La verdad tras los ojos grises
- Rebeca Montes
- 23 sept 2020
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 9 mar 2021
Historia extra del universo Douglas.
Pareja: Alex/Keith
Recomendación: (+18 años)
No canon. Nunca pasó.
Es solo un capricho para aquellos quienes lo pidieron.
Él se casaba en tres días y lo único que Alex sabía
es que aquello le resultaba insoportable.
25 de marzo de 2008
Comprenderse a uno mismo a veces resultaba ser el ejercicio más agotador de todos. Aceptar los fallos que impregnaban el espíritu humano, a veces tan retorcido, llevaba a la necesaria reflexión sobre dónde nos habíamos equivocado. ¿Sería acaso que aquello que uno siempre cree correcto no es más que una mera percepción oportunista? Eso sería una explicación factible para su problema. Quizás no era él. Quizás solo había sido el momento y la persona equivocados. No, aquello no tenía sentido. La reflexión no debía llevar a la auto exculpación. Aquello solo serviría para dar más vida a su imaginación, que se encontraba ya lo suficientemente corrompida por aquellos malditos pensamientos lascivos y equivocados. Erróneos no por lascivos; erróneos por las personas que involucraban. Ama al prójimo, había dicho Jesús. O eso creía recordar. Ama a tu familia, parecía ser el lema nacional. Ámalos a todos. Pero aquello, pensó Alex, no significaba enamorarte de tu primo político.
Había sido un día como aquel, aparentemente normal, que Keith entró a su vida. Vestido como mujer, eso sí. Había sido también un día como aquel que ambos habían jugado en una pequeña cancha, culminando el acontecimiento en el descubrimiento de la verdadera identidad de aquella que hasta el momento solo figuraba en su mente como la novia de su primo Chris. Descubrió entonces mucho más. Descubrió como la timidez puede dar paso a otras cosas. Como largas conversaciones sobre sucesos pasados que a veces uno no quiere recordar. O como comidas chatarras a las tantas de la madrugada que llevan a uno a beber más cerveza de la saludable. Vieron películas juntos, jugaron billar. Incluso nadaron juntos. No había sido nada intencionado. Ni tan siquiera algo que hubiese sido una maldita opción en el abanico de posibilidades de su vida. Keith se mostraba familiar con todos ellos. Se abría cual flor ante el trato de los demás. Keith había sonreído y Alex se sintió bien.
Lo dejó pasar. Porque por aquel entonces sabía que aquella persona de cabellos negros y piel pálida se estaba enamorando de su primo. Su estúpido primo, que le trataba como si de un estorbo se tratase. A veces Alex miraba a Keith y se preguntaba por qué aguantaba todo aquello. Qué hacía a su primo tan especial como para que alguien como él, tan blando de corazón, dejase de lado sus propios sentimientos para quedarse a su lado. Pero así el tiempo pasó. Los meses corrieron y los acontecimientos llevaron inevitablemente al afianzamiento de una relación que se volvía, por momentos, caótica y estrafalaria. Alexander supo que su gemela también sentía algo similar a él. Solo que Alex nunca lo digo.
Era el eterno soltero. Heterosexual aparentemente auto declarado, que veía en los demás solo un pasatiempo perecedero. Qué equivocados estaban. Alex tenía sentimientos más allá de los puramente fraternales. Alexander Douglas, payaso oficial de la familia, se había enamorado en algunas ocasiones. Estuvo aquella profesora de secundaria que le enseñó español y también otras cosas más físicas. Después aquella compañera de universidad con la que había pasado días enteros redactando trabajos. Ella tenía novio, y por aquel entonces Alex prometió nunca tocar algo ajeno. Había habido más, seguro. Todas ellas mujeres. Y entonces llegó él. Con sus sonrisas pacíficas y sus ojos soñadores. Con sus cabellos negros que gritaban por ser acariciados. Había sido tan inevitable como el ocaso, y tan predecible como el amanecer. Alexander Douglas se había enamorado de un hombre.
—¡Alex! ¿Me estás escuchando? —gritó su hermana junto a él. Tuvo que abandonar sus reflexiones para poner atención a su alrededor. Frente a él, subido a un escalón bien iluminado, el futuro esposo se probaba el traje de boda.
—Sí, sí. Dime.
—Creo que es este.
Definitivamente lo era. Era hermoso, y lo hacía aún más hermoso. En otro momento, o quizás en otra vida, se habría acercado hasta él para estrecharle entre sus brazos. Lo que hizo en realidad fue aplaudir mientras se ponía en pie, apreciando los contornos de aquella delgada figura a través de la tela del traje.
—Sí, es este. ¿Cómo te sientes, Keith?
—Raro.
—Bueno, eso no es extraño en ti. ¿Algo más?
Él le miró, como si le estuviera preguntando algo que Alex no llegó a comprender. El momento, no obstante, pasó, e Issy se colocó junto a él para poder apreciar al que en un par de días sería un nuevo miembro de la familia.
—Uno se preguntaría por qué estamos decidiendo traje a dos días de tu boda, querido —comentó ella mientras caminaba en círculos alrededor del novio.
—Sabes que tuvimos problemas con el anterior. Espero que todo vaya bien en esta ocasión. Si no, me pondré un chándal.
—Mi primo te despellejaría —anunció ella.
Y tenía razón. Pero estaría tan adorable en un traje de deporte.
—Y con esto, me tengo que ir. Yo también necesito retocar los últimos arreglos de mi vestido. Nos vemos esta noche en la casa, ¿verdad?
Keith asintió, su mirada aún clavada en el espejo frente a él. Se alisaba la chaqueta de forma nerviosa, como si no pudiera evitar los movimientos compulsivos de sus manos. Alex se acercó, agarrándolas y sosteniendo un firme apretón sobre ellas.
—Necesitas tranquilizarte.
—Lo sé.
—Esto es lo que quieres, ¿no es cierto?
—Sí.
No había duda en aquella afirmación, y el corazón de Alex se apretó un poquito.
—Entonces todo saldrá bien. Nada cambiará, simplemente todo quedará grabado en un papel. Y oficialmente podrás decir que perteneces a esta familia loca y desquiciada. No sé si felicitarte o darte el pésame, sinceramente.
—No podría estar más feliz de teneros como familia, Alex. Nunca podría pedir nada más.
—Pues entonces no se diga más. Ahora quítate ese traje para que ellos puedan ponerse con los últimos arreglos, y vayámonos a casa. Si quieres, podemos ver una película. O te puedo enseñar otra vez ese álbum que te gusta tanto con fotos de nuestra infancia.
—Eso sería agradable.
Lejos habían quedado los murmullos entrecortados de aquel ratoncito tímido que había llegado a la mansión Douglas con la mirada baja y perdida. Aquellos ojos grises lo miraban fijamente, dejando ver un cariño por el que Alex hubiese hecho casi cualquier cosa. Ambos salieron de la tienda, dejando allí el traje para su arreglo, y subieron a su coche. Keith estaba demasiado nervioso como para conducir por la ciudad, por lo que Alex ofreció su propio vehículo. Llegaron en cuarenta minutos y Alex le gritó, antes de entrar corriendo en la casa, que le encontraría en la sala de audiovisuales en cinco minutos. De su cuarto sacó dos álbumes, de su mente, las ganas de abrazarle.
—¿Cuál película quieres ver?
—Antes podemos mirar los álbumes.
Alex se sentó junto a Keith en el amplio sillón negro de la sala. Era una sala enorme, con un proyector de imagen y un sistema de sonido que el propio Alex eligió hacia no tanto tiempo. La luz se graduaba con un mando que descansaba junto al de los demás aparatos en un extremo de la mesa. Con cuidado, abrió el viejo álbum frente a ellos.
—Bueno, no creo que deba explicarte ya cada foto, como hicimos la primera vez.
—Me gusta escuchar tus historias. Eres mucho más divertido que Chris contándolas.
El simple hecho de que su primo contase nada ya le parecía lo suficientemente extraño. En la primera página, estaba Greg con su familia. En aquel entonces mostraba su sonrisa infantil mientras tomaba de la mano a su madre. Detrás de ambos, su padre los abrazaba por los hombros. Se los veía felices. Felices e ignorantes de todo lo que vendría después. Justo abajo, había otra foto de ellos, esta vez en una playa que Alex no reconoció. Esta vez Issy estaba junto a ellos, con sus largos cabellos platinos enredados entre sus brazos mientras sostenía tercamente una estrella de mar contra su cuerpo. Greg, tras ella, la pinchaba con una pala.
—Cosas que nunca debes hacer con animales… Pobre estrella —masculló pasando la página.
—Erais tan monos de niños —dijo Keith, tapándose la sonrisa con una mano mientras se sostenía sobre la otra para inclinarse sobre la imagen desde el sillón—. ¿Este es Greg?
Alex se observó a si mismo con cinco años. A su lado, su hermana y su primo Gregory le abrazaban. Alex llevaba una corona de papel brillante sobre la cabeza. Había sido su cumpleaños. El primero que decidió celebrar un día antes que su hermana.
—Siempre tan faltos de atención —se rio Keith cuando se lo explicó.
—Estaba cansado de no recibir nunca una canción de felicitación para mí solo, así que exigí una fiesta particular. Dos días comiendo dulces no fueron tan buena idea como uno podría pensar.
En la siguiente hoja, apareció por primera vez Christopher. Tendría alrededor de diez años y ya para entonces mostraba en sus bonitos rasgos aquella seriedad que le acompañaría el resto de su vida. Miraba a la cámara con los ojos entrecerrados, pillado infraganti mientras estudiaba. La foto se la había hecho el mismo Alex a forma de venganza.
—Mi madre me había regañado por no sacar tan buenas notas como él.
—Pero eras menor.
—Eso daba igual. Chris siempre ha sido mejor estudiante que yo.
No es que hubiese tenido mucha opción al respecto, se lamentó. Sus tíos siempre habían empujado al joven Douglas a ser mejor que nadie. Chris había soportado una presión que ningún niño debía aguantar durante su niñez.
—Ojalá hubiese crecido más feliz —murmuró Keith, y su mano se alargó para acariciar la imagen de su novio. Alex miró hacia otro lado, incapaz de soportar aquellos ojos tiernos. Cuando se volvió hacia Keith, supo que algo había hecho mal. Que algo debía haberse escapado de su máscara. Él, de alguna forma, sabía. Y Alex ni siquiera era capaz de reconocer cuál era aquel sentimiento que aquellos ojos grises le gritaban.
—Alex.
Alex se levantó, incapaz de continuar a su lado. Mas una mano fría le detuvo, tirando de él sobre el asiento.
—No te vayas.
¿Cómo no hacerlo? Cualquiera otra opción era impensable.
—Lo siento —murmuró Keith.
Y se escuchaba tan sincero que Alex solo pudo quedarse allí, en silencio, mirando como la persona de la que se había enamorado estúpidamente alargaba una mano para acariciar su rostro. Aquello era una pesadilla.
—Siento que las cosas no sean diferentes —añadió Keith, pesaroso.
—No digas eso. Las cosas son como deben ser.
—No, nadie debería tener el derecho de hacerte sufrir.
—No me haces sufrir.
—Mentiroso.
Era casi imposible no abrazarlo, por lo que se echó hacia atrás en el sillón hasta quedar completamente apoyado contra el respaldo. Su toque se perdió y Alex levantó las manos hasta que sus ojos quedaron ocultos.
—Vale, a veces sí que duele un poco.
Dios, sí que debía ser una pesadilla.
—Eres una persona maravillosa, Alexander Douglas, y cualquiera estaría loco si no te quisiera.
Una amarga sonrisa estiró sus labios.
—Tu no lo haces.
—No, eso no es cierto. Por supuesto que lo hago. Uno debería estar ciego, sordo y estúpido para no enamorarse al menos un poquito de ti.
—No sigas.
Todo aquel sentido del humor que siempre le había caracterizado debió volar entonces por la ventana. Solo sentía deseos de llorar. Para su completo horror, fue el propio Keith quien apartó sus manos de la cara, obligándole a mirarle a los ojos. Él seguía allí. Keith. Y había tanta determinación en aquella mirada que Alex, simplemente, se dejó hacer. Y cuando aquella boca suave se posó sobre la suya, solo pudo suspirar. Aliviado. Así se sentía. Aquello debía ser un sueño, entonces, y no una pesadilla. Sus manos temblorosas se perdieron entre los cabellos revueltos del otro, que se inclinó hasta reposar su pecho contra él. Era tan delgado. Y olía tan bien.
—Eres una persona hermosa, Alexander Douglas. Por dentro y por fuera. Nadie podría decir nunca lo contrario.
Una sonrisa se perdió en otro beso, y Alex se quedó sin respiración cuando le sintió colocarse encima suyo, con las rodillas junto a sus muslos. Keith no pareció titubear cuando Alex agarró su mentón y presionó con sus dedos la parte inferior de sus orejas. Le estaba pidiendo permiso, y aquella boca de labios sensuales y húmedos se abrió para él. Que lengua tan dulce tenía. Tímida pero intuitiva. Era tan propio de él, que Alex suspiró, masajeando el cuello de Keith mientras se recreaba con sus labios. Fue entonces que lo sintió. Aquella mano que se coló por los bajos de su camisa para acariciar su abdomen.
—Espera, déjame quitarte esto —le escucho murmurar contra su boca, y momentos después Keith le sacó la camiseta, lanzándola al suelo junto al sillón. Por unos instantes, Alex pensó que aquella locura los llevaría allí donde ninguno debería ir. Y lo iban a hacer en un lugar donde cualquiera podría entrar. Con un camino de besos a través de su mandíbula, Alex bajó hasta poder chupar el cuello fino y pálido del muchacho. No le dejaría una marca. No podía. Pero sus manos agarraron aquella espalda encorvada cuando Keith, con un gemido confuso, se echó hacia atrás, dejándole más espacio de maniobrabilidad.
Quizás fue aquel el momento en que finalmente se rindió. Cuando miró hacia abajo y lo encontró sonrojado y con la camisa arrugaba en su regazo. Le ayudó a quitársela también, y después le tendió sobre el sillón, inclinándose sobre él mientras sus labios volvían a buscar aquella boca suya. Keith le tiró del pelo, exigiendo que le diese paso a su lengua, y Alex refunfuñó mientras les daba un mordisco juguetón a sus labios. Sus manos fueron hasta el cierre de los pantalones de Keith, apresuradas, y con facilidad los deslizó por aquellas largas y delgadas piernas hasta que lo único que cubrió el otro cuerpo fueron un par de calcetines de colorines.
Su propio miembro, hinchado y húmedo ya, se apretaba de forma dolorosa contra sus pantalones. Alex se los bajó lo suficiente como para aliviar la presión, volviendo su atención al regazo de Keith, donde se erguía su erección. Era un miembro delgado y bonito, caliente y suave. Alex bajó sobre él, lamiendo la cabeza e introduciéndoselo en la boca. Lo sintió temblar, a todo él. Y después gemir y murmurar cosas sin sentido. Las manos de Keith estaban enredadas en sus cabellos, de los cuales tiraba de vez en cuando ante los movimientos perezosos sobre su ingle. Con una sonrisa juguetona, Alex se apartó, no sin antes dejar un último beso bajo su ombligo.
—Gírate.
Keith le miró indeciso, como si de alguna forma aquello fuese más complicado que dejarse chupar por él. Finalmente, tras una intensa mirada, se giró, elevando las caderas mientras enterraba el rostro contra los cojines. Alex observó aquel trasero delgado mientras buscaba en los pantalones su cartera. Por suerte, el condón seguía allí. Con experiencia, lo abrió, desenrollándolo sobre su erección.
—Gracias —murmuró. No sabía a quién, solo que decirlo se sentía como lo adecuado para hacer.
Keith masculló algo contra la tela, pero Alex no le entendió. Y entonces, lentamente, se introdujo en él. La lubricación del profiláctico ayudó, y Alex retrocedió para volver a empujarse contra aquel cuerpo caliente y tembloroso.
—Más rápido —le escuchó murmurar, y Alex así lo hizo. Largas y profundas estocadas que movieron sus cuerpos sobre aquel mueble oscuro hasta que ambos estuvieron sobre sus rodillas, con sus manos fuertemente aferradas a la tela suave del sillón. Alex terminó primero, buscando el miembro de Keith para ayudarlo a alcanzar el orgasmo. El otro lo hizo entre gemidos, su rostro vuelto hacia un lado, colorado y con los ojos cerrados. Era toda una visión. Tan hermoso que debía ser mentira. Besó aquellos hombros estrechos hasta que se sintió ablandarse. No quería que terminase. No sabía qué podría suceder después de ello.
Se retiró lentamente, tomando el preservativo, atándolo y tirándolo en la basura del pequeño baño que se escondía en una esquina de la sala. Aquello era una guarrería, pero se encargaría de eso más tarde. Se quedó allí, frente al espejo, unos momentos, incapaz de volver. Sus ojos perdidos en el grifo ante él. Y lo sintió antes de verlo, su mano en el hombro de Alex. Su cuerpo presionando su costado. La caricia reconfortante de aquel que sabe que se necesita. Cuando Keith besó también un lado de su cuello, Alex simplemente se rindió, ocultando los deseos de llorar mientras se apoyaba contra él.
—Gracias —murmuró entonces. Ahora sí, claramente.
Keith solo sonrió. Con esa amabilidad tan propia de él. Con las mejillas sonrojadas y el querer iluminando sus ojos. Alex miró entonces en el espejo. Lo miró a él mientras besaba por última vez el rostro de Alex, retirando entonces sus manos y dando un paso atrás. Lo vio retroceder hasta la puerta y salir. Salir de aquella sala que aun guardaba sus olores mezclados. Sus ropas en el suelo. Keith se vistió y se fue. Y así salió, una vez más, de su vida. Frente al espejo, Alex sonrió. Los remordimientos eran una mala puta, puede ser, pero cargaría con todos ellos alegremente durante lo que le quedase de vida. Era un precio muy bajo para pagar por lo que se le había entregado.



😍😍😍