le recordaba todo el tiempo que habían estado juntos. Tan poco y a la vez tanto. Quizás por todo aquello que pasó para llegar hasta él.
-Es muy bonito.
-Sí que lo es. Keith.
Y ante la urgencia en su voz, Keith se volvió, sus ojos húmedos y su estómago convertido en una masa pesada que presionaba su pecho.
-Han sido dos años. Debes saber que te quiero, ¿verdad? No habría estado tanto tiempo con nadie a quien no quisiera.
Keith pensó que dos años tampoco eran tanto. Solo un soplo en la vida de alguien. Pero era suficientes para ellos.
-Lo sé -dijo entonces.
-Y sabes que no voy a engañarte. Porque todo en mi vida se ha basado siempre en poder confiar en mi familia. Eso siempre lo significó todo para mí.
Keith asintió, sabiendo.
-Y eres realmente idiota si piensas que voy a ponerte los cuernos en mi despacho, en la empresa donde ambos trabajamos.
Keith frunció el ceño, pero finalmente asintió también.
-Todo esto, idiota, fue porque eres parte de mi familia, Keith. Lo has sido por mucho tiempo, y eso no va a cambiar en un futuro cercano. Y pensé -dijo Chris, que de pronto estaba frente a él, tan cerca que Keith tuvo que levantar ligeramente la cabeza para verlo a los ojos-, pensé que podíamos ser familia de verdad.
Keith parpadeó, sin comprender, y entonces Chris elevó una de sus cejas doradas, retrocediendo. Tuvo que poner el pequeño estuche ante su rostro, porque Keith era incapaz de apartar la mirada de su rostro. Y allí, en un fondo acolchado crema junto a una tarjetita blanca, un hermoso anillo de oro blanco pareció deslumbrarle.
-¡Oh!
-Sí, ¡Oh! Esto me llevó el otro día a Hudson, y siento haber quedado encerrado allí el día de Navidad.
-Solo fue una cena. La Navidad la pasamos trabajando.
-Cierto.
-Sí.
Y porque Chris nunca tuvo mucha paciencia, sacó por sí mismo el anillo y se lo tendió a Keith.
-¿Entonces?
Keith sonrió, mordiéndose los labios, y asintió.
-Creo que sí.
-¿Crees que sí?
-No, no. Sé que sí.
-Vaya, me alegro por esa seguridad de tu parte.
Y Keith, que no lo soportaba más y que llevaba demasiado tiempo sin besar aquellos labios, le atrajo hacia sí, olvidándose momentáneamente del anillo. Chris lo agarró por las caderas, juntando sus cuerpos mientras su boca lo devoraba completamente. Keith gimió entre sus brazos, sintiendo aquella necesidad cruda acalorar su rostro. Lo besó tal y como lo amaba, sin reservas y con todo su corazón. Chris le sacó el abrigo, y pronto aquellas manos grandes y heladas estaban sobre su piel desnuda. Keith jadeó, repentinamente consciente de dónde estaban, pero Chris solo le empujó hasta que sus caderas chocaron contra una mesa larga y oscura, donde terminó sentado.
-¿Aquí? -preguntó entre besos, y sonrió cuando Chris gruñó algo ininteligible contra la carne ardiendo de su garganta.
Tampoco hacían falta palabras, pensó mientras enredaba sus dedos entre mechones rubios de cabello enredado. Chris parecía mucho más desaliñado que de costumbre, pero aquello poco importó cuando sus pantalones desaparecieron, y aquella cabeza rubia descendió por su estómago, deteniéndose allí donde su ombligo reclamaba atención.
-Has adelgazado -lo escuchó decir, y Keith rodó los ojos, sin saber muy bien a quién importaba aquello. La mano de Chris le acarició sobre la ropa interior, y Keith se elevó para frotarse contra él. Necesitándole. Su boca estuvo allí entonces, caliente y experta, arrastrando la lengua por la tela húmeda de su ropa interior y después apartándola del medio. Y Keith se hubiese corrido allí mismo, con el trasero desnudo pegado a una mesa carísima de madera oscura, si él no se hubiera apartado, separando sus piernas aún más para colocarse entre ellas.
Keith no supo de dónde salió el lubricante que cubrió los dedos de Chris antes de jugar con su entrada, estirándole cuidadosamente. Ni tampoco importó. Momentos después él estuvo sobre Keith, caliente y enorme, y tan, tan amado. Lo sintió allí abajó, y hacía ya tanto tiempo, que por unos instantes quemó. Pero solo fueron unos momentos, y pronto los movimientos de ambos se volvieron erráticos y desacompasados, necesitados y frenéticos. Chris le besó por toda la cara, pequeños besos húmedos que terminaron sobre sus labios sensibles. Y Keith creyó gritar su nombre cuando finalmente el tirón del orgasmo le hizo perder la cabeza. Chris mordió su hombro, fuerte, y Keith soltó un quejido mientras intentaba recuperar la respiración.
-Gracias -susurró. Y no estaba seguro del por qué. Chris alzó el rostro, sorprendido, pero Keith lo agarró para besarlo de nuevo.
-Gracias a ti. Espero que las próximas navidades no sean tan caóticas.
Pero Keith sonrió, y después rio, porque nunca el caos había traído tanta dicha a su vida.
-Te amo -susurró en su oído, y Chris se removió, sonriendo contra su piel.
-Lo sé. Yo también te amo, Keith.
Y bajo las luces fluorescentes de una habitación llena de globos y pancartas, Keith se sintió finalmente parte de una familia. Las cosas podían no ser siempre sencillas, pensó, pero supuso que todo había merecido la pena. Aquello, después de todo, no era sino el inicio de una vida común.



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